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Destinado A Las Cenizas

Destinado A Las Cenizas

Status: En proceso
Genre:Romance / Aventura / Héroes
Popularitas:122
Nilai: 5
nombre de autor: Nickto

Un joven general cuenta sus experiencias de vida que lo llevaron al punto en el que se encuentra. Errores del pasado se pagan con sangre en el presente.
Cuenta cómo su mundo cambió totalmente hace ya veintidós años cuando apenas tenía quince; cómo, por las guerras, ha perdido seres queridos y camaradas que espera volver a ver algún día en el otro mundo. Todo inicia con su padre, Oemirus, quien lideró el asalto a la ciudad de Palfidias y se convirtió en héroe. Pero un trágico malentendido diplomático sembró la semilla de una venganza brutal.En ese entonces, un ejército colosal arrasa el reino de Wilders con un solo objetivo: borrar del mapa el linaje y el pueblo de Oemirus.¿Podrá su hijo Mélon sobrevivir a la tormenta que desató su propio padre?

NovelToon tiene autorización de Nickto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El llamado del nuevo rey

Había pasado poco más de un año desde la batalla contra los Gálatas.

El pueblo había cambiado.

Donde antes apenas había unas cuantas casas rodeadas por una empalizada, ahora se levantaban nuevas viviendas, talleres y almacenes.

Los refugiados que habían llegado del norte comenzaban a formar parte de nuestra comunidad y, poco a poco, la pequeña población fronteriza se transformaba en algo mucho más grande.

Mi hermano también había cambiado.

Desde que nuestro padre quedó incapacitado, se había convertido en un verdadero líder del asentamiento. Ya no era simplemente el heredero que observaba las decisiones de Oemirus. Ahora era él quien debía tomarlas.

Yo había aprendido a vivir con mi nueva realidad.

Por las mañanas ayudaba con el asentamiento y por las tardes entrenaba, practicaba con mi arco y recorríamos los alrededores acompañado por Kállos, cuidando al ganado y a los niños que jugaban cerca del bosque, atentos ante el posible ataque de alguna bestia salvaje.

Aquella mañana, sin embargo, todo cambió.

Un grupo de jinetes apareció en el camino principal.

No eran más de veinte hombres, pero avanzaban con la disciplina de soldados experimentados. Sus armas estaban bien cuidadas y llevaban un estandarte que no reconocí.

Melos salió del edificio central acompañado por varios guardias.

Yo me acerqué a él.

Al frente del grupo cabalgaba un hombre de cabello oscuro y algunas canas en las sienes; su armadura estaba adornada con los símbolos que Kállos nos había contado alguna vez: eran soldados de Apameias.

Cuando desmontó, observó las murallas y después dirigió la mirada hacia nosotros.

—¿Quién está al mando?

Mi hermano dio un paso adelante.

—Yo, Melos, hijo de Oemirus.

El hombre permaneció unos segundos en silencio.

Entonces hizo una leve reverencia.

—Soy Kallias, general de la guardia real de Apameias.

Al escuchar aquello, sentí curiosidad.

—¿Guardia real?

Kallias asintió.

—Combatí junto a su padre durante la guerra de Palfidias.

Mi hermano intercambió una mirada conmigo.

—¿Qué buscan de nosotros?

El general sacó un pergamino sellado.

—Traigo un mensaje del Rey Stelios.

Melos rompió el sello y comenzó a leer.

Su expresión cambió lentamente.

—Quiere reunirse con quienes estuvieron al frente de la victoria contra los Gálatas.

Kallias intervino.

—El rey desea conocer personalmente a los hombres que lograron detener a un ejército que parecía imposible de derrotar.

Melos bajó el pergamino.

—Entonces tendrá que esperar.

Con una mirada de enojo, dije:

—¿Por qué?

Mi hermano, serio, comentó:

—No puedo abandonar la frontera ni al pueblo. Los gálatas fueron derrotados, pero no destruidos. Tenemos refugiados, nuevas familias y una región entera que vigilar, además de la supervisión de nuevos proyectos como la muralla.

—Por eso debería ser yo quien vaya —respondí.

Melos me miró sorprendido.

—¿Qué?

—Tú eres el que gobierna ahora, no puedes abandonar todo esto por una reunión.

Puedo representarte a ti y a la coalición —asentí.

— Además, no voy a ir solo.

Kállos, que estaba parada detrás de mí, levantó una ceja.

—Eso último espero que sea cierto.

Sonreí.

—Pensaba llevarte.

Mi hermano soltó una pequeña risa.

—Entonces no tengo elección. No sé quién de los dos me preocupa más.

Después volvió a ponerse serio

—Mélon, esto no es un paseo. Palfidias está lejos y no sabemos qué quiere realmente Stelios.

—Lo sé.

—¿And si les ocurre algo...? —comentó con mirada preocupada.

