Valentina Ferrer creyó que tenía la vida perfecta: un esposo al que amaba, cinco hijos maravillosos y un hogar humilde, pero lleno de felicidad. Hasta que un accidente en una obra le arrebató a Gabriel y la dejó sola frente al dolor, las deudas y la responsabilidad de sacar adelante a su familia.
Convertida en viuda a los treinta y cinco años, Valentina tendrá que dejar atrás sus miedos y recuperar los sueños que abandonó por amor. Lo que no imagina es que, en medio de su lucha, conocerá a Maximiliano Devereaux, el hombre más rico, poderoso y atractivo de la ciudad.
Él vive rodeado de lujos. Ella apenas intenta sobrevivir. Él está acostumbrado a mandar. Ella no permitirá que nadie vuelva a decidir por su vida.
Entre dos mundos completamente opuestos, una atracción imposible comenzará a crecer. Pero Valentina aún carga con las heridas de su pasado y teme que volver a amar signifique traicionar la memoria del hombre que nunca dejó de amar.
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Capítulo 14: La elegancia de volver
Valentina tuvo cinco días para revisar la propuesta.
Cinco días para calcular costos, organizar un calendario y responder cada pregunta que Maximiliano Devereaux había dejado sobre la mesa. También tuvo cinco días para decidir qué imagen quería presentar en la próxima reunión.
No quería disfrazarse de alguien que no era. Pero tampoco quería llegar sintiendo que se había vestido para pasar inadvertida.
Abrió el armario y apartó varias prendas hasta encontrar un pantalón azul oscuro, una blusa color crema y un blazer que había comprado años atrás para una entrevista. Los probó y se miró en el espejo.
La ropa le quedaba bien, aunque el blazer necesitaba un pequeño arreglo en una manga. No era costoso ni llamativo. Tenía líneas sencillas y un corte elegante.
—Te ves como tú —dijo Amalia desde la puerta.
Valentina se volvió.
—¿Como yo?
—Como la mujer que sabe lo que está haciendo, aunque todavía esté aprendiendo a recordarlo.
Valentina examinó su reflejo una vez más. No buscaba parecer rica ni impresionar a Maximiliano. Quería sentirse segura, ordenada y fiel a su propio gusto.
—Voy a usarlo para la reunión.
—Entonces llevas lo que necesitas.
En los días anteriores había trabajado después de que los niños se acostaban. En la nueva propuesta incorporó un calendario de seis semanas, un presupuesto desglosado y medidas concretas para evaluar los resultados. También agregó una tabla para registrar las visitas a los negocios, las consultas recibidas y la participación en las actividades.
No prometía que cada publicación produciría ventas. Prometía medir con honestidad lo que ocurriera.
Mariana revisó el documento y aprobó los cambios.
—Está mucho más claro —dijo—. También explica por qué los comerciantes deben ser parte de las decisiones, no solo aparecer en las fotografías.
—No quiero que la empresa use sus historias para verse generosa y después los deje fuera del proyecto.
—Lo sé. Eso quedó muy claro.
La reunión se fijó para el viernes. Esta vez asistirían Clara Montes, dos representantes del área de desarrollo y Maximiliano.
La noche anterior, Isabella se acercó a la mesa mientras Valentina repasaba las diapositivas.
—¿Vas a ver otra vez al señor mandón?
Valentina levantó la mirada.
—¿Quién te dijo que es mandón?
—Tú lo dijiste después de la reunión.
—Creo que dije que tenía el encanto de una puerta cerrada.
Isabella sonrió.
—Eso significa que es mandón.
—Puede ser exigente. Pero mañana vamos a hablar de trabajo, no de lo que él opina de mí.
—¿Y qué opina de ti?
—No lo sé, y no es lo más importante.
Isabella miró la presentación.
—¿Vas a ir con ese traje?
—Sí.
—Te ves como la mamá de una directora.
Valentina rió.
—No sé si eso es un cumplido.
—Lo es. Pareces segura.
—Eso espero sentirme.
El viernes, Valentina llegó a las oficinas de Devereaux Group con la presentación guardada en su computadora y las notas ordenadas en una carpeta. Mariana la esperaba en el vestíbulo.
