Dasha Lincor es la joven y exitosa heredera de un imperio canadiense, una mujer que usa el trabajo para construir un muro contra el dolor de un pasado trágico. Su única luz son los gemelos, Kiara y Kael, de quienes asume la tutela tras la muerte inesperada de su mejor amiga y madre de los niños. Pero la estabilidad de Dasha es atacada: una batalla legal por la custodia, liderada por una abuela implacable, amenaza con arrebatarle a los niños, forzándola a buscar desesperadamente la imagen de "familia" que el tribunal exige
Azrael Smirnova, el millonario ruso y temido lider de una organización criminal, ve en la desesperación de Dasha su oportunidad. Dasha acepta el pacto de conveniencia, sin sospechar que su esposo no solo es un hombre peligroso, sino que el nexo de Azrael con su pasado es un secreto tan oscuro que podría costarle su " nueva familia"
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CAPÍTULO 18
AZRAEL
Doy las últimas flexiones de mi rutina mañanera. Me pongo de pie y tomo una toalla para secar el sudor que me cubre el cuerpo. La noche fue una absoluta mierda, ya que no pude conciliar el sueño del todo; las malditas ganas que me cargo me están haciendo doler la cabeza, y la única culpable es ella.
Lo primero que hice al despertar fue revisar que todo estuviera en orden y casi me atraganto cuando la vi salir de la cama con aquel pijama que parece una jodida condena sobre su piel... Y, como un crío adolescente, tuve que recurrir a la autocomplacencia.
Si sigo así por más tiempo, Dasha tendrá que rezarle no sé a quién para que, cuando le toque, no la rompa en dos.
Me doy una ducha y me arreglo para desayunar y luego ir a encargarme de los asuntos pendientes acá; el primero es aniquilar a quien atacó a Ruslan.
Bajo las escaleras hasta llegar al comedor; la servidumbre se aparta cuando llego y Ruslan se pone de pie al verme.
—Buen día, hijo —saluda—. He pedido que preparen una comida especial para ti.
Asiento y me dirijo a mi puesto al otro extremo de la mesa.
—¿Dónde están tus modales, hermanito? —se queja Hera con la copa de vino ya en las manos.
—Hera, te agradezco que no nos arruines el desayuno, por favor —espeta Ruslan con molestia.
—Oh, lo siento, padre; se me olvida que no permites que nada te disguste cuando está tu adorado hijo aquí —suelta, y el puño de Ruslan impacta contra la mesa mientras se la come con los ojos.
—Una palabra más sobre el asunto y te largas de la mesa, Hera —exclama molesto—. Cualquiera que se atreva a decir algo más fuera de lugar o con doble sentido sobre Azrael y sobre mis decisiones se larga. ¿Quedó claro? —su mirada pasa de uno a otro y ambos terminan asintiendo.
El desayuno transcurre en calma, pero con una tensión más que palpable. Ruslan me pregunta cómo van ciertas cosas y lo que quiere hacer para la organización en los próximos seis meses.
—Termina, hijo mío, que hay algo que quiero mostrarte —dice cuando estamos por terminar.
Me acomodo el cuello de la camisa y camino detrás de él hacia la salida de la casa; los guardias me saludan. Vladimir aparece y le entrega una caja negra a Ruslan, la cual luego me ofrece a mí.
—¿Qué es? —pregunto aún sin abrirla.
—Son solo juguetes para tu colección —dice con una sonrisa que le cubre el rostro.
Abro la caja y hay cinco llaves doradas. Tardo unos segundos en entender de qué va esto; no es hasta que frente a nosotros aparecen cinco autos: uno negro, uno azul, uno rojo, uno blanco y uno gris.
Son los autos que me gustan, cinco McLaren.
—Gracias, padre —me acerco a él y acepto el abrazo que me ofrece.
—Únicos como tú —dice arreglándome el cabello.
Si las miradas mataran, ya estaría más que muerto justo ahora por la forma en la que me miran mis hermanos.
...
DASHA
Le doy el tazón de palomitas a Kael, quien se va a la sala con su hermana, y le doy un sorbo más a mi taza de café.
—¿Es joda lo que me estás diciendo, Dasha Lincor? —pregunta Tristán, anonadado.
—No es asunto para bromear, Tris...
—¿Entonces me estás diciendo que ese hombre, el cual parece tener un humor de perros, te dijo abiertamente que le gustabas? —dice, y asiento sintiendo cómo el rubor me cubre las mejillas.
—Y me besó como jamás ningún puto hombre lo ha hecho antes, amigo; te juro que me estaba derritiendo como una cría enamorada —no puedo evitar contárselo.
—Un momento, un momento... ¿me estás diciendo que estás enamorada de tu socio? —pregunta, a lo que sacudo rápido la cabeza.
—No, no; el que me haya comportado como tal no significa que lo esté.
—Venga ya, Dasha, tú no dices cosas sin sentirlas...
—Vale, vale, no diré que estoy enamorada, pero tampoco negaré que también me gusta. Es que, venga, no puedes cuestionar tal cosa: es el hombre más apuesto que he visto en mi jodida vida —admito delante de él—. Y, bueno, tan mal no se ha comportado, así que...
—Así que estás enamorada de Azrael Smirnova aunque no lo quieras aceptar, querida...
—¿Qué es estar enamorada, tía? —la voz de Kael llega y me hace sentarme derecha—. ¿Por qué él dice que tú estás así?
