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Nunca fui tu esposa

Nunca fui tu esposa

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Juego de roles / Riqueza en una noche / Mujer despreciada / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:37
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6. Frente a Gabriel Alcázar

El hombre abrió la puerta trasera para Camila.

Aquella vez llevaba un traje negro sencillo y lentes oscuros. Parecía más accesible que durante su primera visita a casa de los Montenegro.

Ella sonrió y subió. Eran los únicos ocupantes del auto.

—Disculpe, usted es...

—Andrés, el asistente personal del señor Alcázar.

Había entendido la pregunta antes de que terminara.

—Andrés, ¿sabe por qué me eligió para casarse? No nos conocemos, ¿verdad?

—No conozco sus asuntos personales. Pero el señor acaba de regresar a México, así que no creo que se hayan visto antes.

Camila vaciló antes de hacer la siguiente pregunta.

—¿Y cómo es... físicamente?

Tanto misterio la había llevado a pensar que tal vez no era atractivo. Aceptaba un matrimonio por conveniencia, pero le gustaría saber qué esperar.

Andrés soltó una risa involuntaria.

Llevaba años trabajando con Gabriel y nunca había oído a una mujer preocuparse por su aspecto.

Recuperó enseguida la seriedad.

—No me corresponde opinar sobre eso. Podrá juzgarlo usted misma en unos minutos.

Camila decidió no hacerse ilusiones.

Poco después llegaron a una casona elegante en una calle apartada. Seguían dentro de la ciudad, pero el lugar ofrecía mucha privacidad.

Andrés le explicó que era un restaurante exclusivo para socios. Gabriel lo había reservado entero para aquella cena.

Al entrar, el asistente se retiró con los hombres que vigilaban la puerta. Un mesero condujo a Camila hasta un salón privado.

—¿Señor Alcázar?

Bajo una lámpara de cristal había un hombre alto, de espaldas a la entrada.

Él se volvió.

Camila se quedó mirándolo.

Tenía las cejas marcadas, la nariz recta y un rostro de facciones tan definidas que costaba apartar los ojos. Su expresión era seria. Su presencia llenaba la habitación.

—Sí. Tome asiento, señorita Rivas.

La voz grave terminó de sacarla de su desconcierto.

—Claro. Gracias.

Bajó la vista demasiado rápido y se sentó sin la elegancia que había intentado mantener.

¿No se suponía que iba a ser poco atractivo?

Gabriel la observó.

—¿Tan feo le parezco?

Camila levantó la cabeza de inmediato.

—No. En absoluto. Es muy guapo.

El hombre más guapo que había visto, para ser exactos.

Daniel siempre había llamado la atención por su aspecto. Después de tantos años con él, Camila no se impresionaba fácilmente.

Pero Gabriel era otra cosa.

—Gracias. Usted también es muy hermosa. El vestido le queda muy bien.

—Tengo que agradecerle el regalo.

Camila sonrió y logró sostenerle la mirada.

No parecía tan desagradable como había imaginado.

—No fue nada. Si le gustó, habrá más ocasiones.

Era cortés. Incluso agradable al hablar. Aun así, mantenía una distancia difícil de atravesar.

Después de unas frases, indicó que podían servir la cena.

Los platos fueron llegando uno a uno. Las porciones eran pequeñas, la presentación impecable y los sabores, intensos y distintos entre sí.

Todo estaba delicioso.

También era tan lento que a Camila le costaba sentirse satisfecha.

Y durante aquel desfile de platos, Gabriel apenas decía una palabra. La miraba en silencio y ella ya no sabía dónde poner las manos.

Recordó que Mauricio lo había descrito como un hombre exigente. Si él no hablaba, tal vez fuera mejor no arriesgarse a decir algo fuera de lugar.

Cuando llegaron los postres, Gabriel rompió el silencio.

—¿Le gustó la comida?

Camila tenía la cuchara a punto de entrar en la boca. La bajó enseguida.

—Sí. Está muy rica.

Sintió calor en las orejas. La respuesta le pareció demasiado simple para aquella cena.

—Eligió muy bien —añadió—. Cada plato tiene algo distinto y los sabores combinan muy bien.

Gabriel bajó la cabeza. Camila no pudo verle la expresión.

¿Habría dicho una tontería?

No era crítica gastronómica. Tampoco cenaba todos los días en restaurantes así. No sabía qué más podía añadir.

—Si no le gustó, la próxima vez podemos ir a otro lugar. Usted elige.

—No, sí me gustó.

Él la miró como si esperara una respuesta más sincera. Camila dejó la cuchara.

—La comida es excelente. De verdad. Solo que no suelo venir a restaurantes tan formales y estoy un poco nerviosa por conocerlo.

Respiró antes de continuar.

—Tal vez en un lugar más relajado nos resulte más fácil conversar.

Al final había dicho lo que pensaba. Iban a negociar un matrimonio, no a fingir que ya estaban enamorados. Sus propias necesidades también contaban.

—Está bien.