—Me gusta cómo te ves —dijo—. Formal, pero sigues pareciendo tú.
—Era justo lo que quería.
Clara las recibió y las llevó a la misma sala de reuniones. Maximiliano ya estaba allí, de pie junto a la ventana, revisando unos documentos. Al verlas entrar, hizo un breve gesto con la cabeza.
—Señoras.
—Señor Devereaux —respondió Valentina.
Él llevaba un traje oscuro y una camisa impecable. Incluso sin decir nada, proyectaba autoridad. Valentina notó que la observaba un instante, quizá registrando el cambio en su presentación, pero no hizo comentario alguno.
Clara abrió la reunión.
—Recibimos la propuesta revisada. El calendario y el presupuesto están más definidos. Hoy queremos revisar la ejecución y aclarar algunos puntos antes de tomar una decisión.
Valentina conectó la computadora y comenzó.
Explicó cómo escogerían a los cuatro negocios, qué requisitos debían cumplir y cómo se coordinarían con el equipo del complejo. Presentó un calendario por semanas: entrevistas, fotografías, publicaciones, una actividad presencial y una evaluación final.
Cuando llegó a la parte de los comerciantes, Maximiliano interrumpió.
—Aquí dice que ellos aprobarán el contenido antes de publicarlo.
—Sí —respondió Valentina—. Cada dueño debe confirmar que la historia lo representa y que los datos son correctos.
—Eso puede retrasar el calendario.
—Puede tomar más tiempo que publicar sin consultarles. Pero si la iniciativa habla de sus negocios, deben tener derecho a revisar lo que se diga de ellos.
—No podemos poner cada decisión en manos de personas que no conocen las necesidades de la campaña.
—No todas las decisiones —aclaró ella—. La estrategia y los plazos los definimos nosotros. Pero no publicaremos una historia personal sin que la persona la apruebe.
Maximiliano dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—¿Y si alguien rechaza el texto después de que el equipo ya trabajó en él?
—Tendremos que corregirlo o elegir otro participante. Por eso propongo que la aprobación se haga antes de producir las piezas finales.
Clara intervino:
—Podemos incluir un formulario breve de autorización y una fecha límite para comentarios. Así mantenemos el control del calendario.
Valentina asintió.
—Eso me parece razonable.
Maximiliano miró a Clara y luego a Valentina.
—Continúe.
Ella explicó las medidas de seguimiento. No habló de cifras grandiosas. Propuso registrar cuántas personas veían las publicaciones, cuántas consultaban por los negocios y cuántas asistían a la actividad presencial.
—¿Cómo van a distinguir una visita que surgió por la campaña de una visita habitual? —preguntó uno de los ejecutivos.
—Podemos preguntar a los clientes y usar códigos sencillos en algunos materiales. No será una medición perfecta, pero nos dará indicadores más útiles que contar únicamente las interacciones en redes.
—¿Y si la participación es baja? —preguntó Maximiliano.
—Revisaremos por qué. Puede que el horario no funcione, que el contenido no llegue al público o que la propuesta no sea adecuada para esos negocios. El piloto sirve para aprender, no para fingir que todo salió bien.
Él la observó con una atención más concentrada que la vez anterior.
—No parece muy interesada en vender una historia bonita.
—Estoy interesada en que la campaña funcione. Si la historia es bonita pero no representa a nadie, no sirve.
Maximiliano guardó silencio.
Clara revisó sus notas y propuso algunos ajustes menores en las fechas. Mariana respondió sobre la producción y Valentina revisó con ella los cambios. La reunión se volvió más concreta y menos tensa.
Cuando terminaron, Clara cerró la carpeta.
—Podemos aprobar el piloto para cuatro negocios, sujeto a los ajustes de calendario que mencionamos.
Valentina no celebró todavía. Esperó a que Maximiliano hablara.
Él revisó el presupuesto una última vez.
—El proyecto queda aprobado por seis semanas. Clara coordinará con ustedes. Necesito un informe breve cada viernes y un reporte final con los resultados.
—De acuerdo —dijo Mariana.
—Lo prepararemos —añadió Valentina.
