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El Circuito De Ceniza

El Circuito De Ceniza

Status: En proceso
Genre:Apocalipsis / Terror / Mitos y leyendas
Popularitas:310
Nilai: 5
nombre de autor: Genesis YEPES

En el siglo XV, un círculo de ceniza negra aparece en un valle de Aragón. Quienes lo tocan o nombran desarrollan un grano bajo la lengua y una raíz que busca el corazón. Los cuerpos se vacían en polvo caliente. Fray Tomás de Ávila investiga el fenómeno para la Inquisición, pero el mal viaja con él: de Albarracín a Teruel, Zaragoza y Castilla. No es peste ni demonio, sino un hambre antigua que se alimenta de nombres propios. Cada intento de contenerlo solo lo extiende. El círculo no se rompe: se completa y busca la siguiente boca.

NovelToon tiene autorización de Genesis YEPES para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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El sabor en el camino

El camino de regreso a Teruel era el mismo que habían recorrido tres días antes, pero ahora parecía más largo. Las mulas avanzaban con paso pesado. El guía se mantenía siempre unos veinte pasos por delante, sin volver la cabeza. Fray Lorenzo cabalgaba en silencio, repasando mentalmente las frases del informe. Fray Diego iba a su lado, con la mirada fija en las orejas de su propia mula. Bernat, el escribano, viajaba en la carreta, protegiendo con el cuerpo el saco donde habían guardado el cuaderno de Fray Tomás y el trozo de tierra negra.

A media tarde Bernat volvió a toser. Ya no intentó disimularlo. Se tapó la boca con el paño y, cuando lo retiró, la mancha circular era más grande. El polvillo gris se había convertido en un punto negro del tamaño de una moneda. Lo miró un instante y después escondió el paño bajo la túnica. Nadie comentó nada. Solo el guía apretó un poco más los talones contra los ijares de su animal. El sabor metálico en la boca de Fray Diego no había desaparecido. Al contrario: se había vuelto más nítido después de la primera legua. Cada vez que tragaba saliva sentía un leve hormigueo debajo de la lengua, como si un grano de arena se hubiera quedado atrapado allí. Se obligó a no tocarlo. Se obligó a no decir nada. Fray Lorenzo no toleraría debilidades en medio del camino.

Al anochecer hicieron alto junto a un arroyo seco. El guía se negó a encender fuego. Dijo que el humo se vería desde demasiado lejos y que no quería atraer a nadie. Comieron pan seco y queso rancio en silencio. Bernat apenas probó bocado. Cada pocos minutos se llevaba la mano a la boca, como comprobando si el polvo seguía saliendo.

Fray Lorenzo desplegó el cuaderno de Fray Tomás a la luz de una única vela protegida del viento. Leyó en voz baja los últimos párrafos. La letra se volvía cada vez más irregular. En una página casi ilegible se distinguía:

«La Vieja tenía razón. El círculo no se rompe. Solo se traslada. Yo soy el siguiente. El grano ya late. Si alguien lee esto…»

El resto estaba cubierto por una mancha negra que parecía haber quemado el pergamino desde dentro. Fray Lorenzo cerró el cuaderno con cuidado.

—Mañana, en cuanto lleguemos, este documento se copia y después se quema. Junto con la tierra que trajimos. Nada de esto debe quedar en los archivos abiertos.

Fray Diego asintió, pero su mano derecha se había cerrado en un puño sobre la rodilla. Debajo de la uña del índice había aparecido una línea fina, casi invisible, de color oscuro. Cuando la rozó con el pulgar sintió un calor leve. Retiró la mano y la escondió bajo el hábito. Esa noche el guía no durmió. Se quedó sentado junto a las mulas, con la espalda apoyada en una piedra. Cada cierto tiempo miraba hacia el sur, hacia el valle que habían dejado atrás. Una vez creyó oír una tos lejana, seca, llevada por el viento. Se santiguó y apretó con más fuerza la empuñadura del cuchillo que llevaba en el cinto, aunque sabía que un cuchillo no servía para nada contra lo que había visto.

