Camila llega sola a Hollow Creek para olvidar la muerte de su madre. Su auto queda destrozado por trampas en el camino y encuentra a cinco jóvenes acampando. Pronto descubre que ese rincón de Texas esconde una familia que lleva generaciones aislada… y algo mucho más antiguo que ellos.
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Capítulo 11
Caminaron sin rumbo fijo durante casi dos horas.
Nadie hablaba. El trozo de la camisa de Mateo seguía en la mente de todos, clavado en la puerta de la cabaña como un mensaje que no necesitaba palabras. Ya no había dudas: los estaban cazando y querían que lo supieran. El bosque se sentía distinto. Más cerrado. Más atento.
El terreno se volvió irregular. Árboles más juntos, raíces que se enredaban en las botas, menos luz filtrándose entre las ramas. El olor dulce aparecía y desaparecía según el viento. A veces parecía venir de delante. A veces de detrás. A veces de todos lados al mismo tiempo.
Leo se detuvo junto a un tronco caído y pesado. Se pasó el dorso de la mano por la frente.
—No podemos seguir así. Sin dirección. Nos van a ir cerrando el cerco poco a poco hasta que no podamos movernos.
Sofía se limpió el sudor del cuello con la manga. Tenía la cara sucia de polvo y cansancio.
—¿Y qué propones entonces?
—Dividirnos. Dos grupos. Uno sigue hacia el oeste, buscando el camino viejo que Naiara mencionó. El otro va hacia el norte, donde el terreno sube. Desde arriba quizá se vea alguna salida, alguna casa, cualquier cosa que no sea más bosque.
Tomi negó con la cabeza de inmediato. La voz le salió más aguda de lo normal.
—No. Ya vimos lo que pasa cuando alguien se separa. Mateo salió solo y… ya vimos.
—Si nos quedamos juntos nos encuentran más fácil —insistió Leo, con la mandíbula apretada—. Somos un grupo grande, hacemos ruido, dejamos un rastro claro. Dos grupos más pequeños tienen más chances de pasar desapercibidos.
Naiara miró el suelo unos segundos antes de hablar.
—El camino del oeste es más largo, pero llega a una pista forestal. O llegaba. Hace años. Si sigue ahí, es una salida real.
Sofía la miró de reojo, sin esconder la desconfianza.
—Y tú sabes eso porque lo recorriste. Qué conveniente.
—Porque lo recorrí. Ya lo dije mil veces —contestó Naiara sin levantar la voz—. Puedes seguir mirándome como si yo fuera el problema, pero eso no nos saca de aquí.
Camila sintió el peso de la decisión antes de que nadie la tomara del todo. Dividirse era una mala idea. Todos lo sabían. El estómago se le había cerrado. Pero quedarse juntos también lo era. El bosque los estaba empujando hacia una esquina y cada hora que pasaban sin avanzar los dejaba más expuestos.
Leo habló otra vez, más bajo pero más firme:
—Yo voy al norte con Tomi y Camila. Sofía, tú vas con Naiara al oeste. Si uno de los dos grupos encuentra salida, vuelve por el otro o deja marcas claras en los árboles. Ropa atada, cortes en la corteza, lo que sea. En tres horas nos vemos en este mismo punto si nadie encontró nada. Si no, cada grupo sigue.
Sofía abrió la boca para protestar. Se notaba en la cara que quería negarse. Pero al final solo asintió una vez, rígida, sin mirar a Naiara.
Esta no dijo nada. Solo ajustó la gorra hacia adelante y revisó la botella de agua que le tocaba.
Tomi se acercó a Camila mientras repartían lo poco que tenían.
—No me gusta. Para nada. Se siente mal.
—A mí tampoco —contestó ella. La voz le salió ronca.
Se dividieron las dos linternas que aún funcionaban. El cuchillo se lo quedó Leo. El agua se repartió en dos botellas medio vacías. No había comida. Solo el cansancio y el miedo repartido en partes iguales.
Antes de separarse se miraron un momento en silencio. Demasiadas cosas sin decir. Demasiada desconfianza todavía entre Sofía y Naiara. Demasiado miedo en los ojos de Tomi. Leo parecía llevar el peso de la decisión en los hombros, como si ya se arrepintiera pero no hubiera otra opción.
Leo fue el primero en moverse.
—Tres horas. Este punto. Si no, seguimos.
Sofía asintió otra vez.
Naiara ya había empezado a caminar hacia el oeste sin esperar a nadie. Sofía la siguió después de un segundo de duda. Las dos espaldas se perdieron rápido entre los árboles. En menos de un minuto ya no se las veía.
Camila se quedó mirando el sitio donde habían desaparecido. Se le quedó una sensación fría en el pecho. La de que quizá no las volvería a ver.
El grupo del norte empezó a subir.
El terreno se inclinaba de verdad. Piedras sueltas que resbalaban bajo las botas. Raíces torcidas. El aire se volvía un poco más fino y seco. Tomi iba detrás, girando la cabeza cada pocos metros para mirar hacia atrás. Leo abría camino, apartando ramas bajas con el antebrazo y el cuchillo.
Camila sentía el llavero de Mateo todavía en el bolsillo. Lo apretó una vez hasta que el metal se le clavó en la palma. El dolor mínimo la ayudó a no pensar demasiado.
El bosque alrededor parecía más atento ahora que eran solo tres. Cada sombra entre los troncos podía ser una figura quieta. Cada crujido, un paso que no era de ellos. El olor dulce apareció otra vez, más débil, pero presente.
Después de un rato largo Tomi habló bajo, casi al oído de Camila:
—¿Crees que van a estar bien ellas dos?
—No lo sé —respondió ella.
No dijo lo que pensaba de verdad: que el bosque ya había decidido que no iban a salir todos. Y que dividirse solo le facilitaba el trabajo. Que las miradas que sentían desde los árboles ahora tenían dos objetivos en lugar de uno.
Siguieron subiendo en silencio.
La luz se filtraba cada vez más débil.
Y por primera vez desde que llegaron a Hollow Creek, el grupo ya no era un grupo.
Eran dos piezas separadas.
Más pequeñas.
Más fáciles de romper.
hey y aparezco ahí, mi nombre también es Leo