—Volveremos. —Lo miré decidido.

Melos me sostuvo la mirada durante unos segundos.

Finalmente suspiró.

—Está bien, irás en representación de la coalición.

Kallias inclinó la cabeza.

—Partiremos mañana al amanecer.

El viaje a Palfidias duró todo el día.

Éramos pocos.

Kallias viajaba al frente junto a sus hombres, mientras Kállos y yo avanzábamos unos metros por detrás con guardias de nuestra polis.

«Hacía mucho que no abandonaba nuestro territorio», comentaban los escoltas que nos acompañaban mientras nos dirigíamos al noroeste.

No podía evitar pensar en todo lo que había ocurrido desde la llegada de los bárbaros.

La guerra había cambiado nuestras vidas; también había cambiado la frontera.

Al caer la tarde, finalmente divisamos las murallas de Palfidias.

Me quedé sin palabras.

Había escuchado las incontables historias sobre aquella ciudad de boca de los hombres de mi padre, pero ninguna se podía comparar con verla frente a mí.

Sus enormes muros de piedra se elevaban sobre la llanura; dentro se distinguían torres, templos y edificios que parecían pertenecer a otro mundo comparados con nuestro asentamiento.

Kállos observaba todo con una expresión extraña.

—Nunca pensé que volvería a ver una ciudad como esta.

La miré.

—¿Te trae recuerdos?

Ella sonrió con tristeza.

—Apameias era más hermosa.

No hizo falta preguntar por qué.

Entramos escoltados por los hombres de Kallias y atravesamos las calles hasta llegar al castillo.

Allí nos esperaba el rey Stelios.

Cuando lo vi por primera vez, tuve una extraña sensación. No parecía un hombre muy diferente al que mi padre había descrito en sus historias.

Sin embargo, ya no era el joven príncipe que había luchado junto a Oemirus; ahora llevaba corona.

Kallias hizo una reverencia.

—Majestad.

Stelios asintió y después dirigió sus ojos hacia nosotros. Su mirada se detuvo en mí y frunció ligeramente el ceño.

—Acércate, por favor.

Obedecí.

El rey se quedó observándome durante varios segundos.

—¿Cuál es tu nombre?

—Mélon, hijo de Oemirus.

El rostro de Stelios dejó notar una gran sorpresa.

—Oemirus... —Dio un paso hacia mí—: ¿Eres su hijo?

—Sí.

El rey me observó como si estuviera viendo un recuerdo perdido.

—Es increíble...

Kállos se colocó a mi lado.

—¿Qué ocurre, su majestad?

Stelios negó lentamente con la cabeza.

—Te pareces mucho a él.

Sentí una punzada de orgullo, pero también recordé todo lo que habíamos sufrido.

—Entonces sabe quién es mi padre.

El rey me miró fijamente.

—Fue uno de los mejores hombres que conocí, un buen amigo.

Esas palabras hicieron que algo dentro de mí se encendiera.

—Entonces no entiendo por qué nunca vino a ayudarnos.

El silencio cayó sobre la sala. Stelios no respondió inmediatamente.

—¿A qué te refieres?

—Cuando Apameias cayó, nosotros estábamos solos. —Mi voz comenzó a temblar

—Mi padre había sido desterrado, mi tío Philos murió defendiendo nuestro pueblo. Miles de buenas personas fueron asesinadas, Kállos perdió a su familia, y la gente que intentó escapar de la capital tuvo que hacerlo sin saber si llegarían vivos al día siguiente, sin contar los cientos que fueron esclavizados.

Stelios bajó la mirada.

—Mélon...

—¿Dónde estaban ustedes? —Las lágrimas comenzaron a acumularse en mis ojos

—Tridates murió. Y antes de caer, sus hombres dieron sus vidas para que la gente pudiera escapar. Mi hermana, yo y una parte de su guardia, junto a los demás supervivientes, tuvimos que correr mientras los Gálatas destruían y asesinaban todo a su paso.

Kállos bajó la cabeza. Stelios cerró los ojos.

—No pudimos ir.

—¿Por qué? —pregunté.

El rey respiró profundamente.

—Porque no teníamos las fuerzas suficientes para defender esta ciudad y el sur al mismo tiempo.

Se acercó hasta una ventana.

—Cuando recibimos las noticias de cómo habían terminado las cosas en Apameias, nuestras tropas apenas podían defender Palfidias. Los bárbaros habían arrasado la ciudad entera, tomado a su gente como esclavos y no sabíamos dónde golpearían después. —Se giró hacia mí

— Si hubiera dividido nuestras fuerzas, habríamos perdido Palfidias, seguramente.

—Pero nosotros sí luchamos —mi voz salió entre lágrimas

—No teníamos cuarenta mil hombres ni un ejército real. Solo teníamos nuestras familias y un grupo de guerreros dispuestos a morir por la libertad.