Le digo con la mirada a Tris que se calle, y él lo que hace es ocultar la sonrisa detrás de la taza que se lleva a la boca.
—¿Quieres más palomitas, cariño? —le pregunto a Kael.
—Oye, tía, he hecho una pregunta —dice con el entrecejo arrugado—. No quiero más palomitas —refuta cruzándose de brazos.
—¡Oh, Dios santo! —exclama con burla Tristán—. Yo voy con Kiara a ver la peli.
—Cobarde —le digo cuando pasa por mi lado.
Bajo la vista a Kael, quien claramente sigue a la espera de mi respuesta.
—Bueno, venga, a ver cómo te lo explico...
Lo cargo y lo siento frente a mí, y comienzo a explicarle lo que ha escuchado como mejor se me da, lo cual debió dejarlo igual o peor de confundido, ya que se baja y me dice que irá junto a los otros a la sala.
Me termino de tomar el café para alcanzarlos justo cuando suena el móvil; es un número desconocido el que me ha enviado un mensaje. Al abrirlo, siento que las mejillas me arden el doble:
«Aún estoy a la espera de tu respuesta, Dasha».
Trago en seco al recordar lo que me preguntó, y más por el tono de voz que usó en ese preciso momento cuando mis piernas temblaban tras el beso que me dio.
Guardo el número y escribo una respuesta rápida antes de volver a guardar el móvil e ir con los demás.
Me siento en el sillón y Kiara no tarda en pasar del suelo donde estaba a mi regazo. Beso sus espalditas mientras ella se pone a juguetear con el anillo que tengo, y Kael a refutarle a Tristán lo que le dice de la película de carros que están viendo.
—¿Qué tal han quedado las habitaciones? —pregunta de pronto Tristán; y es que ni yo lo sé, ayer con lo que pasó no me percaté de eso.
—Oh, no lo sé, no he ido —digo—. Creo que recibí un mensaje del decorador, pero se me pasó revisar; deberíamos ir a...
El sonido del timbre me interrumpe y me pongo de pie con Kiara, que se me engancha al cuello.
—No me iré, cariño, solo abriré la puerta —no se suelta—. Bien, ven conmigo.
Tristán se ofrece a abrir la puerta, pero le digo que iré yo, así que vuelve a sus asuntos con Kael.
Con Kiara encima, me encamino a la entrada. Abro la puerta y la sonrisa se me borra en seco al ver a Damián allí. Este me mira de arriba abajo antes de fruncir el ceño.
—Damián.
—Buenas tardes, Dasha... —habla sin quitarle la mirada de encima a la niña.
—¿Qué... qué haces acá? No tenía idea de que venías...
Alza la botella de champán que traía y tuerce el gesto.
—Ya te había dicho que te vería después, ¿o es que tu cita con el socio no te permitió recordarlo? —espeta con sorna.
—Estuve muy ocupada —digo.
Se gira hacia la mesilla que hay en la pared cerca de la entrada donde está el retrato de Sienna. Mira la foto, las flores y las velas, y se vuelve hacia mí.
—Ah, por cierto, casi se me olvidaba: siento mucho lo de Sienna —la forma en que lo dice es como si me arrojaran un balde de agua fría encima.
—Un poco tarde para tus condolencias, creo —le digo con molestia.
—Estuve de viaje, no pude escribir antes.
—Sí, claro... Ya, lo entiendo, no te preocupes.
—Pero mira, he traído algo para beber —vuelve a mostrar la botella—. Al menos que prefieras ir al club de siempre.
—No, no me apetece ninguna de las dos cosas...
—Pero...
—Tía Dasha —aparece Kael, quien rápidamente se pone frente a mí con la mirada fija en Damián.
—¿Qué ocurre, cariño? —pregunto desviando mi atención a él.
—Quería saber si podríamos ir por un helado hoy.
—Claro, cariño; termino acá con mi amigo y voy a alistarlos para salir, ¿de acuerdo? —ambos asienten. Bajo a Kiara, quien se va con su hermano.
—¿Qué es esto, Dasha? ¿Has montado una guardería o qué?
—No, Damián; los niños viven conmigo.
No puede evitar soltar una carcajada con burla.
—Hablas... ¿hablas en serio, querida? —asiento—. Pero si tú no sabías cómo diablos cuidar a un niño, menos sabrás hacerlo con dos.
—Ahorrate tus cuestionamientos, Damián, no estoy de humor.
—Y yo tampoco lo estoy para tus chistes, Dasha... Así que ve, espero a que te alistes para irnos.
¿Es en serio? ¿Cómo no me di cuenta antes de lo idiota que era este tipo?
—He dicho que NO, Damián; ya no soy la misma Dasha, mis responsabilidades han cambiado.
—No creo que hablaras en serio.
—Hablo muy en serio cuando digo que los niños viven conmigo y así será, Damián. Son mi responsabilidad a partir de ahora.
—Esto es una puta locura, Dasha. No sabes qué hacer con dos niños tan pequeños, solo retrasas tus planes, querida. Así que yo que tú lo pensaba muy bien antes de seguir jugando a las casitas...
—Lárgate...
No le doy tiempo a que diga nada más, ya que le cierro la puerta en la cara. ¡Qué poder tan gigantesco tiene este para hacer pasar malos ratos a las personas!
Vuelvo con los otros. Tristán me ve y sacude la cabeza; de seguro escuchó todo.
—Voy a cambiar a los niños, vamos todos por helado —digo, y este asiente entendiendo perfectamente que no quiero hablar de lo que acaba de pasar.