—Y quiero saber quién será responsable del contacto diario con los comerciantes.
—Yo puedo coordinar esa parte —respondió Valentina.
—¿Tiene disponibilidad para reuniones en horario laboral?
Valentina sostuvo su mirada.
—Puedo organizarme con anticipación. Tengo responsabilidades familiares, así que necesito que las reuniones se programen con tiempo siempre que sea posible.
—El trabajo no puede detenerse cada vez que haya un imprevisto.
—No le estoy pidiendo que se detenga. Estoy diciendo que puedo cumplir con el trabajo si acordamos un calendario claro. Ser madre no me impide ser profesional, pero tampoco voy a fingir que mis hijos no existen.
La frase quedó flotando en la sala.
Maximiliano no respondió enseguida. Clara miró a ambos, preparada para intervenir si era necesario.
—¿Cuántos hijos tiene? —preguntó él finalmente.
—Cinco.
—Eso es una familia grande.
—Sí.
—¿Y su esposo…? —empezó, pero se detuvo—. Disculpe. No es asunto mío.
Valentina comprendió que había visto el espacio de ausencia en sus respuestas o que Mariana le había explicado algo antes de la reunión.
—Mi esposo murió hace poco —dijo ella—. En un accidente en su trabajo.
La expresión de Maximiliano cambió apenas. No se suavizó del todo, pero desapareció por un instante la frialdad con que había dirigido la conversación.
—Lo lamento.
—Gracias.
No hubo más preguntas. Valentina agradeció que no intentara consolarla ni utilizar su pérdida para modificar las condiciones del proyecto.
Clara preparó un acuerdo preliminar y les indicó que enviaría los documentos completos. Mariana revisó los puntos principales. Valentina pidió que se especificara el pago y el alcance de sus responsabilidades antes de firmar.
Maximiliano pareció aprobar la cautela.
—Bien. No quiero ambigüedades en el contrato.
—En eso estamos de acuerdo —dijo ella.
Cuando la reunión terminó, Clara las acompañó hasta la salida. Les confirmó que el equipo de comunicaciones se pondría en contacto el lunes para comenzar la coordinación.
En el ascensor, Mariana miró a Valentina.
—Conseguiste el piloto.
—Sí.
—Y no dejaste que él decidiera cómo debías organizar tu vida.
—No iba a hacerlo.
—Me alegra.
Valentina miró la carpeta sobre sus rodillas. El proyecto era pequeño comparado con los negocios de Devereaux Group, pero significaba trabajo, un ingreso y una oportunidad de demostrar que podía volver a ejercer.
También significaba que tendría que tratar con Maximiliano.
Al despedirse, él no les ofreció una sonrisa. Solo estrechó la mano de Mariana y luego la de Valentina.
—Espero resultados, señora Ferrer.
—Los tendrá, señor Devereaux.
—No me decepcione.
Valentina sostuvo su mano apenas un segundo más antes de soltarla.
—No confunda cumplir con obedecer todo sin cuestionar.
Maximiliano arqueó una ceja.
—¿Y usted no confunda cuestionar con tener siempre la razón?
—No lo haré.
Se dieron la espalda sin añadir nada.
Camino a casa, Valentina pensó en la reunión. Había salido con un proyecto aprobado y una lista de tareas que comenzaría el lunes. Por primera vez, el mundo profesional no le pareció una puerta cerrada.
Cuando llegó, los niños corrieron a recibirla.
—¿Te dieron el proyecto? —preguntó Julieta.
—Sí. Vamos a trabajar con cuatro negocios durante seis semanas.
—¿Y el hombre mandón qué dijo? —preguntó Isabella.
—Que espera resultados.
—¿Y tú?
—Que los tendrá.
Isabella sonrió.
Esa noche, Valentina colgó el blazer con cuidado. No era un uniforme ni una armadura. Era una elección: una forma de presentarse al mundo con la elegancia sobria que siempre había sentido suya y con la seguridad que estaba volviendo a construir.
El lunes comenzaría el trabajo. Y, aunque Maximiliano Devereaux parecía decidido a ponerla a prueba, Valentina ya había aprendido algo importante:
No necesitaba parecerse a nadie para demostrar lo que valía.