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A Un Suspiro Del Deseo

A Un Suspiro Del Deseo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: R.C.Mary.G.

Katia no dejó de amar a su esposo. Ese es precisamente el problema.
Después de veinte años de matrimonio, tres hijos y una vida construida junto a Gael, creyó que el deseo simplemente había desaparecido. Hasta que Rafael, su profesor de tango, la hizo sentirse mirada, deseada… y viva otra vez.
Lo que debía quedarse en una pista de baile cruzó demasiadas fronteras. Y cuando Katia comprende que está enamorada de Rafael, descubre también la verdad más incómoda de todas: amar a alguien nuevo no borra automáticamente el amor, la historia ni la familia que existían antes.
Entre Guadalajara, Bogotá y Buenos Aires, Katia tendrá que decidir no solo a quién ama, sino qué consecuencias está dispuesta a asumir por la mujer en la que se está convirtiendo.
Porque algunas decisiones empiezan mucho antes de decir “me voy” o “me quedo”.
Un romance adulto donde nadie sale ileso de volver a sentirse vivo.

NovelToon tiene autorización de R.C.Mary.G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Habitar mi propia piel

POV Katia| 03 Enero 2024

Llegué a casa con la piel todavía vibrando, impregnada de unas sensaciones que ni siquiera sabía que existían, y mucho menos que mi cuerpo fuera capaz de experimentar.

Gael aún no había regresado, y los chicos tampoco.

Tenía tiempo de sobra, un margen de silencio perfecto para recomponerme, respirar hondo y preparar todo para recibirlos como siempre, como si nada hubiera cambiado, como si mi universo entero no se hubiera desmoronado y vuelto a construir en unas pocas horas.

Al cruzar la puerta de la cocina, dejé el bolso sobre la barra y me miré las manos.

Se veían exactamente iguales: las manos de una madre, las de una esposa de veinte años de matrimonio, las de la mujer que se encarga de que todo funcione en orden.

Pero por dentro, el contraste era abrumador.

—Tranquila... respira —me dije a mí misma en un susurro, sintiendo todavía el fantasma del arnés de cuero ceñido a mi cintura y el eco de la voz de Rafael retumbando en mis sienes.

Me moví con una calma automatizada, sacando ingredientes del refrigerador y encendiendo la estufa.

Sin embargo, mientras picaba las verduras para la cena, una sonrisa inevitable se dibujó en mis labios.

Por primera vez en años, el peso de la rutina no me ahogaba; lo observaba desde otra orilla, con la secreta y reconfortante certeza de que ahora yo poseía un refugio al que el tiempo, las exigencias y las costumbres jamás podrían alcanzar.

El sonido de la llave en la cerradura principal me devolvió de golpe al presente. Era Gael.

Rápidamente sacudí los últimos rastros de ensoñación de mi rostro, me acomodé el cabello —aún con el nuevo y audaz corte que me restaba años— y me volví hacia la entrada con la sonrisa amable de siempre, lista para jugar mi papel.

—Hola, amor... ¿Cómo te fue en el trabajo?

—le pregunté con total naturalidad, mientras por dentro una corriente eléctrica me recordaba que la mujer que lo saludaba ya no existía.

Gael, quien la mayor parte del tiempo mantenía la vista fija en la pantalla de su celular, notó algo de repente que lo obligó a levantar la mirada.

Un destello de genuina sorpresa cruzó por su rostro, deteniéndose de golpe en mí.

—Vaya... te ves... distinta —murmuró él, parpadeando con desconcierto, como si intentara descifrar qué era lo que había cambiado de forma tan radical en la mujer con la que llevaba casado veinte años—.

Te cortaste el cabello.

Contuve el aliento por una milésima de segundo, sintiendo que el corazón me daba un vuelco en el pecho, pero mantuve la compostura con una frialdad que me sorprendió a mí misma.

Me pasé una mano por los mechones cortos y modernos que me enmarcaban el rostro, esbozando una sonrisa ligera.

Observé el caminar lento de Gael hacia mí mientras me miraba con un brillo que no dirigía hacia mí desde hacía mucho tiempo.

Me tomó por la cintura y me dio un beso casto en los labios; con el corazón martillando contra mis costillas, colgué mis brazos de su cuello y lo acerqué aún más.

Por un momento creí que tendríamos un beso apasionado, pero solo me dio un beso en la frente.

No pude evitar sentir una punzada de decepción antes de que se alejara para dejar sus cosas en el estante.

—¿Te gusta?

Tenía ganas de un cambio. Ya era hora de refrescar un poco la imagen, ¿no crees?

—mencioné con total naturalidad y sin titubear.

Gael me analizó en silencio un instante más, evaluando las líneas del nuevo corte, e hizo un asentimiento leve con la cabeza en señal de aprobación.

—Sí... te queda bien.

Te hace ver más joven —dijo él finalmente, antes de volver la vista hacia su teléfono, restándole importancia con la habitual comodidad de la rutina—. ¿Qué hay de cenar?

Exhalé el aire que tenía retenido en los pulmones, sintiendo una mezcla de triunfo silencioso y vértigo.

Mientras volvía a ocuparme de los ingredientes, una sonrisa traviesa se dibujó en mis labios.

Gael seguía ahí, inmerso en su burbuja digital y creyendo que conocía cada rincón de su vida, pero él no tenía la menor idea de que la mujer que le preparaba la cena ya pertenecía a otro universo.

La cena estuvo a tiempo.

Mientras los escuchaba conversar en la mesa sobre las trivialidades de su día —las tareas escolares de los chicos, pendientes de la oficina de Gael—, me sentí extrañamente en paz, envuelta en una contradicción fascinante.

Por fuera, yo seguía cumpliendo con cada engranaje de la familia perfecta; por dentro, sentía que era la mujer más feliz del universo.

Miré a mis hijos reír por una tontería y luego desvié la mirada hacia Gael, quien continuaba comiendo con la absoluta despreocupación de quien da todo por sentado.

Ya no sentía el peso del resentimiento ni el vacío asfixiante de antes. Al contrario, esa doble realidad me otorgaba una ligereza insólita.

Ellos creían que me conocían por completo, que mi mundo se limitaba a esas cuatro paredes y al calor de la estufa, ignorando por completo que mi piel guardaba el secreto de otro fuego y que mi alma, por fin, le pertenecía a alguien que sabía hacerla arder.

Habían pasado apenas un par de semanas en las cuales Rafael se había tomado el tiempo necesario para enseñarme a autodescubrir mi cuerpo y hacerme vibrar.

Hasta este momento había logrado compaginar ambos mundos a la perfección, sin mezclar los sentimientos ni cruzar los tiempos que correspondían a cada uno.

Tanto Rafael como yo éramos conscientes de la situación: yo era una mujer casada disfrutando del momento, su momento, y él... él era solo mi mentor.

Para el exterior, yo seguía siendo la misma esposa dedicada y madre atenta.

Pero por dentro, cada segundo al lado de Rafael se había convertido en un aprendizaje silencioso, un despojarse de capas y miedos que me permitía entenderme de formas que jamás creí posibles.

Él no solo me mostraba el placer; me enseñaba a poseerme a mí misma, a habitar mi propia piel con una seguridad inquebrantable que luego, de manera casi natural, trasladaba de vuelta a mi hogar como un escudo invisible.

1
Moni Velázq
Nueva seguidora.
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