Ana Karénina murió bajo las ruedas de un tren, destruida por un amor que nunca estuvo dispuesto a luchar por ella.
Pero el destino le concede una segunda oportunidad.
Ana despierta en el pasado con todos sus recuerdos intactos. Esta vez no será la esposa obediente de Karénin ni la mujer que cae rendida ante Vronsky. Conoce el final de su historia y está decidida a cambiarlo.
También conoce un secreto.
Alejandro II, el poderoso Zar de Rusia, algún día se enamorará perdidamente de Ekaterina Dolgorúkova.
Ana no piensa permitir que esa historia se repita.
Ella no busca un amante. Busca un hombre capaz de amarla con la misma intensidad con la que ella sabe entregarse.
Así comienza su juego más peligroso: conquistar al Zar, proteger a su hijo Seriozha y arrebatarle al destino el lugar que considera suyo.
Esta vez, Ana no morirá por amor. Será ella quien escriba el final.
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Promesas en la Penumbra
El miércoles por la noche, Ana esperaba ansiosa la llegada de Alejandro II en la calma absoluta y enrarecida de su residencia particular de San Petersburgo. El soberano le había enviado discretamente un mensaje durante la tarde anunciándole que iría a visitarla bajo el amparo protector de la oscuridad, por lo que ella aprovechó la ocasión para coordinar cada detalle de la casa con una extrema e impecable minuciosidad: hizo dormir temprano a su pequeño hijo Seriozha en la planta superior y despidió a la mayoría del personal doméstico habitual para poder recibir tranquilamente al monarca en su hogar, buscando un ambiente de íntima complicidad y discreción absoluta para ambos.
Sin embargo, al cruzar el umbral en medio del profundo silencio de la estancia, el Zar notó de inmediato la falta de movimiento habitual de los criados de la casa y la observó con una mezcla de serenidad, firmeza, autoridad e inconfundible protección paternal.
—El servicio que asigné personalmente para esta casa está enteramente a tu disposición a todas las horas del día y de la noche —expresó Alejandro II con una voz pausada, cálida, profunda y grave mientras se despojaba con calma de su pesada capa sobria de viaje—. Ellas pueden cuidar perfectamente a tu hijo durante el día y la noche; este personal que coloqué aquí es de mi absoluta e inquebrantable confianza, y serán sumamente discretas en cada momento que pase junto a ti. Ellas no harán preguntas incómodas ni murmurarán absolutamente nada por los pasillos cuando me vean ingresar o salir de la casa a deshoras. Cuidarán atentamente a tu hijo para que no estés preocupada de que pueda interrumpirnos en algún instante de la velada, o de que pueda verme de repente en los pasillos y hacer cuestionamientos difíciles de responder. Será mucho mejor para ti y para tu tranquilidad mental de esa manera, mi amada Ana.
Ana lo contempló en absoluto silencio por unos instantes, ajustando suavemente los pliegues de su vestido, y le sonrió con una dulzura radiante, cargada de una fascinación calculada y sumamente elegante que desarmó al soberano.
—Tú siempre piensas en cómo protegerme de todo peligro, de los juicios severos de la corte y de cualquier habladuría maliciosa de la nobleza... Gracias, Alejandro, eres realmente el mejor hombre que he conocido en toda mi vida —respondió ella acercándose con pasos lentos, fluidos, pausados y profundamente seductores hacia él.
El monarca la tomó delicadamente por la cintura con ambas manos, la atrajo suavemente hacia la calidez de su torso erguido y le dio un beso apasionado, profundo, pausado e intenso en los labios, reafirmando su presencia.
—Ana, eres completamente mía —murmuró él sobre su piel suave con absoluta e inquebrantable firmeza—. ¿Cómo podrían maltratarte o ponerte en duda los demás en esta ciudad? ¿Qué clase de idiota crees que soy para permitir que alguien en esta corte intente dañarte, humillarte o juzgarte?
Ana se aferró con fuerza a su amplio pecho cubierto por las insignias del uniforme militar, sintiendo el latido constante, fuerte y acelerado del soberano de toda Rusia en medio de la penumbra de la sala principal.
—No, Alejandro... tú eres completamente diferente a todos los hombres que he conocido a lo largo de mi dolorosa existencia —susurró ella, alzando la mirada brillante y vulnerable hacia sus ojos oscuros—. Claro que lo eres, por eso te amo con cada fibra de mi alma, por eso te seguiría sin dudarlo ni un solo segundo hasta el fin del mundo entero. Solo te pido una cosa desde lo más profundo de mi corazón... si en algún momento ya no quieres verme, o si te cansas de mi presencia en tu vida, solo avísame con la verdad. Yo me haré a un lado inmediatamente y sin hacer escándalos; no necesitas ser cruel ni destruir mi corazón, yo lo entenderé perfectamente. Solo te pido que jamás me mientas.
Alejandro la contempló detenidamente en medio de la luz tenue de las velas, acariciándole el rostro con infinita ternura al notar un inesperado destello de sombra, melancolía y fragilidad en sus ojos oscuros.
—Ana, ¿por qué me miras así en este preciso momento? —preguntó el Zar con evidente intriga, ternura y preocupación en su voz—. ¿Quién te ha hecho tanto daño en el pasado? ¿Por qué veo de pronto esa tristeza contenida y ese dolor tan profundo en tu mirada? Dime quién fue el culpable de hacerte sufrir. De inmediato lo mandaré exiliado a las heladas y lejanas provincias de Siberia a que haga paletas de helado para el entretenimiento de la corte imperial.
Ana dejó escapar una risa suave, cristalina, delicada y sincera, disipando de golpe toda la tensión acumulada en el ambiente cálido de la reCámara.
—No, nadie... —respondió ella acomodándose nuevamente en el reconfortante calor de sus brazos masculinos—. Solo pensaba en esas pobres mujeres desdichadas que se dejan llevar ciegamente por las promesas falsas de los hombres y terminan en la ruina absoluta, a veces simplemente porque no ven su verdadera cara a tiempo. En cambio, yo tengo una suerte inmensa... te tengo a ti a mi lado para protegerme de todo mal.
Alejandro le devolvió la sonrisa con inmensa calidez y devoción, apretándola fuertemente contra su cuerpo con un gesto de posesión y afecto sincero que selló la noche.
—Tontita... mientras yo esté con vida en este mundo, nada malo te va a pasar nunca —sentenció el monarca con devoción absoluta—. Yo siempre te cuidaré de cualquier amenaza que se atreva a cruzar en tu camino.
Vaya decisión de la prota, siempre fue un lobo al acecho vestida con piel de oveja calculando todo y saliéndose con la suya, haciendole ver al Zar que era el cazador y a la final siempre fue la presa