Ella guarda un secreto que la consume por dentro.
Él arrastra las ruinas de una vida que se desmoronó en una sola noche.
April Rossetti nunca imaginó que un error de una noche la perseguiría cada día. Enamorarse de la persona equivocada siempre es el comienzo de una caída. Ahora, la culpa la acompaña como una sombra que no la deja respirar.
Derek Baker lo perdió todo: su matrimonio, su hijo no nacido y la confianza en las personas. Destrozado y lleno de rabia, intenta reconstruir su vida cuando un encuentro casual lo cambia todo.
Conectados por hilos invisibles del destino, April y Derek se ven envueltos en miradas cargadas de deseo, conversaciones que despiertan lo que creían dormido y secretos que amenazan con destruirlos.
Están a milímetros de romperse... o de sanarse mutuamente.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
Y algunas atracciones están destinadas a arder, aunque quemen todo a su paso.
¿Podrán elegir el amor cuando todo parece condenarlos al dolor?
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Milímetros de Miedo
-April Rossetti-
El peso de la culpa nunca desaparece del todo. Se queda ahí, latente bajo la piel, esperando el momento más inoportuno para recordarte que no mereces paz.
Era lunes al mediodía. Me miré en el espejo del baño de empleados del Royal Veterinary Center. El reflejo me devolvió el mismo rostro de siempre: cabello castaño que se negaba a quedarse en su sitio, ojos marrones demasiado grandes para lo que intentaban ocultar y la cadenita de oro con la “A” que nunca me quitaba. La única cosa que me quedaba de aquella familia que creí inquebrantable.
Arreglé un poco mi cabello, me obligué a sonreír, alisé con mis dedos el vestido coral, respiré hondo y salí del Centro Médico.
Mi hora de almuerzo ya corría. Crucé la calle hacia la cafetería que habitualmente frecuentaba. Pedí un croissant y un café americano. El cajero que me atendía siempre buscaba sacarme conversación. Todo el tiempo amable, con un sincero y genuino interés en saber cómo iba mi día, la opinión de mi compra anterior, el amor por su gato y la promesa de ir a consulta con el. Mis respuestas eran igual continuamente. Sonreí de manera cortés asintiendo y retirando mi pedido de la vitrina. Mi rutina era la misma, monótona. No tenía muchas emociones fuertes en mi día a día, trataba de evitarlas.
Apreté fuertemente la bolsa donde llevaba el croissant porque me estaba mintiendo a mi misma y de la peor manera. Amaba las emociones fuertes, pero a qué costo.
Avancé dos cuadras hasta la pequeña plaza que se había convertido en mi refugio durante mis descansos laborales. Me senté en el banco que daba vista a todo a mi alrededor, me protegía un viejo roble que debía llevar ahí desde el inicio del mundo mismo, la brisa cálida hacía revolotear un poco mi cabello.
Cada cinco minutos miraba el reloj de mi muñeca. A veces perdía la noción del tiempo en mis pensamientos, en las cosas que me habían roto desde hace tiempo. Siempre me llegaban a la mente momentos del pasado, ansiedad de situaciones que ya habían ocurrido y que no podía cambiar.
Comer con prisa nunca había sido lo mío, pero hace unos meses esa era el pan de cada día. O de cada almuerzo.
Mientras mordía el croissant, el olor a tierra mojada me invadió. Un charco bajo el banco. Mi mente volvió, como de costumbre, al día que lo cambió todo.
Recordé la lluvia golpeando con fuerza mis lentes de montura mientras pedaleaba desesperada desde la universidad.
Llegaba empapada a casa, arrastrando la bicicleta. Escurriendo agua desde los pies hasta la cabeza. Iba contra reloj, tenía una entrevista que de ser aceptada cambiaría todo e impulsaría mi vida profesional.
Julio, mi padrastro, estaba en la cocina. Al verme se atragantó con el agua que bebía de su vaso.
—Hoy ha sido una locura—comento mientras dejo mi bolso encima del mesón de la cocina—Muero de hambre—.Continuo sin darme cuenta de lo palidecido que se encontraba—¿pasa algo?
El niega con la cabeza. Yo me despojo de los zapatos mientras lo detallo centímetro a centímetro.
Tenía poco más de cuarenta años, pero se conservaba fuerte y atractivo, dueño de una cadena de gimnasios. Siempre había sido mi figura paterna, el hombre que llenó el vacío que mi padre biológico dejó. La estructura sólida que se suponía nunca debía agrietarse y menos romperse.
Minutos después, subiendo a mi cuarto, tropecé con Emily mi vecina y amiga desde los tres años. Tenía la ropa desarreglada, los zapatos en la mano, la cara roja y perlada por el sudor en su frente. No hizo falta que hablara. Supe todo en ese instante, aunque no lo quería aceptar. Me encontraba en negación. Sus ojos estaban llenos de culpa y pánico. De sus mejillas caían un par de lágrimas mientras se perdía fuera de mi vista, dejándome en un estado de shock y confusión.
Cuando Julio subió descalzo y sin poder mirarme a los ojos, el mundo se me cayó encima. La traición. La confesión. El divorcio devastador de mi madre. El silencio que siguió. Aún hoy, años después, esa herida seguía abierta.
