A los dieciocho años, Raquel era la chica gorda del morro: despreciada por su familia, echada de su casa en plena madrugada. Esa misma noche, en un cobertizo abandonado, encontró a un desconocido moribundo que le pidió que le salvara la vida sin verle jamás el rostro. Le pagó una fortuna. Le dijo que sus ojos eran hermosos. Y desapareció al amanecer.
Seis años después, Raquel vuelve a Río irreconocible: más delgada, más fuerte, madre soltera de dos gemelos. El empleo de sirvienta que consigue para sacarlos adelante la lleva a la cobertura de lujo del hombre más temido de la ciudad: Rafael Monteiro, El Dueño del Morro da Esperança.
El padre de sus hijos. El hombre que nunca supo que existían.
Ahora Raquel tiene que limpiar la casa de su secreto todos los días, mientras Rafael —frío, letal, incapaz de olvidar unos ojos que vio una sola vez en la oscuridad— empieza a sentir que esa empleada le remueve algo que creía muerto. Entre una suegra que la quiere lejos, una prima dispuesta a destruirla y una verdad que puede volarlo todo por los aires, Raquel deberá decidir hasta cuándo puede seguir escondiendo a los dos niños que llevan la sangre del Dueño.
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Capítulo 24 — El Fantasma que No Duerme
Cuatro días.
Cuatro días sin dormir, sin comer bien, sin parar. Rafael Monteiro recorrió el Residencial Atlántico como un fantasma dentro de su propia casa: abriendo armarios vacíos, mirando el espacio del baño donde solía estar el champú de ella, sentándose en la silla de la cocina donde ella se sentaba a tomar café.
A las tres de la madrugada del cuarto día, llamó a André.
—André. —La voz no parecía la suya. Parecía la de alguien que había gritado durante horas y ahora solo tenía hilachas sobrando—. La perdí.
André tardó cinco segundos en responder. No por falta de palabras, sino por exceso de preocupación.
—Rafa, ¿estás durmiendo?
—No.
—¿Comiendo?
—No.
—¿Desde hace cuántos días?
—Cuatro. O cinco. No sé.
André soltó el aire despacio en el teléfono.
—Rafael, escucha. Necesitas dormir. Aunque sean dos horas. Tu cuerpo...
—El cuerpo funciona. La cabeza es la que no para.
—Rafa...
—Desapareció, André. Cambió el número. Se llevó a los niños. Fui a su casa y estaba vacía. Vacía. —La voz se le quebró en la última palabra—. No logro entender qué hice mal.
André se quedó en silencio. En su cabeza volvió la conversación del fútbol: la palabra "asqueroso", la sonrisa falsa de Raquel, la pregunta que en el momento no entendió. La culpa le apretó el estómago, pero no dijo nada. No era el momento.
—Voy mañana temprano —dijo André—. No hagas ninguna tontería hasta entonces.
Rafael colgó. Puso el celular en la mesa. Miró el sofá de la sala: el sofá donde Luna dormía cuando se quedaba en el apartamento, donde Davi se sentaba con las piernas cruzadas a ver Patrulla Canina. Ahora era solo un sofá.
Marcos entregó el informe parcial a la mañana siguiente.
—Jefe, revisé todo. Contactos antiguos, casas donde trabajó, hospitales, guarderías, registros de celular nuevo. —Marcos puso una carpeta delgada en la mesa—. Nada. Lo cortó todo.
—¿Y Fernanda?
—Fui a ver a Fernanda Costa. Muchacha dura. Dijo que Raquel está a salvo y que no iba a sacarle más que eso. —Marcos hizo una pausa—. Está protegiendo a su amiga, jefe. No la va a entregar.
Rafael se quedó de pie frente a la ventana. La vista de Barra da Tijuca se extendía hasta el mar: edificios, autos, ocho millones de personas. Y él no lograba encontrar a una.
—Marcos, no te lo estoy pidiendo.
—Lo sé. Pero si fuerzo, Raquel se va a enterrar más hondo. Sabe esconderse. São Cristóvão es grande.
Rafael se dio la vuelta. Marcos le vio los ojos: rojos, hundidos, con ojeras que parecían hematomas. El Dueño del Morro ya no era El Dueño. Era un hombre que no dormía desde hacía cuatro días por una mujer que se había ido llevándose a los hijos que él ni sabía que tenía.
