ENTRE EL PELIGRO Y TU AMOR ❤️🔥
Valentina Ríos jamás imaginó que mudarse a una nueva vida la llevaría a enamorarse del chico que más motivos tenía para odiar. Sebastián Montenegro es peligro, pasión y tentación; Alejandro Ferrer, dulzura, misterio y promesas. Dos hombres, dos destinos y un corazón dividido.
Entre carreras clandestinas, celos, secretos y traiciones, Valentina descubrirá que el amor puede ser la aventura más peligrosa de todas.
Porque cuando el corazón se enamora de dos caminos, elegir uno puede significar perderlo todo.
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LA NOCHE QUE NADIE RECUERDA
El disparo atravesó la oscuridad como un grito.
Durante un segundo, nadie se movió.
Sentí que alguien me empujaba con fuerza y caí al suelo, golpeándome las rodillas contra el cemento. Un olor intenso a pólvora llenó el aire. Escuché pasos, voces y el ruido de algo metálico que chocaba contra el suelo.
—¡Valentina!
Era Sebastián.
Su voz me devolvió a la realidad.
—¡Estoy aquí! —respondí, intentando levantarme.
Una luz de emergencia se encendió al fondo de los boxes. La iluminación rojiza apenas permitía distinguir las siluetas. Sebastián estaba agachado a mi lado, con una mano sobre mi hombro y la otra sujetándose el costado.
—¿Estás herida? —preguntó desesperadamente.
—No. ¿Y tú?
—Estoy bien.
—¡No me mientas!
Tenía sangre en la camisa, justo debajo de las costillas. No sabía si se trataba de una herida nueva o de una consecuencia del accidente.
Antes de que pudiera examinarlo, escuchamos un grito.
Alejandro Ferrer estaba de pie a unos metros, con las manos levantadas. La pistola había caído al suelo y otro hombre se encontraba detrás de él, sujetándole un brazo.
Mateo había regresado.
—¡Suéltame! —gritó Alejandro.
Mateo le torció el brazo y lo obligó a arrodillarse.
—Siempre has sido demasiado sentimental, Alejandro. Ese ha sido tu problema desde el principio.
Sebastián se puso de pie, tambaleándose.
—¿Quién disparó?
Mateo miró el arma en el suelo.
—No fui yo.
—¡Tenías hombres armados aquí!
—Y tú tenías un amigo que acaba de aparecer con una pistola. Quizá deberías preguntarle a él.
Sebastián se volvió hacia Alejandro.
—¿Qué demonios estás haciendo?
Alejandro levantó la cabeza. Tenía el labio partido y una expresión que nunca le había visto. No parecía el hombre encantador que sonreía durante las cenas familiares. Parecía alguien que llevaba demasiado tiempo huyendo de sus propios errores.
—El disparo no iba dirigido a ustedes —dijo.
—¿Entonces a quién? —pregunté.
Alejandro me miró.
No respondió.
Un ruido surgió desde el otro extremo del circuito. Un automóvil acababa de arrancar. Sus luces iluminaron las paredes durante un instante y después desaparecieron detrás de los boxes.
Mateo soltó una maldición.
—¡Que nadie lo deje escapar!
Dos de sus hombres salieron corriendo.
Aprovechando la confusión, Sebastián se abalanzó sobre el hombre que sujetaba a Alejandro. Los dos cayeron al suelo. Mateo intentó intervenir, pero yo recogí la pistola y apunté hacia el cemento, lejos de todos.
—¡Basta! —grité—. ¡Nadie se mueve!
Mi propia voz me sorprendió.
Mateo se quedó quieto y me miró con una sonrisa burlona.
—¿De verdad crees que puedes controlar esta situación?
—No. Pero sí puedo hacer algo que ustedes parecen haber olvidado: llamar a la policía.
Saqué mi teléfono con la mano libre.
—Hay personas armadas, un accidente provocado y una mujer secuestrada. Si no me dices dónde está mi madre, voy a hacer esa llamada ahora mismo.
Mateo dejó de sonreír.
Por primera vez aquella noche, pareció calcular sus posibilidades.
