un romance entre un mafioso y un femboy
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EL ÚLTIMO REY DE LAS SOMBRAS
La casa se alzaba solitaria entre los árboles, una construcción antigua de piedra y madera que parecía haber olvidado el paso del tiempo. No había luces encendidas, ni guardias, ni señales de alarma. Solo silencio. Dante detuvo el motor y se quedó unos segundos mirando la entrada, consciente de que al cruzar ese umbral nada volvería a ser igual.
Entró despacio. El aire olía a humedad y a madera vieja. Al fondo, en el gran salón principal, una figura estaba de espaldas a él, observando por la ventana oscura. Cuando escuchó sus pasos, se dio la vuelta lentamente. Era Lucian.
—Sabía que vendrías —dijo con una sonrisa tranquila, como si estuvieran reuniéndose para tomar el té—. Sabía que la curiosidad y la necesidad de respuestas serían más fuertes que tu miedo.
Dante no se detuvo. Siguió avanzando hasta que solo los separaba un par de metros.
—¿Dónde está Marcus? —preguntó con voz firme.
Lucian negó suavemente con la cabeza.
—Siempre haces las preguntas equivocadas, Dante. Nunca te preguntas por qué. Siempre buscas a quién culpar, pero rara vez te preguntas cómo llegamos hasta aquí.
—Entonces dime cuál es la pregunta correcta —respondió Dante, manteniendo la calma que tanto le había costado aprender.
Lucian dio un paso hacia él, y su voz se volvió más seria, casi pesada.
—La pregunta correcta es: ¿Qué vas a hacer cuando descubras que todo esto… todo este dolor, toda esta guerra, todo este miedo… fue en gran parte culpa tuya?
Dante frunció el ceño, pero no retrocedió.
—¿De qué hablas?
—De que Marcus te conocía mejor que tú mismo —comenzó a explicar Lucian, recorriendo la habitación con la mirada como si estuviera leyendo una historia que solo él veía—. Sabía de tus pérdidas, de tus miedos, de ese vacío que te dejó la traición de tu familia. Y utilizó todo eso. Provocó los conflictos que te obligaron a elegir el poder. Plantó la idea de que solo si eras poderoso podías proteger a quienes amabas. Te hizo creer que la dureza era sinónimo de fortaleza. Y tú… tú lo creíste. Te convertiste exactamente en lo que él necesitaba que fueras.
Hizo una pausa, dejando que las palabras calaran hondo.
—Y lo último, lo más brillante de todo… fue cuando te puso a Adrián en el camino. No fue casualidad, Dante. Fue la pieza final de su plan. Alguien que te haría sentir vulnerable, alguien por quien estarías dispuesto a arriesgarlo todo. Tu mayor debilidad… y al mismo tiempo tu única salvación.
La rabia ardió en el pecho de Dante, violenta y repentina. Quiso gritar, quiso romper algo, quiso culpar a todo el mundo. Pero respiró hondo. Recordó las palabras de Adrián: no pierdas el control. Y supo que perder los estribos sería precisamente lo que esperaban de él.
—Marcus usó mis sentimientos —dijo Dante con voz clara y firme—. Pero nunca pudo controlarlos. Yo elegí acercarme a Adrián. Yo elegí cuidarlo. Y yo elijo quién soy ahora. No voy a volver a ser tu marioneta, ni la de nadie más. Lo que hice o dejé de hacer en el pasado no define quién soy hoy.
Lucian lo observó en silencio durante unos largos segundos, y por primera vez su sonrisa se volvió genuina, aunque triste.
—Entonces demuéstralo. No estuve aquí para pelear contigo. Estuve aquí para ver si eras capaz de ver la verdad sin destruirte. Ahora vete. Y no mires atrás.
Dante no esperó más. Salió de la casa. No corrió. Caminó con paso firme, sabiendo que no podía cambiar lo que había sucedido, ni las decisiones que había tomado, ni el daño que se había hecho. Pero también comprendió que el pasado no era una prisión. Era solo una lección. Y el futuro… ese sí estaba en sus manos.
Cuando llegó a casa, Adrián estaba esperándolo sentado en el sofá, con una taza de té que ya se había enfriado sobre la mesa. Se levantó al verlo entrar.
—¿Terminó? —preguntó con suavidad.
Dante asintió, sintiendo cómo el peso de meses de incertidumbre finalmente se levantaba de sus hombros.
—Sí. Se acabó.
—¿Qué vas a hacer ahora? —insistió Adrián, acercándose.
Dante miró por la ventana hacia las luces de la ciudad, esa ciudad que alguna vez quiso gobernar y que ahora solo quería recorrer de la mano de quien amaba.
—Cerrar definitivamente esa etapa —respondió, y al decirlo supo que era verdad—. No voy a recuperar lo que tuve. No quiero poder, ni control, ni respeto de los demás. Solo quiero esto. Quiero nosotros. Quiero despertar cada mañana sabiendo que estamos a salvo, que podemos equivocarnos, que podemos reír, que podemos ser simplemente nosotros dos.
Se giró hacia Adrián y lo tomó entre sus brazos.
—Eso es suficiente para mí. Más que suficiente.