Gabriel se recostó un poco en el asiento. La tela de su camisa negra se tensó sobre los hombros.

—Además, hablo poco. No sé qué decirte.

Camila sonrió.

—Eso ya lo noté.

El ambiente se aflojó ligeramente.

—Tu abuelo me dijo que aceptaste la propuesta.

—Sí.

—Mi familia es tradicional. Queremos hacer las cosas en orden: compromiso, ceremonia civil, todo lo demás. Estos días tengo mucho trabajo y prefiero no organizarlo a las carreras. Tendrás que esperar un poco. Si necesitas algo mientras tanto, puedes decírmelo.

—No hay problema. Podemos seguir sus tiempos.

Gabriel asintió, conforme con la respuesta. Miró el reloj.

—Se está haciendo tarde. Por hoy podemos...

—Señor Alcázar, seguramente ya conoce mi situación. ¿Puedo preguntarle por qué quiere casarse conmigo?

—No estoy interesado en tu herencia ni necesito el dinero de los Montenegro. Quiero casarme y tu familia es una opción adecuada.

Había respondido como si supiera exactamente qué le preocupaba.

Camila sí había pensado que la fortuna recién heredada podía explicar la propuesta. Pero antes de la cena revisó lo que pudo sobre los Alcázar. Tenían tanto patrimonio y tanta influencia que difícilmente necesitaban el suyo.

—¿Su familia lo está presionando?

—Algo así.

Gabriel hizo una pausa.

—Pero hay una condición. Solo quiero una esposa obediente, dispuesta a colaborar conmigo en todo.

Camila entendió enseguida lo que aquello podía significar.

Daniel también la había elegido porque parecía fácil de controlar. Una huérfana sin nadie que la respaldara.

Esta vez no iba a ocupar el mismo lugar.

Lo miró con serenidad.

—Soy la heredera principal de Grupo Montenegro. Mi familia tiene una posición sólida en Puerto Claro. Si los Alcázar quieren ampliar sus negocios allí, puedo ser una socia útil. Yo, en cambio, acabo de llegar y necesito respaldo para defender lo que me pertenece.

No apartó los ojos.

—Con este matrimonio, usted gana una ventaja y yo consigo el respaldo que necesito. Cada uno obtiene algo. Solo así el acuerdo es justo.

Gabriel no discutió. Asintió ligeramente.

Al salir del restaurante, un hombre se acercó para recordarle que debía ir al aeropuerto.

Camila comprendió que tenía poco tiempo.

—No hace falta que me lleve. Puedo pedir un taxi.

Él no respondió a la propuesta. La acompañó hasta un auto y esperó a que subiera antes de marcharse.

En el camino llamó Mauricio para preguntar cómo había salido la cena.

Camila le contó la verdad: se habían entendido bastante bien. El único inconveniente era que Gabriel tenía una presencia tan imponente que resultaba difícil relajarse a su lado.

Más tarde, ya de noche, salió de la ducha y encontró el celular encendido por una llamada.

Apenas contestó, escuchó la voz de Daniel.

—Cami, ¿por qué no has vuelto? Es tardísimo. ¿Te pasó algo? No contestabas.

Ella sostenía el teléfono, pero miraba las luces de la ciudad a través del ventanal de su nueva casa.

Qué bien había elegido.

—¿Cami?

La insistencia de Daniel la devolvió a la conversación.

—Ah, sí. Fui a ver a un cliente. Quedaba lejos y decidí pasar la noche en un hotel.

Había pensado que él ya sabría lo de la mudanza. Por su pregunta, ni siquiera se había dado cuenta. Debía de estar demasiado pendiente de Beatriz para mirar las demás habitaciones.

Camila no vio motivo para aclarárselo.

—¿Estás cómoda? Si quieres, voy por ti. Mándame la ubicación.

—No. Estoy cansada y no quiero moverme. Ya voy a dormir.

Él no pudo insistir más.

—Está bien. Nos vemos mañana en la oficina.

Camila murmuró una respuesta y fue a colgar.

—Amor, te extraño —añadió él—. ¿Tú me extrañas?

Ella no contestó.

—¿Cami?

—Me estoy durmiendo... Estoy agotada.

Fingió una voz adormilada.

—Bueno. Descansa. Hablamos mañana.

—Sí.

Colgó al instante.

Daniel se quedó escuchando el silencio de la línea.

Llevaba años diciendo palabras cariñosas y representando el papel de esposo atento. Se había vuelto una costumbre que no le provocaba nada.

Sin embargo, en los últimos días no conseguía dejar de pensar en Camila.

—Daniel, ¿me amas?

Dos brazos le rodearon la cintura por detrás.

Era Beatriz. Su voz suave lo hizo sonreír.

Él le acarició las manos.

—¿Todavía lo dudas? Eres la mujer de mi vida. Por ti haría cualquier cosa.

Eso sí lo había creído siempre.

Desde que Beatriz le salvó la vida, cuando él tenía dieciséis años, Daniel había decidido que estaría a su lado y la protegería de todo.

—Pero tengo miedo —susurró ella.

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