Una doctora rencarnada en un mundo donde los hombres pueden convertirse en bestias, no se puede confiar en nadie incluso ni en la familia y solo aquellos más fuertes son los que gobiernan, ella encontrará hombres de distintas especies que darían su vida por ella.
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Las manos que recordaban 3...
Apoyó una mano sobre el pecho del joven. La respiración seguía allí, aunque era débil. No necesitaba hacer compresiones. No debía empeorar la fractura ni provocar más daño. Le habló con firmeza, sin gritar.
—Tarek, estás en el clan. Tu hermana te está esperando. Necesito que vuelvas a abrir los ojos–. Eira se arrodilló al otro lado y tomó la mano libre del muchacho.
—El espíritu del bosque no ha terminado contigo —murmuró—. Así que no te atrevas a marcharte–. Luna miró a la sanadora. Aquel no era el lenguaje que ella habría utilizado, pero las palabras parecían llegarle a Tarek de algún modo. El joven hizo una mueca. Su pecho se elevó con más fuerza.
—Eso es —dijo Luna—. Sigue respirando–. Kael revisó sus pupilas.
—La resina está perdiendo efecto. Lentamente–. Nadie celebró todavía. Esperaron. Luna mantuvo la pierna inmóvil y comprobó el pulso del pie. Eira volvió a limpiar con cuidado el borde de la herida y la cubrió con las telas hervidas. Al cabo de un rato, Tarek abrió los ojos.
—¿Mira? —murmuró.
—Está esperándote —respondió Luna.
—Me duele la pierna–.
—Eso significa que todavía puedes quejarte —dijo Paul—. Es una buena señal–. Un par de personas soltaron una risa breve, temblorosa. La tensión no desapareció, pero dejó de sentirse como una cuerda a punto de romperse.
Luna no se relajó del todo. Tarek aún necesitaba cuidados, observación y descanso. La fractura requeriría atención durante semanas. La herida podía infectarse, y la sustancia de la trampa todavía podía causarle problemas. Pero su respiración era más estable y ya no parecía estar perdiendo el conocimiento. Eira se sentó sobre los talones.
—No he visto a nadie detener una hemorragia de esa manera–.
—En mi mundo nos enseñaban a controlar primero lo que podía matar más rápido —dijo Luna—. La pérdida de sangre, la respiración, el estado de conciencia. Después nos ocupábamos de lo demás–.
—Y el agua hervida…–
—Ayuda a reducir el riesgo de infección. No elimina todos los peligros, pero es más segura que usar agua sucia–. Eira miró las vendas y luego a Luna.
—¿Podrías enseñarme esas cosas?–. Luna se quedó inmóvil. Había esperado dudas, quizá una disculpa, pero no aquella pregunta.
—Puedo compartir lo que recuerdo. Aunque tendré que aprender vuestra medicina también. No conozco las plantas de este mundo lo suficiente como para usarlas sin ayuda–.
—Eso es justo —respondió Eira. Kael se incorporó.
—Y yo puedo revisar las trampas del bosque. Si alguien está usando resina de espina azul, no debería dejarla al alcance de los animales… ni de los miembros del clan–.
—Habrá que hablar con los exploradores —dijo Soren—. Una trampa así puede herir a cualquiera–. Scott regresó de la entrada de la cabaña.
—La hermana de Tarek ya viene. Le han dicho que está consciente–. La expresión del joven cambió al oírlo. Luna vio cómo intentaba incorporarse.
—No te muevas —le ordenó—. La pierna debe quedarse quieta–.
—Solo quiero verla–.
—La verás. Pero no si haces que el hueso se mueva otra vez–. Tarek hizo una mueca y se recostó.
—Eres mandona–.
—Y tú eres un paciente que no obedece–.
—Eso parece–. Cuando su hermana entró, se lanzó junto a él, conteniendo un sollozo mientras le tomaba la mano. Luna se apartó para darles espacio. La chica le dio las gracias una y otra vez. Luna intentó decirle que todavía no estaba fuera de peligro, pero que lo vigilarían.
Entonces, poco a poco, los miembros del clan empezaron a retirarse. Algunos miraban a Luna con curiosidad. Otros con respeto. Un par seguían sin estar convencidos, pero ya no la observaban como si fuera una intrusa que había puesto en duda a su sanadora. Eira se quedó con ella junto al fuego.
—Tu método para limpiar una herida es extraño —dijo.
—Lo es–.
—Y no entiendo por qué no cierras la piel–.
