Tradición, armas y sangre: la mafia tiene reglas claras, y la primera es que ninguna mujer gobierna. Valeria Rossi vino a destruirlas todas. Acostumbrada a dominar el mundo empresarial, su vida da un vuelco cuando cae en las garras de Dante Volkov, un líder despiadado que no perdona ni comparte lo que es suyo. Entre noches de placer salvaje que le hacen olvidar a su novio y una posesión rabiosa que la quema por dentro, Valeria y Dante transformarán la atracción en una guerra de poder. Porque ella no se rinde ante nadie... y si Dante la quiere a su lado, tendrá que aprender a gobernar con una reina por delante.
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CAPÍTULO 19: El tablero de ajedrez y la primera movida de Valeria
Valeria ajustó el abrigo sobre sus hombros mientras el ascensor privado de la torre Volkov ascendía velozmente hacia el piso de la gran sala de directorio. Frente al espejo de cristal ahumado de la cabina, se tomó cinco segundos para inspeccionar su reflejo. Llevaba un traje de dos piezas en tono rojo escarlata, con una chaqueta entallada al milímetro que marcaba su figura y un escote en V justo en el límite de la elegancia corporativa. Su cabello castaño caía en ondas impecables sobre su espalda, y sus labios lucían un tono carmín mate que disimulaba la palidez del llanto de las últimas noches.
Por dentro, el remordimiento por Martín seguía latente como una herida abierta, pero por fuera no había grietas. Recordó las palabras de Alessia y Pablo: Ponate la coraza, usá tu inteligencia y convertí la tensión en una tortura.
Al abrirse las puertas del ascensor, Alexis caminaba a su lado. Le echó una mirada de reojo, notando la barbilla levantada de su hermana.
—¿Lista para entrar a la jaula del león? —le murmuró él en tono bajo.
—El león va a tener que aprender a comer de mi mano —respondió Valeria con una sonrisa helada que no le llegó a los ojos, pero que transmitía una seguridad arrolladora.
Entraron a la sala de juntas principal. El espacio era imponente: una mesa de mármol negro para veinte personas, ventanales panorámicos con vista directa a los muelles del puerto y una iluminación cenital que realzaba la frialdad del ambiente.
Don Héctor Rossi ya estaba ubicado en uno de los laterales junto a dos abogados de la firma. Gianna, sentada tres sillas más allá, mantenía la vista fija en la pantalla de su tablet con el rostro congestionado y los ojos rojos, incapaz de levantar la mirada tras la paliza verbal que acababa de recibir en la oficina privada de Dante.
En la cabecera de la mesa, flanqueado por Damián Meddis y Nicolás Vane, presidía la reunión Dante Volkov.
El capo ruso se erguía con la magnificencia de un soberano. Cuando la puerta se abrió y Valeria puso un pie dentro de la sala, el movimiento general de carpetas y lapiceras pareció detenerse por un segundo. La mirada de Dante se clavó en ella con la fuerza de un anclaje de acero.
Sus ojos grises recorrieron de inmediato la silueta roja de Valeria, bajaron hacia su rostro y finalmente se detuvieron en su mano izquierda, limpia de todo adorno. La alianza de diamantes de Martín ya no estaba. Ya no estaba desde aquella tarde en que él mismo se la había quitado de un tirón salvaje para arrojarla por el ventanal de la empresa, demostrándole que ningún pedazo de metal iba a interponerse entre su piel y la de ella.
Pero ahora la ausencia de la alianza no era una imposición de la fuerza; era una realidad asumida. Valeria había destruido su compromiso. Había elegido romper la farsa. Y Dante lo sabía. Un brillo de satisfacción oscura, de posesión triunfante y salvaje, se encendió en las pupilas del ruso. La piba era suya, aunque todavía intentara jugar a la difícil.
Valeria no agachó la cabeza. En lugar de eludir el escaneo dominante con el que Dante intentaba intimidarla, le sostuvo la mirada de frente. Deslizó la silla de cuero justo en el lado opuesto de la mesa, quedando alineada en diagonal a él, y se acomodó con una lentitud calculada.
—Buenos días a todos —dijo Valeria con una voz dulce, articulada y clara, haciendo resonar su presencia en toda la sala.
—Buenos días, señorita Rossi —respondió Dante, reclinándose en su sillón con una sonrisa lenta y peligrosa. Su voz rasposa hizo vibrar el aire—. Qué gusto ver que se suma a la mesa de negociaciones con una energía tan... renovada.