Salvo que, en el fondo de su cabeza, una parte ya lo sabía.
Rafael tomó el vaso de agua de la mesa. La mano le temblaba. Falló la boca en el primer intento, el agua le escurrió por la barbilla, y la humillación de no poder beber un vaso de agua fue la gota final. Lanzó el vaso contra el estante de vidrio del despacho. El vidrio estalló: esquirlas, libros y marcos se esparcieron por el suelo de mármol.
Marcos no se movió.
Rafael se quedó mirando el destrozo. La respiración pesada. Los hombros subiendo y bajando. Después habló, con la voz baja:
—Limpia esto. Y sigue buscando.
Fernanda no durmió bien esa noche. Ni la anterior. Ni la anterior.
El peso de guardar el secreto de Raquel —de mentirle a Marcos, de no decirle la verdad a nadie— le estaba convirtiendo el estómago en un nudo que el café no resolvía.
Sabía dónde estaba Raquel: en la sala de al lado, durmiendo en el sofá con los gemelos. Sabía que Raquel había conseguido trabajo en Farias Moda. Sabía que Marcos llamaba todos los días preguntando si Raquel estaba bien. Sabía que Rafael no dormía.
Y sabía que, tarde o temprano, el castillo de naipes se iba a caer.
En el baño, a las seis de la mañana, Fernanda se miró al espejo y le dijo al reflejo:
—Estás haciendo lo correcto. Ella necesita tiempo.
El reflejo no pareció convencido.
Raquel llegó a Farias Moda a las ocho y cuarto: quince minutos antes, como todos los días de la primera semana. La recepcionista Camila la recibió con la sonrisa de siempre y un café con leche que ya se estaba volviendo tradición.
—¡Buenos días, Raquel! ¿Lista para el recorrido con Thiago?
Thiago Farias apareció en el pasillo con una tabla sujetapapeles y la sonrisa tranquila de quien nunca necesitó gritar para que lo escucharan.
—Raquel, hoy quiero mostrarte el showroom. La colección de verano llega la próxima semana y necesito a alguien que organice las muestras por categoría, color y talla.
—Cuenta conmigo.
El showroom quedaba en el sexto piso: una sala enorme con percheros de ropa, mesas de accesorios y maniquíes alineados como soldados de tela. Raquel caminó entre las piezas con los ojos de quien lo cataloga todo de forma automática: este collar está en el perchero equivocado, esta pulsera no combina con la línea de verano, este arete tiene el cierre torcido.
Thiago la observó. En la mesa de accesorios, Raquel tomó un collar de cuentas y frunció el ceño.
—Thiago, este collar... la proporción está rara. Las cuentas son del tamaño correcto para un cuello europeo, pero para la mujer brasileña —que suele tener el cuello más corto y los hombros más anchos— se vería sofocado. Si espacias las cuentas dos milímetros y agregas un extensor de cinco centímetros, queda mucho mejor.
Thiago se quitó los lentes. Los limpió. Se los volvió a poner.
—Raquel, no eres una asistente de producción. Eres alguien que entiende de proporción y de cuerpo. —Anotó algo en la tabla—. Voy a hablar con el equipo de diseño sobre esto.
Raquel abrió la boca para decir que era solo una observación, pero Camila apareció en la puerta:
—Thiago, la reunión de las diez se cambió a la sala dos.
Thiago salió. En el pasillo, se dio la vuelta y dijo:
—Raquel, no eres la persona que organiza las cosas. Eres la persona que ve lo que nadie más ve. Eso es raro.
Raquel se quedó parada en el showroom. Las palabras de Thiago reverberaron: no como elogio, sino como reconocimiento. Era la primera vez en años que alguien veía en ella algo más que manos que limpiaban y brazos que cargaban.
Camila volvió diez minutos después con una sonrisa cómplice:
—¿Sabías que Thiago es soltero?
—Camila.
—Separado hace dos años. Papá de Enzo. Amable, guapo, y acaba de mirarte como si fueras la última pieza de una colección que llevaba años armando.
—Camila, estoy trabajando.
—Yo también. Estoy trabajando en tu futuro amoroso.
