Una doctora rencarnada en un mundo donde los hombres pueden convertirse en bestias, no se puede confiar en nadie incluso ni en la familia y solo aquellos más fuertes son los que gobiernan, ella encontrará hombres de distintas especies que darían su vida por ella.
Sígueme y conocerás más aventuras con la dra rencarnada.
NovelToon tiene autorización de Paty para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El pacto de los territorios...
Al pasar los días, todo estaba tranquilo, Luna ayudaba en la pequeña aldea, mientras sus pequeños cachorros eran cuidados por sus compañeros y sus suegros. Un día Luna vio extraño a Vaelorian, decidió seguirlo para saber que le pasaba, cuando lo encontró, él estaba apartado de los demás, de pie junto a una hilera de árboles. Tenía los hombros tensos y la mirada fija en las montañas. La tristeza en su rostro era tan evidente que ella se detuvo antes de acercarse.
—¿Qué tienes? —preguntó con suavidad. Vaelorian tardó en contestar.
—Quiero que mi reino vuelva a levantarse. Quiero que el mundo bestial tenga una nueva forma de vida. Un mundo con reglas y leyes que puedan mejorar las cosas, donde los más débiles no estén a merced de los más fuertes y cada pueblo pueda vivir sin temer que mañana alguien reclame sus tierras–. Luna se acercó un poco más.
—¿Quieres recuperar el antiguo Imperio?–
—Quiero recuperar lo que el Imperio debió haber sido–. Vaelorian bajó la mirada. Por primera vez desde que Luna lo conocía, parecía cargar no solo con el peso de su territorio, sino también con el de todos los que habían perdido algo cuando el Imperio cayó.
—Mi familia gobernó durante generaciones. —dijo— Pero el poder se volvió una carga que pocos podían cuestionar. Algunos territorios fueron olvidados. Otros se rebelaron. Cuando el centro se debilitó, cada reino tuvo que defenderse por su cuenta. El Imperio se rompió… y con él, las leyes que mantenían a raya a quienes querían aprovecharse del caos.
—Entonces quizá no debas restaurar el mismo Imperio. —dijo Luna— Podrías construir uno distinto.– Él la miró.
—¿Un Imperio sin un emperador?–
—No necesariamente. Pero un emperador no debería ser el único que decide qué es justo. Si el Imperio depende de una sola persona, basta con que esa persona falle para que todo vuelva a derrumbarse.– Vaelorian guardó silencio. Luna buscó las palabras con cuidado. En su mundo había visto instituciones que no siempre funcionaban bien, pero también sabía que las reglas podían proteger a quienes no tenían poder suficiente para defenderse solos.
—Podrías convocar a los líderes de los reinos y los clanes. —continuó— No para exigirles que te juren obediencia, sino para proponerles un acuerdo. Cada territorio conservaría sus costumbres y su propio gobierno, pero todos aceptarían unas leyes comunes.–
—¿Qué clase de leyes?–
—Las que protejan a todos, no solo a quienes gobiernan. Que prohíban invadir un territorio sin motivo. Que obliguen a juzgar a quien cometa un crimen, aunque pertenezca a una familia poderosa. Que impidan esclavizar, secuestrar o expulsar a los pueblos de sus tierras. Y que establezcan quién puede tomar decisiones en nombre de los demás.– La expresión de Vaelorian se volvió más seria.
—Un pacto.–
—Sí. El Imperio podría renacer como una unión de territorios. No porque todos tengan que obedecerte, sino porque decidan que cooperar es mejor que vivir en guerra.–
—¿Y si algunos aceptan el pacto solo para aprovecharse de él?–
—Entonces tendría que haber consecuencias. Pero las reglas también deben limitar al gobernante. Si todos los demás tienen obligaciones y tú no, no será una ley común, será una orden con otro nombre.– Vaelorian la observó durante un largo momento.
—Me estás diciendo que, para restaurar mi reino, tendría que aceptar que no me pertenece.–
—Te estoy diciendo que quizá nunca te perteneció por completo. Un gobernante puede custodiar un territorio, pero no es dueño de quienes viven en él.– Aquellas palabras parecieron golpearlo más que cualquier reproche. Vaelorian volvió la mirada hacia las montañas.
—Mi padre habría llamado a eso debilidad.–
—Puede que por eso el Imperio ya no exista.– Luna no dijo aquello para herirlo. Pero tampoco quiso suavizarlo. La tristeza de Vaelorian no era solo la pena de un heredero que había perdido su reino. Era también el duelo por un sistema que no había sabido proteger a los suyos. Él respiró lentamente.
—Si quisiera intentarlo, ¿por dónde empezaría?–
—No por la corona. —respondió Luna— Por la confianza.– Luna le propuso un plan. No un regreso inmediato al antiguo Imperio, sino una reconstrucción gradual, sostenida por acuerdos y acciones concretas.
Primero: proteger a los habitantes del caos. Antes de hablar de títulos o fronteras, Vaelorian tendría que demostrar que su autoridad servía para algo más que mandar. Podría organizar rutas seguras entre los territorios, proteger a los viajeros, ayudar a las comunidades afectadas por las guerras y establecer refugios para quienes hubieran perdido su hogar. La gente debía notar que la unión mejoraba su vida antes de que se le pidiera aceptar un nuevo gobierno.