—Tu madre está en el edificio de mantenimiento, al norte del circuito. Está viva.
—¿Y por qué deberíamos creerte?
—Porque si hubiera querido hacerle daño, ya lo habría hecho.
—Eso no es una respuesta.
Sebastián se acercó lentamente y me quitó el arma de las manos, sin apartar la mirada de Mateo.
—Vamos por Clara —dijo—. Después nos ocuparemos de él.
Mateo soltó una carcajada.
—No entiendes nada, muchacho. Todo esto comenzó mucho antes de que tú nacieras.
—Entonces será mejor que empieces a hablar.
—No esta noche.
Mateo hizo una señal a sus hombres. Uno de ellos apareció desde la oscuridad y le entregó una pequeña memoria USB.
—Tu padre dejó esto para ti —dijo Mateo, arrojándosela a Sebastián—. Si quieres saber qué ocurrió aquella noche, mira los archivos. Pero hazlo solo cuando estés preparado para descubrir que los monstruos no siempre son los que te han enseñado a odiar.
Después, mientras todos estábamos pendientes de la memoria, Mateo se deslizó por una puerta lateral y desapareció.
Sebastián dio un paso para perseguirlo.
—¡Déjalo! —le pedí.
Él se detuvo.
—Puede llevarnos hasta mi padre.
—Y también puede estar intentando separarnos para que caigamos en otra trampa.
Sebastián me observó unos segundos. Luego miró la memoria que sostenía entre los dedos.
—Tienes razón.
Aquellas tres palabras me sorprendieron más que cualquier otra cosa que hubiera ocurrido durante la noche.
—¿Acabas de admitir que tengo razón?
—No te acostumbres.
A pesar de todo, sonreí.
Él también, apenas un segundo. Después, su expresión volvió a endurecerse.
—Tenemos que encontrar a tu madre.
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El edificio de mantenimiento estaba casi a oscuras. Avanzamos por un pasillo estrecho, con Sebastián delante y Alejandro detrás de nosotros.
Yo no podía dejar de pensar en la pistola.
—Alejandro —dije sin girarme—, ¿por qué llevabas un arma?
—Para protegerlos.
—¿De quién?
—De la persona que acaba de escapar.
Sebastián soltó una risa sin humor.
—Qué conveniente. Siempre apareces con una explicación cuando ya es demasiado tarde.
—No espero que me perdones.
—Bien, porque no pienso hacerlo.
Alejandro aceptó el golpe sin protestar.
—Pero necesito que me escuches. El disparo fue contra el hombre que estaba detrás de mí. Él tenía otra arma y estaba apuntando a Valentina. Yo intenté detenerlo.
Me giré hacia Alejandro.
—¿Y por qué no lo dijiste antes?
—Porque sabía cómo se vería. Porque llevo meses ocultando cosas y ya no tengo derecho a pedir que me crean.
Por primera vez, sentí lástima por él. No porque sus mentiras fueran menos graves, sino porque parecía comprender, al fin, el daño que había causado.
—¿Sabes quién estaba en el automóvil que escapó? —preguntó Sebastián.
Alejandro negó con la cabeza.
—Solo vi las luces.
—¿Y sabes qué había en esa memoria?
—No. Pero sé qué ocurrió la noche del accidente.
Sebastián se detuvo en seco.
—Entonces habla.
Alejandro respiró hondo.
—Tu padre y yo habíamos discutido unas horas antes de que desapareciera. Él había descubierto que alguien estaba utilizando sus negocios para encubrir algo mucho más peligroso que el dinero. Quería denunciarlo, pero antes necesitaba recuperar unos documentos.
—¿Qué documentos?
—Una lista de nombres. Personas que participaban en las operaciones ilegales. Empresarios, intermediarios y funcionarios. Si esos documentos salían a la luz, muchas vidas cambiarían.
—¿Y Mateo quería impedirlo?
—Mateo trabajaba para alguien que aparecía en esa lista. Pero tu padre no confiaba en él. Tampoco confiaba en mí.
Sebastián apretó los puños.
—¿Por qué?