Stelios permaneció en silencio, hasta que finalmente habló.

—Tienes razón.

Aquella respuesta me sorprendió.

—No voy a inventar excusas para algo que aún me pesa en la conciencia. Debimos haber encontrado una forma de ayudarlos.

Kállos levantó la mirada. Stelios se acercó a nosotros.

—Precisamente por ello los he mandado a buscar. —Me entregó otro pergamino.

—Hace unos meses escuché rumores sobre una coalición en el sur que había logrado hacer retroceder a Grocker.

—Fuimos nosotros —le confirmé.

—Lo sé ahora. —Una leve sonrisa apareció en su rostro

—Por eso envié a Kallias. Quería encontrar a los hombres que habían conseguido lo que parecía imposible.

Extendió un mapa que le alcanzaron sobre la mesa

— Los Gálatas se retiraron, pero han tenido un año y dos meses para recuperarse y controlar cualquier indicio de revuelta en el norte y centro de Wilders. Estoy convencido de que volverán. —Señaló Apameias

— Esta vez no quiero esperar a que ellos decidan dónde será la próxima batalla.

Mi mirada se fijó en el mapa.

—¿Qué propone?

—Atacar Apameias —sentenció con determinación.

Kállos abrió los ojos, sorprendida por su declaración.

—¿La capital?

—Exactamente, lo que quede de ella —afirmó el rey.

Stelios golpeó con ambas manos la mesa donde estaba el mapa.

— Si conseguimos expulsarlos de Apameias, podríamos recuperar el corazón de la región. Pero para hacerlo necesito hombres, muchos buenos hombres.

Entonces me miró directamente

—Necesito de su coalición.

El silencio volvió a apoderarse de la habitación. Finalmente asentí.

—Hablaré con mi hermano.

—No quiero obligarlos a volver hoy.

Quédense unos días, conozcan la ciudad, hablaré con mis oficiales y después decidiremos cómo actuar.

Kallias sonrió.

—Además, su majestad, esta noche comienzan las Panateas.

Stelios asintió.

—Y no pensamos permitir que nuestros invitados se marchen sin probar la comida.

Por primera vez desde que habíamos llegado, sonreí.

—Será un gusto aceptar, su alteza.

Esa noche, las calles de Palfidias estaban llenas de gente. Había música, puestos de comida y pequeñas hogueras iluminando las plazas; los ciudadanos se preparaban para los tres días de celebraciones.

Kállos parecía haber olvidado por unos momentos todo lo ocurrido.

—Mira eso. —Señaló un puesto donde asaban carne sobre unas enormes parrillas.

—¿Quieres?

—Pensé que nunca me lo preguntarías —me respondió con una bonita mirada.

Compramos dos porciones y nos sentamos en una plaza bajo la luz de las estrellas.

Por primera vez podíamos disfrutar de una noche sin pensar en la guerra. Ella se sentó a mi lado.

—Es extraño.

—¿Qué cosa? —le pregunté cuando estaba a punto de morder la deliciosa carne de cordero.

—Vernos así, sonriendo y descansando después del duro año que venimos llevando —respondió con voz suave.

Solté una pequeña carcajada. Me miró y sostuvimos nuestras miradas durante unos segundos.

El momento fue interrumpido con la llegada de más personas a la plaza.

Entonces una voz se escuchó detrás de nosotros.

—Vaya, vaya.

Era la princesa Griseia, que se acercó acompañada por un par de guardias.

—¿Interrumpo algo?

Kállos respondió antes de que yo pudiera.

—No.

La princesa me miró.

—Qué lástima.

Se sentó a mi lado

—Quería conocer al hijo de Oemirus de quien mi hermano tanto está hablando.

Kállos frunció ligeramente el ceño.

—Ya lo podrás conocer mañana.

La princesa Griseia sonrió. Yo no sabía qué decir, me dediqué solo a comer.

—Mélon tiene que descansar, mañana tiene cosas que hacer —dijo Kállos sin dejar notar tanto su molestia.

—¿En serio ya te vas a descansar? —preguntó la princesa con voz lastimosa.

—Sí —asintió Kállos, casi sin dejarla terminar.

Griseia soltó una pequeña mueca burlona.

—¿Y tú quién eres para decidir por él?

Kállos apoyó una mano en la empuñadura de su espada.

—Su escolta.

Los guardias de la princesa rápidamente pusieron su atención sobre nosotros. Me levanté antes de que aquello se pudiera convertir en una discusión.

—Creo que podríamos disfrutar un poco más del festival antes de volver al castillo.

Griseia sonrió.

—Me parece una excelente idea.

Kállos me lanzó una mirada que decía exactamente lo contrario. Y por alguna razón, no pude evitar sonreír.

Las Panateas apenas habían comenzado. Y sentí que los días que se venían iban a ser mucho más complicados de lo que Stelios había imaginado.

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