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El Placer Del Tirano

El Placer Del Tirano

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Posesivo
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.

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Capítulo 4

Tener su pecho pegado al mío era como estar de pie junto a una forja abierta. Sentía el latido denso de su corazón contra mis costillas, un pulso salvaje que parecía desmentir la leyenda del emperador sin alma.

Intenté tirar de mi brazo hacia atrás, pero el agarre de Li Yan en mi muñeca no cedió ni un milímetro. Sus dedos quemaban la piel donde me sujetaba, y con cada segundo de contacto directo, el dolor que le carcomía las sienes parecía evaporarse, reemplazado por una lucidez hambrienta.

—Suélteme —le exigí entre dientes, negándome a mostrar la debilidad del jadeo que pugnaba por salirme de la garganta—. Le acabo de decir que planean envenenarlo y a usted solo le importa un capricho de su cabeza.

—Mi cabeza lleva tres meses ardiendo día y noche, artesana —respondió él, sin aflojar la presión. Su voz bajó una octava, volviéndose un murmullo espeso y áspero que me rozó los labios—. Nadie ha podido calmarla. Ni los brebajes de los médicos de la corte, ni el licor, ni la sangre de los traidores que he degollado en ese patio.

Dio medio paso más. Tuve que apoyar la palma libre contra su pecho para evitar que nuestros cuerpos colisionaran del todo. El tejido áspero de su túnica interior cedió bajo mis dedos, revelando la dureza del músculo tenso bajo la tela. Sentí el calor abrasador de su piel traspasando el lino.

—Tú pusiste tus dedos aquí —continuó Li Yan, bajando los ojos hacia mi mano apoyada sobre su esternón—, y el ruido se apagó. Dime qué clase de brujería usas antes de que decida arrancártela del cuerpo.

—No es brujería —repliqué, mirándolo con todo el desprecio que pude reunir para ocultar el temblor de mis rodillas—. Es una desgracia. Una maldición que llevo arrastrando desde el día en que nací. Veo cosas... cosas que van a pasar. Y cuando toco a alguien, veo el hilo podrido de su destino.

Una sonrisa torcida, peligrosa y fría como una navaja, curvó los labios del emperador.

—¿Y qué viste al tocarme, Lian? ¿Viste mi muerte?

Tragué saliva. La memoria del destello que acababa de asaltarme me quemó las mejillas: la seda roja arrugada, el peso asfixiante de su cuerpo desnudo sobre el mío, sus dientes hundiéndose en mi cuello mientras me sujetaba las manos contra el colchón.

Aparté la mirada hacia la penumbra de la habitación antes de que pudiera leer en mis ojos la vergüenza de esa profecía.

—Vi el cáliz de plata —mentí con voz seca—. Vi a un sirviente con túnica azul verter un polvo grisáceo antes de traerle el desayuno ceremonial. Si no me cree, bébalo mañana y ahóguese en su propia bilis. Me ahorraría el trabajo de tener que soportar su cara.

El silencio cayó sobre nosotros como un manto pesado. Esperaba que me cruzara la cara de un golpe o que llamara a los guardias para que me arrastraran a las mazmorras por semejante insolencia. Cualquier otro soberano lo habría hecho.

Pero Li Yan no era cualquier soberano. Era una bestia acostumbrada a que todos temblaran a su paso. Mi desafío, lejos de enfurecerlo, pareció despertar un brillo oscuro y posesivo en el fondo de sus pupilas.

Lentamente, soltó mi muñeca.

No alcancé a dar un paso atrás cuando su mano subió con una lentitud deliberada hasta alcanzar mi nuca. Sus dedos ásperos se enredaron entre los mechones sueltos de mi cabello, obligándome a mantener la cabeza erguida. No me lastimó, pero la presión firme me dejó claro que estaba completamente a su merced.

—Dormirás aquí —sentenció con tono tajante, inquebrantable.

Se me heló la sangre.

—¿Qué?

—Has dicho que el contacto detiene el veneno de mi mente —dijo, inclinándose hasta que la punta de su nariz casi rozó la mía. Su respiración olía a peligro puro—. No voy a permitir que te alejes ni tres pasos de mi vista. Si tu advertencia sobre el cáliz resulta ser una mentira para ganar tiempo, haré que te corten las manos dedo por dedo frente a los artesanos del patio.

Hizo una pausa, y su pulgar trazó una línea lenta, casi imperceptible, a lo largo de la curva de mi mandíbula. El roce me arrancó un escalofrío involuntario que me recorrió la espalda entera.

—Pero si resulta ser cierta... —susurró con una promesa sombría cargada de intenciones que me encendieron la piel—, vas a pagar muy caro cada palabra insolente que ha salido de esa boca.

—Prefiero las canteras de azufre antes que compartir una cama con usted —le escupí, clavándole los ojos con rabia.

Li Yan soltó un gruñido bajo en el fondo de la garganta, casi satisfecho por mi resistencia. Retiró la mano de mi cuello con parsimonia, dejándome una marca invisible de calor que me ardía en la piel.

—Nadie ha dicho nada de compartir la cama. Aún no —aclaró con voz gélida mientras se daba la vuelta y caminaba hacia el lecho imperial—. Te quedarás en el diván de cedro junto a la ventana. Si te mueves antes de que cante el gallo, los guardias apostados tras esa puerta te atravesarán con diez lanzas antes de que toques el pomo.

Se despojó de la túnica exterior sin mirarme, arrojándola al suelo con descuido, y se tendió sobre el colchón de espaldas, cerrando los ojos. Por primera vez en meses, su respiración no era entrecortada; el alivio que le había dejado mi tacto todavía flotaba en su cuerpo.

Me quedé quieta en medio de la penumbra, frotándome la nuca donde sus dedos habían estado hace apenas unos segundos. El corazón me latía con tanta fuerza que me dolían las sienes.

Caminé con pasos lentos hacia el diván estrecho junto a la ventana enrejada. Me senté sobre la madera dura, abrazándome las rodillas y mirando la silueta del emperador a través de las cortinas de gasa roja.

El hombre al que debía salvar estaba a menos de diez pasos de distancia. El monstruo que todo el imperio temía acababa de respirar en paz gracias a mi piel.

Apreté los dientes en la oscuridad, sintiendo cómo el destino del que tanto había intentado escapar me cerraba las fauces alrededor del cuello. Mañana llegaría el cáliz de plata. Y si mi visión no fallaba, la jaula en la que acababa de caer se cerraría para siempre.

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Martha Divas Delgado
k bueno k le quite lo pdj al funcionario y lo degollen
Martha Divas Delgado
excelente inicio me gusta ☺️
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