Alejandro lo miró directamente.
—Porque yo había cometido un error que terminó poniendo a tu familia en peligro.
—¿Qué error?
Alejandro abrió la boca, pero en ese momento escuchamos una voz al final del pasillo.
—¿Valentina?
Corrí hacia ella.
Mi madre estaba sentada en el suelo de una pequeña habitación, con las manos atadas y el rostro pálido. Tenía una marca rojiza en la mejilla, pero parecía consciente.
—¡Mamá!
Me arrodillé frente a ella y la abracé con todas mis fuerzas.
—Pensé que te había perdido —susurré.
Clara comenzó a llorar.
—Estoy aquí, cariño. Estoy aquí.
Sebastián cortó las ataduras mientras Alejandro vigilaba la entrada. Cuando mi madre quedó libre, la ayudé a levantarse.
—Tenemos que salir de aquí —dije—. ¿Puedes caminar?
—Sí. Pero antes necesito decirles algo.
Miró a Sebastián y luego a Alejandro. Su expresión cambió cuando vio la sangre en la camisa del muchacho.
—Dios mío, Sebastián…
—Estoy bien —respondió él—. Necesito saber qué pasó con mi padre.
Mi madre cerró los ojos.
—Lo siento tanto.
Sebastián se quedó inmóvil.
—¿Qué hiciste?
—Yo no provoqué su desaparición. Pero sí ayudé a ocultar una parte de la verdad.
—¿Qué parte?
Clara tragó saliva.
—La noche del accidente, tu padre no iba solo. En el coche también estaba Mateo.
—Eso ya lo sabemos —dijo Alejandro.
—No. No lo entienden. Mateo no era un pasajero. Era la persona a la que tu padre había decidido entregar los documentos.
Sebastián frunció el ceño.
—¿Por qué iba a confiar en él si sabía que estaba implicado?
—Porque Mateo tenía algo que tu padre necesitaba: una grabación.
—¿De qué?
Mi madre lo miró con lágrimas en los ojos.
—De una conversación entre tu padre y otra persona. Una conversación en la que se hablaba de tu madre.
El silencio fue absoluto.
La madre de Sebastián había muerto cuando él era adolescente. Durante años, él había vivido convencido de que su muerte se debía a una enfermedad repentina. Nunca había hablado demasiado de ella, pero yo sabía que su ausencia seguía doliéndole.
—Mi madre murió hace años —dijo Sebastián, casi en un susurro—. ¿Qué tiene que ver ella con esto?
Clara negó lentamente con la cabeza.
—No sé si murió por lo que ocurrió aquella noche. Pero tu padre creía que alguien había provocado su muerte.
Sebastián retrocedió un paso.
—¿Y me dejaron creer que todo había sido una enfermedad?
—Tu padre quería protegerte.
—¡Todo el mundo dice que quiere protegerme! —estalló—. ¡Y todos terminan mintiéndome!
Su voz rebotó contra las paredes.
Yo me acerqué, pero no intenté tocarlo. Había un límite entre acompañar a alguien y exigirle que dejara de sufrir, y no quería cruzarlo.
—Sebastián —dije suavemente—, no tienes que decidir ahora qué hacer con todo esto.
Él me miró. Su rabia no desapareció, pero algo en su expresión se quebró.
—No sé quién soy, Valentina.
—Eres tú. Lo que hayan hecho los demás no borra quién eres.
Durante unos segundos, pareció querer creerme.
Entonces mi madre habló de nuevo.
—Hay otra cosa.
Sebastián cerró los ojos.
—Por supuesto que la hay.
Clara se acercó a él con cuidado.
—La noche del accidente, tú también estabas allí.
Él abrió los ojos de golpe.
—¿Qué?
—Tenías dieciséis años. Tu padre te había pedido que te quedaras en casa, pero lo seguiste. Llegaste al circuito antes de que él desapareciera.
Sebastián negó con la cabeza.
—Yo no recuerdo eso.
—Lo sé. Después del accidente, sufriste un golpe en la cabeza. Tu padre me pidió que no te contara lo que habías visto hasta que estuvieras preparado.
