Annie Williams, una joven de 23 años, disfruta de la vida sencilla que ha construido en su pequeño apartamento. Aunque sus padres poseen una enorme fortuna y le han pedido incontables veces que regrese a vivir con ellos, Annie se niega. No quiere una existencia rodeada de lujos; prefiere ganarse las cosas por sí misma y vivir bajo sus propias reglas.
Al otro lado del océano, Omar Moretti, un atractivo empresario italiano de 28 años, viaja a Estados Unidos para cerrar uno de los negocios más importantes de su carrera. Antes de partir, le encargó a su secretaria reservar una habitación de hotel, pero un imperdonable descuido dejó a Omar sin alojamiento al llegar al país.
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Capitulo 19
—¡No lo entiendes! —gritó Annie, dando un paso hacia él con los ojos encendidos de rabia—. ¡No es que no quiera que te quedes! Es que no quiero que te quedes por lástima, ni por no tener otro sitio, ni por nada que no sea… ¡nada que no sea lo que tú quieras de verdad!
—¿Y tú qué sabes lo que quiero? —le devolvió Omar, acercándose tanto que sus cuerpos casi se rozaban, con la voz ronca y llena de una tensión que no era solo enojo—. ¿Crees que sigo aquí porque no tengo otro sitio? ¿Crees que no he buscado mil veces una excusa para irme y no he podido? ¡No puedo, Annie! ¡No puedo irme porque cada vez que pienso en hacerlo, me muero por quedarme!
—¡Pues dímelo claro! —exclamó ella, alzando la mano para señalarlo, pero él la atrapó en el aire, apretándola con fuerza entre las suyas—. ¡No me des vueltas ni me trates como si fuera frágil! Dime qué es lo que pasa entre nosotros, porque yo ya no sé si es odio, si es molestia o si…
Se calló de golpe. Sus miradas se cruzaron, y en un segundo todo el ruido de la discusión se apagó. Vio la rabia en sus ojos, pero también algo más: un brillo intenso, ansioso, que la hizo temblar de pies a cabeza. Vio cómo sus labios se entreabrían sin decir nada, cómo su respiración se aceleraba al mismo ritmo que la suya.
—¿O si qué? —susurró él, bajando la voz hasta que fue solo un aliento contra su rostro.
—Si es esto —respondió ella casi sin voz.
Y antes de que pudieran pensar, antes de que pudieran detenerse, él se inclinó y la besó.
Fue un beso torpe, desordenado, cargado de todo lo que habían callado durante semanas: de los gritos, de las miradas robadas, de los miedos y de las ganas que se habían negado a reconocer. No fue suave ni lento: fue el choque de dos mundos que siempre se atrajeron aunque fingieran lo contrario.
Solo duró unos segundos, pero les pareció una eternidad. De golpe, Omar se apartó como si le hubiera quemado, soltándola de golpe. Ambos estaban pálidos, con los labios hinchados y el pecho agitado.
—Yo… yo no debí hacer eso —murmuró él, retrocediendo hasta chocar contra la pared—. Perdóname. No sé qué me pasó.
Annie se llevó la mano a los labios, sintiendo todavía el calor de los suyos, y salió corriendo hacia su habitación sin decir una palabra, cerrando la puerta con un golpe seco. Se apoyó contra la madera, con el corazón golpeándole las costillas como si quisiera salirse, y se cubrió el rostro con las manos.
Al otro lado, Omar se quedó solo en el pasillo, pasándose las manos por el cabello, desesperado. Había soñado con ese beso más veces de las que podía contar… pero nunca imaginó que después se sentiría tan asustado como feliz.
—Perdón —susurró al vacío, sin saber si ella lo oía—. No quería huir. Solo tenía miedo de que fuera todo un sueño.
Annie se deslizó hasta quedar sentada en el suelo, apoyada contra la puerta, con la respiración entrecortada y los dedos todavía tocando sus labios, como si quisiera asegurarse de que no se lo había imaginado. Sentía el calor del beso en la piel, pero también el frío repentino de cuando él la soltó y se apartó.
—¿Por qué huyó? —murmuró para sí misma, con la voz quebrada—. ¿Acaso le desagradó? ¿Fue un error?
Pasaron minutos eternos en silencio, hasta que oyó unos pasos lentos y pesados acercarse al otro lado de la puerta. Se detuvieron justo enfrente, y luego su voz sonó baja y temblorosa, casi un susurro:
—¿Annie? ¿Estás ahí? Sé que estás escuchando. Por favor, no te quedes callada.
Ella dudó un instante, pero al final respondió, igual de suave:
—¿Qué quieres, Omar? ¿Venir a decirme que no significó nada? ¿Que fue un impulso tonto por la discusión?
—No —respondió él al instante, con firmeza—. No vine a decirte eso. Vine a decirte que mintió cuando se fue. Que no fue un error. Que… que llevo queriendo hacer eso desde la primera vez que te vi fruncir el ceño porque había dejado mis llaves sobre tu mesa limpia.
Annie se llevó la mano a la boca para ahogar un sollozo de sorpresa.
—¿Entonces por qué te fuiste? ¿Por qué me soltaste como si te hubiera quemado?
—Porque me asusté —confesó él, y pudo notar la vergüenza en su tono—. Porque en cuanto te besé, supe que no había vuelta atrás. Que todo lo que creía tener claro se derrumbaba. Que si me dejaba llevar, ya no podría vivir sin ti. Y eso… eso me dio miedo. Miedo de depender de alguien, miedo de hacerte daño, miedo de que tú no sintieras lo mismo.
—¿Y si te digo que yo también tenía miedo? —dijo ella levantándose despacio, acercándose a la puerta pero sin abrirla todavía—. Que sentí lo mismo, que se me detuvo el corazón, y que cuando te vi irte pensé que solo habías sido tú… y que yo sobréactué.
Hubo un silencio breve al otro lado, antes de que él hablara de nuevo, mucho más cerca:
—¿Sobreactuaste? ¿Entonces… no quieres que me vaya? ¿No quieres que olvidemos lo que pasó?
Ella giró el cerrojo muy despacio, abrió la puerta solo unos centímetros y lo miró a través del hueco. Tenía los ojos brillantes, el cabello revuelto y la expresión más vulnerable que jamás le había visto.
—No quiero olvidarlo —susurró ella—. Nunca.
Omar suspiró, como si le hubieran quitado un peso enorme del pecho, y apoyó la frente contra la puerta sin cruzarla todavía.
—Entonces perdóname por huir. La próxima vez… la próxima vez no iré a ningún lado. Te lo prometo.
—Y perdóname yo por encerrarme —respondió ella abriendo la puerta de golpe, dejando paso libre—. La próxima vez… quédate. Quédate todo lo que quieras.