Segundo: convocar una asamblea de territorios. No bastaría con reunir a los líderes. También tendrían que estar presentes representantes de los clanes, las aldeas y las distintas especies del mundo bestial. Los líderes podrían llevar la voz de sus pueblos, pero no ser los únicos con derecho a decidir. La asamblea serviría para negociar, no para recibir órdenes de Vaelorian.
Tercero: escribir un pacto común. Ese documento establecería unas protecciones básicas para todos: derecho a la vida y a la defensa ante un tribunal; prohibición de esclavizar o expulsar a un pueblo de sus tierras; reglas para resolver disputas territoriales; límites al poder de los gobernantes; y obligaciones de ayuda mutua ante guerras, epidemias o catástrofes. Cada territorio podría conservar sus propias costumbres mientras no contradijeran esas protecciones.
Cuarto: crear tribunales independientes. Si Vaelorian fuera juez y gobernante al mismo tiempo, los demás podrían temer que la ley solo castigara a sus enemigos. Luna sugirió que los juicios importantes fueran atendidos por jueces elegidos entre distintos territorios, y que nadie pudiera ser condenado únicamente por su especie, su linaje o su clan. La ley debía alcanzar también a quienes ocupaban el trono.
Quinto: distribuir el poder. Vaelorian podría convertirse en el primer soberano del nuevo Imperio, pero sus decisiones tendrían que estar limitadas por la asamblea y por el pacto. Algunas decisiones —como declarar una guerra, cambiar las leyes comunes o imponer tributos a todos los territorios— requerirían el consentimiento de los representantes. Así, el Imperio no se derrumbaría si un gobernante moría, se volvía cruel o perdía la confianza de su pueblo.
—No sería una restauración inmediata. —dijo Luna— Habría que ganarse la confianza territorio por territorio. Algunos no querrán unirse. No puedes obligarlos y llamar a eso paz.–
—¿Y si se niegan para siempre?–
—Entonces tendrás que demostrarles que pueden vivir mejor sin unirse a ti… y dejar que sean ellos quienes cambien de opinión. Si el nuevo Imperio solo puede sostenerse por la fuerza, no será nuevo de verdad.– Vaelorian no contestó enseguida. La tristeza seguía en su rostro, pero ya no parecía paralizado por ella. En su lugar había aparecido una expresión más difícil, la de alguien que empezaba a imaginar una tarea enorme y comprendía que no podría realizarla solo.
—¿Crees que los reinos aceptarían sentarse conmigo?–
—No lo sé. —respondió Luna— Algunos quizá sí. Otros necesitarán pruebas. Y otros tal vez nunca confíen en ti. Pero puedes empezar por escuchar lo que perdieron y lo que temen perder otra vez.–
—¿Y tú me ayudarías?– Luna pensó en el poblado, en Tarek y en Eira. En el lugar para atender a los heridos que todavía no existía. La reconstrucción de un Imperio era mucho más grande que una sala de curación, pero la idea se parecía, no bastaba con decir que algo iba a proteger a los demás, había que construirlo, mantenerlo y permitir que otros participaran.
—Te ayudaría a pensar en las leyes. —dijo— También a organizar la atención para los enfermos y heridos. Pero no voy a ayudarte a crear un Imperio que solo cambie de nombre.– Una pequeña sombra de sonrisa cruzó el rostro de Vaelorian.
—No esperaba menos de ti.–
—Y habrá que empezar por algo más cercano que una corona. —añadió Luna— La gente tendrá que ver que tus leyes funcionan en su propio territorio. Que una persona común puede pedir ayuda, denunciar un abuso y recibir justicia sin tener que ser poderosa para que la escuchen.–
Vaelorian miró hacia el poblado. Desde allí alcanzaba a ver a algunos miembros del clan trabajando juntos. Eira enseñaba a una joven a preparar vendas limpias; Scott y Soren discutían dónde podrían levantar un espacio para atender a los heridos; Kael revisaba una cuerda de caza con cuidado. Ninguno de ellos obedecía por temor. Lo hacían porque habían decidido colaborar.
—Tal vez el primer territorio del nuevo Imperio no sea un reino. —dijo él— Tal vez sea este clan.–
–Podría ser el primer lugar donde pongas a prueba tus ideas. —respondió Luna— No para reclamarlo, sino para demostrar que pueden funcionar.– Vaelorian contempló a la gente durante un largo momento.
—Un Imperio que nace de un acuerdo, no de una conquista.–
—Un Imperio en el que la unión sea una elección y las leyes protejan incluso a quienes no tienen poder. —dijo Luna— Si logras eso, no estarás devolviendo la vida al antiguo Imperio. Estarás creando algo que merece llevar su nombre.– Vaelorian volvió a mirarla. La tristeza no había desaparecido por completo, pero ahora tenía una dirección.
—Entonces tendré que hablar con los demás. No como su emperador.–
—¿Sino como qué?–
—Como alguien que también necesita que le den una oportunidad.– Luna tomó su mano.
—Ese sería un buen comienzo.– El antiguo Imperio había caído bajo el peso de sus propias decisiones. El nuevo no podía levantarse solo con un ejército, una corona o el recuerdo de lo que alguna vez fue. Tendría que nacer de acuerdos difíciles, de leyes que también limitaran a quienes las escribieran y de la confianza de pueblos que llevaban demasiado tiempo aprendiendo a desconfiar.
Y quizá, antes de que existiera un Imperio, Vaelorian tendría que demostrar que sabía construir algo más importante, un mundo donde nadie tuviera que arrodillarse para ser escuchado.