Verónica se casó enamorada. No imaginaba la pesadilla qué sería ese matrimonio. Después de años de maltratos toma una decisión qué cambiará su destino.
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Capítulo 17
Mis hijas y yo abandonamos el edificio dónde tuvimos la reunión con Verónica y su abogada. No estoy satisfecho, he tenido qué ceder para controlar el escándalo qué está mujer provocó. Pero no voy a quedarme de brazos cruzados, mi venganza llegará cuando menos se lo espere.
En casa está mi madre, quién se ha encargado de las niñas desde qué todo esto comenzó. De no ser por ella, la casa sería un desastre y las niñas estarían descuidadas.
- Por fin llegan. ¿Qué pasó?
- Llegamos a un acuerdo, mamá. Las niñas seguirán viviendo conmigo y las visitas serán supervisadas.
- Esa mujer es una descarada. Mira qué morder la mano qué le dio de comer todos estos años. Te debía obediencia.
¡Siempre fue una mosquita muerta! Aparentando clase y educación. Y ustedes niñas, espero qué se den cuenta de la clase de mujer qué es su madre y del problema tan grave en el que ha metido a su papá.
- Madre, creo qué no es el momento. Dejemos ese tema, por favor. Niñas, vayan a hacer sus deberes.
Mis hijas se marchan y yo debo hablar seriamente con mi madre y explicarle mi plan. No a detalle, solo lo qué me convenga hacerle saber.
- Te pido qué controles tus comentarios delante de las niñas. Especialmente, delante de Regina. Renata, sin duda, está de mi lado, pero Regina siempre ha sido más cercana a su madre.
- Solo dije la verdad, hijo. Esa mujer es una malagradecida. No mereces lo qué te está haciendo.
- Tranquila, madre. De mi cuenta corre qué pague por todos los inconvenientes qué ha provocado. No voy a dejar qué se salga con la suya.
- ¿Qué piensas hacer?
- Déjalo en mis manos. No será la primera vez qué deba darle una lección a una mujer.
- Las niñas y tú deberían mudarse con nosotros. Estarían mejor atendidos.
- No, madre, confía en mí. Todo es parte de mi estrategia.
- Ok, hijo. Siempre has demostrado ser capaz de resolver tus problemas.
- Y esta vez no es la excepción. Te lo garantizo.
- Eso espero, de verdad. Me voy a casa, tu padre no tarda en llegar. La cena está en el horno.
- Gracias, madre.
No consigo liberar la furia qué llevo contenida. Decido llamar a una de las mujeres qué ya he contratado en el pasado para mis prácticas sado.
Les digo a mis hijas qué debo volver a la oficina. En realidad me dirijo a un apartamento qué he mantenido en secreto desde qué me casé con Verónica.
En el lugar hay una habitación totalmente acondicionada para mis propósitos. Insonorizada, con toda clase de artilugios.
El edificio cuenta con un ascensor privado qué va desde el estacionamiento y llega hasta el Penthouse. Esto me garantiza total privacidad.
La chica llega 20 minutos después qué yo. Es joven, tiene 25 años, un cuerpo escultural, no es la primera vez qué nos vemos y lo mejor es qué a cambio de una buena cantidad de dinero acepta hacer lo qué yo quiera.
En cuanto ingresa al apartamento, se asegura de recibir lo acordado. Siempre pago en efectivo, así evito dejar rastro.
La llevo de inmediato a mi habitación privada. Ahí, me dejo llevar por mis instintos más salvajes. En este tipo de prácticas siempre hay una palabra de seguridad.
La ignoro y continuó con lo mío. Necesito sacar de mi sistema la furia qué me ha provocado Verónica y sus acciones.
Hago uso de la mayoría de mis artilugios; látigos, juguetes de todo tipo, pero hay algo que me lleva a otro nivel y es la asfixia erótica.
El cuerpo de la chica se retuerce, está amordazada y no pongo atención a la petición de qué me detenga.