Julio había sido el único padre que conocí. Emily, por otra parte, ella había sido como una hermana, una confidente, era alguien a quien yo podría haberle dado mi vida si hubiera sido necesario. Muchos años y recuerdos juntas, era como una extensión de mí, conocía mis miedos, mis más oscuros deseos y secretos, el temor de volver a perder a un padre.
Fidelidad, eso nos unía. O eso era lo que yo creía hasta ese momento.
Parpadeé un par de veces, volviendo al presente. Tiré el vaso de café que se hallaba tibio a la basura y regresé al trabajo.
Ana, la groomer, me recibió con su sonrisa pícara de siempre. Llevaba a un costado un gato siamés que me miraba con frialdad.
—Jhony te espera en su consultorio. Y tiene esa cara de "tenemos que hablar".
Reímos al unísono.
Suspiré. Me pasé la lengua por los labios, me limpié una migaja imaginaria de la comisura y toqué la puerta.
—Adelante.
Jhony Castell Jr. estaba sentado detrás del escritorio. Cuando levantó la vista, algo en el pecho se me apretó. Se había quitado la bata. La camisa blanca le ceñía los hombros y los brazos, y la primera abertura del cuello dejaba ver un trozo de piel morena que yo conocía demasiado bien. Sus ojos azules me recorrieron despacio, sin prisa, como si todavía tuviera derecho a hacerlo.
—Siéntate, April.
Obedecí. La silla crujió bajo de mí. El perfume que usaba, ese que se me había pegado a la piel la última vez, llenó el espacio entre los dos. Tragué saliva.
—Has hecho un excelente trabajo estos meses —dijo, juntando las manos sobre la madera. La voz le salió baja, controlada—. Pero no quiero perderte por un error.
La última palabra resonó entre nosotros como una confesión.
Hace varias semanas atrás nos habíamos quedado hasta la medianoche organizando el caos de emergencias. El cansancio, las miradas que llevábamos meses evitando, la vulnerabilidad, todo explotó.
Terminé entre sus brazos. Yo con la bata abierta y él empujándome contra la camilla de exploración, sus manos firmes en mi cintura, mi nombre dicho contra mi cuello como si le doliera. Habíamos cruzado todas las líneas esa noche. Y yo todavía recordaba el peso de su cuerpo, el calor de su boca, la forma en que me miró después. Era como si también se odiara un poco por haberme tocado.
Ahora, sentada frente a él, sentía exactamente la misma electricidad. Y exactamente el mismo asco de mí misma.
Jhony se levantó. Rodeó el escritorio con calma. Se detuvo demasiado cerca. Desde esa distancia podía ver el pulso en su garganta y el leve apretón de su mandíbula.
—No te preocupes —murmuré. Mi voz sonó más débil de lo que quería. Me puse de pie de golpe, casi rozándole el pecho. Un cosquilleo traicionero me bajó por el vientre y se instaló entre las piernas—. No volverá a pasar.
Él no se movió. Solo bajó la mirada a mi boca un segundo demasiado largo.
—April…
Salí del consultorio antes de que pudiera terminar. Cerré la puerta con más fuerza de la necesaria. El corazón me latía en la garganta, la culpa me quemaba la piel. Y, debajo de todo eso, el deseo seguía ahí, intacto, esperando el próximo momento de debilidad.
Casi choqué de frente con ella.
Camelie.
—Hola, April —dijo con esa sonrisa cálida, tan sincera que me revolvió el estómago.
—Hola… —balbuceé.
El olor a su perfume dulce, limpio, completamente distinto al de él me golpeó de lleno. Llevaba el pelo recogido y el anillo de matrimonio brillándole en la mano izquierda mientras sostenía una carpeta.
Parecía tranquila. Feliz. Como alguien que no sabía que la mujer que tenía enfrente había estado en los brazos de su marido hace apenas unas semanas.
Un asco denso y caliente me subió desde el pecho hasta la garganta. Quise apartar la mirada, pero no pude. Me odié por notar lo bien que se veía. Me odié por recordar todavía el peso de las manos de Jhony en mi cintura. Me odié por existir en ese mismo pasillo, respirando el mismo aire que ella.
—¿Todo bien? —preguntó, ladeando un poco la cabeza.
—Sí —mentí, forzando una sonrisa que me supo a bilis—. Solo fue el almuerzo. Nada importante.
Ella asintió, amable como siempre, y siguió su camino hacia el consultorio de su esposo. Yo me quedé plantada unos segundos, sintiendo como la vergüenza me carcomía por dentro.
Era asquerosa.
¿Cómo había terminado siendo la otra mujer? ¿La que juré nunca ser? No quería causarle un dolor. No quería ser quien hiere esta vez. Mi lucha interna hacia que todo me diera vueltas.
Mientras caminaba por el pasillo, solo podía pensar en una cosa:
Milímetros.
Eso era lo que me separaba de volver a caer.
Y tenía terror de no ser lo suficientemente fuerte para mantener esa distancia. Tenía terror de que mis impulsos pudieran más que la razón. Tenía terror de volver a sentirme tan rota y vacía otra vez.