—Te lo explicaré cuando tengamos tiempo–.
—¿Y esa forma de preguntarle cosas al herido?–
—Me ayuda a saber si su mente sigue clara. También lo mantiene conectado con lo que pasa a su alrededor–. Eira asintió lentamente, guardando cada palabra.
—Tendrás que enseñarme más–.
—Y tú tendrás que enseñarme qué plantas de aquí pueden ayudar y cuáles son peligrosas–.
—Entonces ambas tendremos trabajo–. Al escucharla, Luna sintió que algo se aflojaba en su interior. No todo estaba resuelto. Seguía sin saber cómo funcionaba aquel mundo ni qué esperaba de ella el vínculo que la unía a cinco compañeros. Pero, por primera vez desde su llegada, no sentía que su vida anterior fuera solo un recuerdo inalcanzable.
Sus conocimientos seguían allí, aunque no tuviera sus instrumentos. Sus manos todavía recordaban cómo actuar. Vaelorian se acercó cuando Eira volvió junto a Tarek.
—Hiciste lo correcto —le dijo. Luna miró hacia el herido, que hablaba en voz baja con su hermana.
—No sé si hice todo lo correcto. Improvisé bastante–.
—Aun así, no apartaste la mirada–.
—Tenía miedo–.
—El valor no consiste en no tener miedo —dijo Vaelorian—. Consiste en decidir qué hacer mientras lo sientes–. Luna apoyó la frente un instante contra su pecho. Vaelorian la rodeó con un brazo, con cuidado de no apretarla demasiado.
—Creí que mi antigua vida se había quedado atrás —murmuró ella.— Pero cuando lo vi, supe qué tenía que hacer–.
—Entonces no se quedó atrás. Vino contigo–. Desde el otro lado de la habitación, Scott se acercó con una pila de telas limpias.
—Eira dice que podemos preparar más vendas —anunció.— Y que quiere que le enseñes a hervir el agua como tú prefieres–.
—No necesito que lo hagáis todo exactamente como yo —dijo Luna.— Necesitamos descubrir qué funciona aquí–.
—Eso suena a que tendremos que trabajar juntos —comentó Paul.
—Exactamente–. Soren observó al grupo
—El clan necesita un lugar donde atender a los heridos, no una cabaña llena de gente alrededor de un paciente. Podemos preparar una sala cerca del almacén–.
—Con buena ventilación y una fuente de agua limpia —añadió Luna—. Y una superficie que podamos lavar–.
—Yo buscaré materiales —dijo Scott.
—Yo revisaré el bosque y las trampas —añadió Kael.
—Yo hablaré con los líderes del clan —dijo Soren —. Si vamos a organizar algo, necesitará su aprobación. Paul cruzó los brazos.
—Y yo puedo ayudar a transportar a los heridos–. Vaelorian no prometió nada de inmediato. Miró a Luna como si quisiera saber qué necesitaba ella, no decidirlo por ella.
—Si quieres construir ese lugar, tendrás mi ayuda —dijo al fin.
Luna respiró hondo. De pronto, la idea dejó de ser un pensamiento doloroso sobre algo que había perdido. Podía convertirse en algo nuevo. No sería un hospital como el de su mundo. No tendría luces blancas ni máquinas ni cajas de medicamentos. Pero tendría agua limpia, vendas hervidas, manos dispuestas a aprender y personas que confiarían en ella.
—Quiero hacerlo —dijo—. Pero no quiero que sea solo mío. Eira tiene que formar parte. Y cualquiera que conozca las plantas, las heridas o los peligros de este territorio también–.
—Entonces lo haremos así —respondió Eira desde el otro lado de la cabaña. La vieja sanadora había escuchado. Por primera vez, al mirar a Luna, no parecía estar viendo a una forastera.
Afuera, el sol terminó de alzarse sobre el territorio del clan. Dentro de la cabaña, Tarek descansaba entre mantas, atendido por su hermana y vigilado por Eira. Luna volvió a lavarse las manos y revisó una última vez la venda de su pierna.
No podía curarlo todo. No podía impedir cada accidente ni reemplazar de inmediato los remedios de aquel mundo. Pero podía empezar por una herida, por un paciente, por una decisión tomada a tiempo.
Mientras guardaba las telas limpias, comprendió que su conocimiento no era una reliquia de una vida perdida. Era una herramienta. Y en aquel mundo, entre lobos, dragones y compañeros que empezaban a aprender a escucharla, quizá pudiera construir algo con ella. Algo que ayudara a otros a sobrevivir.