—Las renovaciones siempre son necesarias, señor Volkov, especialmente cuando se trata de desechar lo que ya no cumple su función —retrucó Valeria sin dudar un pestañeo, dedicándole una sonrisa de malicia sutil que congeló a Damián Meddis en su asiento.
Nicolás Vane carraspeó, disimulando una sonrisa incómoda mientras acomodaba los folios del contrato. La tensión en la sala comenzó a espesarse a niveles casi insoportables.
—Si les parece bien —intervino Don Héctor, ajeno a la marea subterránea que se desplazaba entre su hija y el magnate—, comencemos con el anexo cuatro sobre el uso de la grúa pórtico y los cánones de permanencia en el muelle tres.
La reunión dio inicio formal. Durante los primeros cuarenta minutos, los abogados desglosaron cifras y reglamentaciones técnicas, pero la verdadera batalla se libraba en el espacio invisible sobre la mesa de mármol.
Dante utilizaba cada intervención para acorralarla. Cuando hablaba de los plazos de entrega, su tono descendía un octavo de octava, hablándole directamente a Valeria, buscando quebrarla, recordarles el pasillo, la presión de sus muslos contra ella y el sabor de su boca.
—Las concesiones de este calibre requieren exclusividad absoluta —decía Dante, apoyando los codos sobre la mesa y entrelazando sus dedos largos, sin quitarle los ojos de encima—. A la Bratva no le gusta compartir espacio ni recursos. Lo que entra en nuestro perímetro nos pertenece por completo. Si hay fugas de atención o lealtades divididas, el acuerdo se cae.
Cualquier otra mujer se habría ruborizado o habría bajado la vista ante la intensidad sofocante del ruso. Pero Valeria aplicó la lección al pie de la letra. Le sostuvo el juego de miradas, dejando que sus ojos chocaran con los de él en una danza llena de chispas eróticas. Luego, con una elegancia exquisita, esbozó una sonrisa distante, se acomodó el cabello detrás de la oreja exponiendo la curva de su cuello y le dio una estocada corporativa.
—Comprendo su recelo sobre la exclusividad, señor Volkov —dijo Valeria con soltura, inclinándose levemente hacia adelante para que el escote en V del traje rojo capturara un destello de luz—. Sin embargo, en el mundo de los negocios modernos, la posesión ciega suele ser un pésimo indicador de rendimiento. Nosotros ofrecemos garantismo operativo, no sumisión. Si revisa la página doce de la cláusula de penalizaciones por demora, verá que las garantías bancarias de nuestro grupo protegen la flota contra cualquier imprevisto... incluso contra los caprichos de un socio demasiado exigente.
Dante apretó la mandíbula. El impulso de ponerse de pie, cruzar la mesa y tomarla por el cuello para besarla hasta sacarle el aliento le atravesó el cuerpo como un rayo de electricidad. Valeria no solo le estaba sosteniendo la pulseada, lo estaba desafiando abiertamente frente a sus hombres y a su familia, transformando el deseo en una partida de ajedrez donde ella no pensaba dejarse comer la reina.
En el rincón de la mesa, Alexis disimuló una risita tapándose la boca con la mano, impresionado por la soltura de su hermana. Gianna, por su parte, apretaba los puños bajo la mesa con tanta rabia que se clavaba las uñas en las palmas, sintiendo la humillación de ver cómo Dante devoraba con la mirada a Valeria sin prestarle atención a nadie más.
La tensión sexual en el aire se volvió tan espesa que hasta Don Héctor pareció notar la vibración extraña en la sala. El calor que emanaba del cruce entre el ruso y la heredera volvía la atmósfera sofocante. Cada roce disimulado de miradas, cada pausa deliberada de Valeria antes de responder a una objeción de Dante, funcionaba como una gota de combustible arrojada al fuego.
—Parece que la señorita Rossi ha venido dispuesta a negociar cada milímetro de este contrato con dientes y uñas —comentó Dante con la voz más grave y densa de toda la mañana, clavándole una mirada de pura promesa salvaje.
—Un diamante no se moldea con facilidad, Volkov —respondió Valeria sin bajar la guardia, usando las mismas palabras que Martín le había dicho la noche anterior, pero transformándolas en una bandera de guerra contra el ruso—. Hay que saber manejar la presión si se quiere obtener algo de valor.
Dante se reclinó lentamente en su sillón, sintiendo que la sangre le ardía en las venas. Valeria,le había declarado la guerra en su propia mesa de directorio. Había roto con el novio por él, estaba libre, y ahora le estaba demostrando que para tenerla iba a tener que sudar sangre y fuego. Y el ruso, lejos de molestarse, disfrutó el sabor del desafío como nunca en su vida.