Raquel sacudió la cabeza, pero la comisura de la boca le subió medio milímetro. Era poco. Pero era el primer medio milímetro en semanas.
En el Residencial Atlántico, a las diez de la noche, Rafael estaba en el despacho.
La mesa estaba cubierta de papeles: informes de búsqueda de Marcos, anotaciones, mapas de São Cristóvão con áreas marcadas con círculos. En medio de todo, la carpeta que Marcos había entregado la noche en que André fue a ver fútbol. La carpeta que él había tirado en el cajón sin abrir porque en el momento "tenía cosas más urgentes".
La carpeta de Marcos. El informe sobre la investigación de los R$500.000.
Rafael sacó la carpeta. La abrió. Las páginas estaban organizadas con la precisión militar de Marcos: transferencia bancaria de R$500.000 a R. da Silva, fechada seis años atrás. Investigación de la destinataria: Raquel da Silva, residente del Morro da Esperança, 18 años en la época. Sin antecedentes. Sin empleo formal. Embarazo registrado en el Hospital Municipal cuatro meses después de la fecha de la transferencia. Padre desconocido. Gemelos nacidos prematuros: Davi y Luna da Silva.
Rafael leyó la línea de nuevo. Gemelos nacidos ocho meses después de la transferencia.
Empujó la silla hacia atrás. La silla golpeó la pared. Él no lo notó.
Embarazo. Cuatro meses después. Gemelos. Padre desconocido.
Los pedazos empezaron a encajar. No como un rompecabezas que se arma con calma, sino como una pared que se derrumba y revela lo que estaba escondido detrás todo el tiempo.
La sensación de familiaridad cuando la vio por primera vez en el pasillo. El apretón en el pecho cuando ella sonreía. El sueño —aquel sueño recurrente con ojos que brillaban en la oscuridad de un barraco en el morro—. La frase que dijo dormido: "Tus ojos... también son hermosos". El rostro de Luna —Luna, que tenía la sonrisa con hoyuelo del lado izquierdo que él tenía de niño—. Davi —Davi, que fruncía el ceño exactamente como él lo fruncía—. La voz de André resonando: "como tragarse una mosca... asqueroso". La reacción de Raquel. La nota. La huida.
Asqueroso.
Él había dicho que aquella noche era asquerosa. Y la mujer de aquella noche había estado viviendo en su casa, durmiendo en su cama, cuidando a sus hijos —a los hijos de ambos—, oyendo cada día la palabra que la destruyó.
Rafael se levantó. Las piernas le cedieron y se sujetó de la mesa. El informe resbaló y las páginas se esparcieron por el suelo.
Miró hacia la ventana. La ciudad brillaba allá afuera: indiferente, enorme, llena de gente que no sabía que El Dueño del Morro da Esperança acababa de descubrir que tenía dos hijos de cinco años con la mujer que había expulsado de su propia vida sin saberlo.
La voz le salió ronca, para nadie:
—Dios mío... fui yo. Fui yo el que lo destruyó todo.
El celular sonó. Marcos.
—Jefe, uno de mis informantes localizó a Raquel. Está trabajando en una empresa de moda en el Centro. Farias Moda. Lo confirmé con binoculares desde el edificio de enfrente. Es ella.
Rafael no respondió. Marcos esperó.
—¿Jefe?
—Marcos. —La voz de Rafael era irreconocible—. Sé quién es la madre de mis hijos. Siempre lo supe. Solo que no quería verlo.
Marcos se quedó en silencio tres segundos.
—¿Qué quiere que haga?
Rafael miró el informe en el suelo. Las fotos. Los números. La verdad que había cargado en el bolsillo del pecho sin saber que era una bomba.
—Nada. Hoy no. Mañana voy a verla.
Colgó. Se sentó en el suelo del despacho, entre los papeles esparcidos, y apoyó la cabeza en la pared.
No durmió. Pero por primera vez en cuatro días, no fue por no poder. Fue por decisión. Porque cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de ella: no el rostro de ahora, bonito y delgado y cuidado, sino el rostro de seis años atrás, redondo y joven y con ojos que brillaban en la oscuridad de un barraco en el Morro da Esperança.
Los ojos que él llamó hermosos. Y después llamó asquerosos.