—¿Qué vi?
Mi madre comenzó a llorar otra vez.
—No lo sé todo. Solo sé que, cuando te encontré aquella noche, estabas junto a la carretera, cubierto de sangre. Repetías una frase una y otra vez.
Sebastián parecía incapaz de respirar.
—¿Qué frase?
Clara lo miró con una tristeza insoportable.
—Decías: «Papá, yo no quería hacerlo».
Nadie habló.
Yo sentí que el corazón se me hundía en el pecho.
Sebastián retrocedió hasta apoyarse contra la pared. Se llevó ambas manos a la cabeza, como si pudiera encontrar allí un recuerdo perdido.
—No… No, eso no puede ser.
Alejandro dio un paso hacia él.
—Sebastián, escucha…
—¡No me toques!
Alejandro se detuvo.
Sebastián me miró desesperadamente.
—Tú me crees, ¿verdad?
No dudé.
—Sí.
—Aunque no recuerde lo que pasó.
—Sí.
—Aunque todos digan que hice algo terrible.
Le tomé la mano.
—No voy a juzgarte por un recuerdo que ni siquiera tienes. Pero tampoco voy a mentirte para hacerte sentir mejor. Vamos a descubrir la verdad juntos.
Sus dedos se cerraron alrededor de los míos.
Durante un instante, apoyó la frente contra mi hombro. No intentó parecer fuerte. No hizo ninguna broma para ocultar su miedo. Simplemente se permitió estar allí.
Yo lo abracé.
Y justo cuando creí que aquella noche no podía volverse más terrible, el teléfono de Clara comenzó a sonar.
En la pantalla apareció un número desconocido.
Mi madre contestó con manos temblorosas.
—¿Sí?
Una voz masculina respondió al otro lado.
—Clara, espero que hayas disfrutado de tu pequeña reunión familiar.
Mi madre palideció.
Sebastián levantó la cabeza.
—¿Quién es?
La voz continuó:
—Dile a Sebastián que, si quiere recuperar los recuerdos que le faltan, debe volver al lugar donde comenzó todo. Solo. Y que no confíe en Alejandro Ferrer.
La llamada terminó.
Miré a Alejandro.
Él estaba inmóvil, observándonos con una expresión que no pude descifrar.
—¿Qué lugar? —pregunté.
Clara cerró los ojos.
—La casa donde vivía la madre de Sebastián.
Él se apartó de mí lentamente.
—Esa casa fue demolida hace años.
—No toda —susurró mi madre—. El sótano sigue allí.
Sebastián recogió la memoria USB del bolsillo y la apretó en el puño.
—Voy a ir.
—No vas a ir solo —dije.
—Valentina…
—No empieces. Ya hemos tenido esta discusión.
Por primera vez en toda la noche, apareció una pequeña sonrisa en su rostro.
—Eres imposible.
—Y tú tienes un talento especial para meterte en problemas.
Me miró de una manera que hizo que olvidara, durante un segundo, todo lo que nos rodeaba.
—Por eso no puedo alejarme de ti —murmuró.
Mi corazón dio un vuelco.
Estaba a punto de responder cuando Alejandro habló desde la puerta.
—Si van a esa casa, hay algo que deben saber.
Los dos nos giramos.
Alejandro tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Yo estuve en ese sótano la noche del accidente.
Sebastián se quedó helado.
—¿Qué hiciste allí?
Alejandro bajó la mirada.
—Encontré a tu padre en el suelo. Tú estabas junto a él. Y cuando intenté acercarme, me apuntaste con un arma.
El silencio cayó sobre nosotros.
—Eso es imposible —susurró Sebastián.
Alejandro levantó la cabeza.
—Ojalá lo fuera.
Entonces sacó de su bolsillo una fotografía doblada y se la entregó.
En ella aparecía Sebastián, con el rostro cubierto de sangre, sosteniendo una pistola entre las manos.
Detrás de él, su padre yacía inmóvil en el suelo.
Y en la parte posterior de la fotografía había una frase escrita con tinta roja:
«El hijo que amaba a su padre fue también el último en disparar».