Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.
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capitulo 4
El eco de la puerta al cerrarse resonó en la habitación durante varios segundos antes de que el silencio volviera a instalarse. Amelia se apoyó de espaldas contra la madera del armario, deslizándose lentamente hacia abajo hasta que sus rodillas tocaron la alfombra. Respiraba a bocanadas profundas, sintiendo el latido desbocado de su corazón martilleándole el pecho.
Bajo la cama, un pequeño gemido sacó a Amelia de su estupor. Se apresuró a gatear hasta la orilla del colchón y levantó el faldón de tela.
—Ya se fue, Mateo... Todo está bien —susurró con suavidad, extendiendo una mano hacia él con la palma hacia arriba.
El niño la miró desde la penumbra con los ojos dorados aún más dilatados por el miedo. Sin embargo, en lugar de encogerse, Mateo gateó despacio hacia ella, olfateó el aire con rapidez y colocó su pequeña y tibia mano sobre la de Amelia. Aquel gesto espontáneo de confianza le dio a la joven la fuerza que necesitaba para mantenerse en pie.
Pasaron unas horas. Amelia logró que el niño saliera de su escondite, comiera una ración de fruta que el personal dejó en la puerta y jugara en silencio con un bloque de madera. A las diez de la noche, Mateo se rindió al cansancio y cayó profundamente dormido en la cama pequeña.
Asegurándose de que el niño descansaba, Amelia salió al pasillo a buscar agua para la noche. La tercera planta estaba desierta y sumida en una oscuridad casi total; solo unas pocas antorchas eléctricas de luz tenue iluminaban el recorrido de piedra.
Mientras caminaba de regreso desde el pequeño dispensador del pasillo, escuchó un murmullo de voces amortiguadas que venían del piso inferior. Guiada por la curiosidad y su entrenamiento clínico, descendió en silencio por la escalera de servicio hasta llegar a un recoveco que daba al ala oeste de la mansión, el área que la Sra. Elena le había prohibido estrictamente visitar.
En el pasillo interior del ala oeste, la puerta de una amplia oficina estaba entreabierta. Una luz amarillenta se filtraba por la rendija, acompañada por el aroma acre de hierbas medicinales, alcohol y sangre fresca. Amelia se pegó a la pared, conteniendo el aliento para mirar a través del espacio.
En el centro del estudio, sentado en un sillón de cuero alto, estaba el Alfa Lian. Tenía el torso desnudo, revelando un físico imponente, esculpido y surcado por antiguas cicatrices de garras y armas. Frente a él, un hombre mayor con ropajes de sanador aplicaba con pinzas un ungüento verdoso directamente sobre los ojos del Alfa.
Lian no emitía ni un solo quejido, pero la rigidez de su mandíbula y los nudillos blancos con los que apretaba los reposabrazos del sillón delataban un dolor desgarrador.
—El veneno de acónito negro sigue devorando los nervios ópticos, Señor —dijo el sanador con tono grave y resignado—. El daño en los globos oculares se mantiene. El tejido muscular de su lobo intenta regenerarse, pero el veneno mágico bloquea la sanación. No hay mejoría.
Lian soltó una carcajada amarga y baja, un sonido sin un ápice de alegría que hizo vibrar el aire de la habitación.
—No necesito tu compasión, Marcos —siseó el Alfa con voz helada—. Solo dime cuánto tiempo más podré ocultarlo antes de que la manada descubra que su líder no ve la sangre que derrama.
—Usted se mueve guiándose por el aire, el sonido y los aromas con una destreza aterradora, Alfa —respondió Marcos mientras le retiraba las compresas húmedas
—. Pero en un combate directo frente a los ancianos o los líderes de los clanes vecinos... si notan que sus ojos no siguen los movimientos del enemigo, el consejo exigirá su destitución inmediata. O peor: atacarán la mansión.
Lian se puso de pie bruscamente, apartando la mano del sanador. La luz de las velas iluminó de lleno su rostro.
Amelia ahogó un grito cubriéndose la boca con ambas manos.
Ahora que la luz caía de frente sobre su cara, los detalles eran inconfundibles. Alrededor de los órbitas oculares de Lian, debajo de la piel, corrían delgadas venas de un tono violáceo y negruzco que se ramificaban hacia las sienes. Sus ojos grises, antes hermosos y dominantes, estaban cubiertos por una opacidad blanquecina, una nube muerta que anulaba por completo su capacidad de ver.
—Ese traidor pagará con su vida —murmuró Lian, apretando el puño con tal fuerza que sus uñas se clavaron en la carne de su propia palma, haciendo brotar pequeñas gotas de sangre
—. El ataque en la frontera no fue una emboscada de cazadores. Alguien dentro de mi propia guardia vertió el extracto de acónito en mi espada antes del combate para que la toxina me entrara por los poros. Querían dejarme ciego para tomar el mando del territorio Blackwood.
—Sabemos que el veneno fue diseñado específicamente para doblegar la biología de un Alfa —agregó el sanador, ajustando las vendas en una mesa lateral—. Quien lo hizo conocía sus debilidades. Y si descubren que el pequeño Mateo también heredó la inestabilidad de su línea de sangre tras la muerte de su madre, no habrá lugar donde puedan esconderse.
Lian se acercó a la ventana cerrada, dándole la espalda al doctor. A pesar de estar completamente ciego, se mantuvo erguido, proyectando una sombra gigantesca sobre la pared de piedra.
—Nadie sabrá la verdad —sentenció el Alfa con una frialdad absoluta—. Mataré a cualquiera que intente usar mi estado en mi contra. Ocultaré esta ceguera con sangre si es necesario. Mientras yo respire, nadie tocará a mi hijo ni arrebatará el control de esta manada.
Amelia dio un paso atrás de forma instintiva, pero la suela de su zapato hizo crujir ligeramente una tabla suelta del piso de madera.
El sonido fue imperceptible para un humano, pero dentro de la mansión fue como un cañonazo.
En un parpadeo, la cabeza de Lian giró con una precisión espeluznante exactamente hacia el rincón a oscuras donde ella se ocultaba. Sus pupilas muertas apuntaron fijamente hacia la rendija de la puerta.
—Hay un topo en el pasillo —siseó el Alfa con una voz monstruosa y distorsionada que rozó el rugido de una bestia salvaje.
El pánico se apoderó de Amelia. Dio media vuelta y echó a correr a toda velocidad por el pasillo de servicio, subiendo los escalones de tres en tres con el corazón saliéndosele del pecho.
Escuchó el impacto seco de la puerta de la oficina al abrirse de golpe y el retumbo de unos pasos pesados que comenzaban a perseguirla a una velocidad sobrehumana en medio de la penumbra.