Bernat se despertó a la hora del alba con la boca llena de un sabor a hierro quemado. Se incorporó de golpe y escupió. El polvo cayó sobre la manta y formó un círculo imperfecto del tamaño de una nuez. Lo cubrió de inmediato con la mano y lo frotó hasta que desapareció. Después se miró los dedos. La mancha negra había trepado hasta la primera falange.

No dijo nada. Guardó el paño sucio en el fondo de su alforja y fingió seguir durmiendo hasta que los demás se levantaron. Reanudaron la marcha con las primeras luces. El cielo estaba cubierto. El viento venía del sur y traía, a ratos, el mismo olor a ceniza que habían dejado en el valle. Fray Lorenzo lo notó, pero lo atribuyó a la tierra que llevaban en el saco. Ordenó que lo ataran con más fuerza y lo cubrieran con un lienzo grueso.

A media mañana Fray Diego ya no pudo ignorar el hormigueo. Se detuvo un momento, fingiendo ajustar la cincha de la mula, y se llevó dos dedos a la boca. Debajo de la lengua había una pequeña elevación, dura, del tamaño de un grano de trigo. Al tocarla sintió un latido casi imperceptible. Retiró los dedos como si se hubiera quemado. El sabor se intensificó de inmediato. Fray Lorenzo se dio cuenta de que el otro dominico se había quedado atrás.

—¿Ocurre algo, hermano?

—Nada

respondió Fray Diego demasiado rápido.

—Solo un poco de cansancio.

El superior lo observó un segundo más de la cuenta. Después asintió y siguió adelante. Pero desde ese momento cabalgó un poco más cerca de él.

Bernat, en la carreta, había empezado a escribir sin que nadie se lo pidiera. No tomaba notas del viaje. Escribía una y otra vez el mismo signo que había visto en la última página del cuaderno de Fray Tomás. El signo que ninguno sabía pronunciar. Cada vez que lo trazaba, el hormigueo de sus dedos aumentaba. La mancha negra ya había alcanzado el dorso de la mano.

Al llegar a un cruce de caminos el guía se detuvo. Señaló hacia el oeste.

—Por ahí se llega más rápido a Teruel. Pero pasa cerca de dos aldeas. Si lo que trajimos… si algo se nos ha pegado, quizás sea mejor el camino largo, por el monte.

Fray Lorenzo frunció el ceño.

—No hay nada pegado. Solo tierra y un cuaderno de un hombre que perdió la razón. Tomaremos el camino corto. El prior espera noticias.

El guía no insistió. Solo miró a Bernat y a Fray Diego con una expresión que no era de miedo, sino de certeza resignada. Después espoleó su mula y se adelantó otra vez.

Al atardecer del segundo día de camino, cuando las torres de Teruel ya se adivinaban a lo lejos, Bernat escupió por tercera vez. Esta vez no pudo esconderlo. El polvo formó un círculo claro sobre la madera de la carreta. Fray Diego lo vio. Los dos se miraron en silencio. Ninguno habló.

Fray Lorenzo, que cabalgaba delante, no se dio cuenta. Iba recitando en voz baja el informe definitivo. Desaparición. Pueblo abandonado. Recomendación de aislamiento. Nada más.

Detrás de él, en la carreta, el saco que contenía la tierra negra del círculo pareció moverse un poco, como si algo dentro se reacomodara. Bernat lo notó. No lo tocó. Solo apretó el paño manchado contra su boca y esperó a que las primeras luces de la ciudad aparecieran entre las colinas.

El grano debajo de la lengua de Fray Diego latía ya con un ritmo constante. Y en los dedos de Bernat, la raíz negra empezaba a buscar el camino hacia la muñeca.

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GENESIS YEPES
.BUSANDO HISTORIA
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