Cuando salgo de mi trance, me percato de qué ella no responde. Mantengo la calma, desato sus muñecas y sus tobillos. La muevo, la agito y nada.
Intento tomarle el pulso, no sé cómo. Apoyo mi dedo índice y mi dedo medio en su cuello, sobre la yugular. No percibo latido.
- ¡Maldita sea!
Con dificultad, le coloco la ropa. Está muerta, no tengo dudas. Tomo su bolso, saco el celular, uso su dedo para desbloquearlo. Borro la conversación qué tuvo conmigo y todo lo qué pueda vincularme con ella.
La levantó como si de un costal se tratase, subo al ascensor. Me aseguro antes de salir de él, qué no haya nadie en el estacionamiento.
La meto en la cajuela, he guardado las llaves de su auto. Oprimo el botón qué bloquea las puertas para identificar el vehículo, también debo deshacerme del él más tarde.
Conduzco por la ciudad, es muy tarde y las avenidas lucen desiertas. Me dirijo a una zona apartada en las afueras. Me desvío del camino principal hasta llegar a un tramo de terracería.
Es un área boscosa, me detengo a la orilla del camino. Desciendo y abro la cajuela, extraigo el cuerpo con cuidado y lo llevo detrás de unos matorrales.
Ahí lo deposito, de su bolso tomo el dinero, su licencia de conducir y las tarjetas de crédito. Dejo una identificación.
Antes de marcharme me aseguro de qué el cuerpo no esté a la vista desde el camino.
Llego al edificio de apartamentos, me llevo el auto y lo abandono en una colonia cercana, pero insegura. Lo dejo abierto, algún delincuente se encargará de él.
Camino hasta el apartamento. La adrenalina aún recorre mi cuerpo. ¿Hay remordimiento? No, esa palabra no existe en mi vocabulario.
Ya en la seguridad de mi propio espacio, quemo las tarjetas, la licencia, el dinero y el chip qué antes extraje del celular. Lanzo el celular al piso y lo aplastó con mi pie hasta dejarlo inservible. Limpio mi habitación especial y vuelvo a casa.
Mis hijas duermen, yo intento hacer lo mismo, más no lo consigo. Lo sucedido me llevó a un nivel nuevo de excitación y no dejo de recordarlo.
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Mientras tanto en aquel paraje alejado del bullicio de la ciudad, la chica qué Rodrigo ha abandonado recobra la consciencia.
Su corazón late muy lentamente, amenaza con detenerse en cualquier instante.
Siguiendo su instinto de supervivencia se arrastra hasta el angosto camino de tierra. Un hombre qué pasa por ahí en una bicicleta se percata de su presencia y se detiene.
La chica se desmaya a sus pies, el hombre se asusta y pedalea en su bicicleta a toda prisa hasta alejarse del lugar.
Llega asustado a su casa y le cuenta a su esposa lo sucedido. Ella lo convence y llaman a la policía.
Minutos antes del amanecer la zona es acordonada. Una ambulancia llega al sitio y los paramédicos atienden a la víctima.
Los peritos inspeccionan los alrededores y encuentran el bolso con la identificación. No hay celular, no hay dinero ni tarjetas.
La llegada de los vehículos oficiales ha borrado cualquier huella qué pudiera haber quedado del auto del feminicida.
Los paramédicos revisan las heridas de la joven mujer y coinciden en qué esto no fue un asalto. El pulso de la paciente es muy débil y deben trasladarla de inmediato para qué reciba atención especializada
La sirena de la ambulancia rompe con el silencio y la aparente serenidad del lugar y sale a toda prisa dejando a su paso una nube de polvo y muchas preguntas sin respuesta.
En uno de los hospitales de la ciudad se da el aviso de qué recibirán a una paciente en estado crítico. La noche tranquila y sin sobresaltos está por terminar.
Ella dice q no sabe hacer nada, claro q sabe, llevar una casa, calarse las malcriadeces, los desplantes de un enfermo, claro q sabes y puedes