Amanda fue regalada a la familia Smirnov para saldar las deudas de su padre, Vladimir Smirnov el patriarca intenta entregarla a su hijo para por fin tener un nieto, pero no todo sale como lo esperaban: un romance apasionado y el secreto del heredero de la familia.
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Capítulo 14: Un juego de fuego y hielo
Para celebrar el éxito de la reestructuración y cerrar un trato multimillonario con socios rusos de alto nivel recién llegados de Moscú, Alek tenía que asistir a un evento privado en el club más exclusivo de la ciudad.
El sábado por la noche, la mansión Smirnov era un hervidero de actividad. Alek le había pedido expresamente a Amanda que lo acompañara no solo como su asistente, sino como su pareja de protocolo.
Cuando Amanda bajó la gran escalinata de mármol del vestíbulo, Alek la esperaba al pie de los escalones. Vestía un esmoquin negro impecable que resaltaba su elegancia peligrosa. Al verla, el heredero ruso sintió que se le detenía el corazón.
Amanda llevaba un vestido ajustado de terciopelo azul noche con escote de hombros caídos y una apertura audaz en la falda. Su cuello largo lucía sin joyas, destacando la blancura de su piel. Lucía majestuosa, sensual y sencillamente deslumbrante.
—Krasavitsa... —susurró Alek, ofreciéndole el brazo con galantería impecable—. Esta noche vas a eclipsar a todos los presentes.
—Solo hago mi trabajo, señor Smirnov —respondió ella con una leve sonrisa, deslizando su mano sobre el brazo musculoso de Alek.
El trayecto en el sedán blindado hacia el club privado estuvo cargado de una electrizante intimidad. Alek no soltó la mano de Amanda durante todo el viaje. Sus dedos entrelazados comunicaban una corriente de deseo contenido que ninguno de los dos se atrevía a traducir en palabras.
Al llegar al club, un establecimiento subterráneo de ultra lujo reservado para la élite económica y los líderes de la mafia internacional, la presencia de la pareja causó sensación. Alek caminaba con la autoridad incuestionable de un rey no coronado, manteniendo a Amanda firmemente pegada a su costado.
Los socios de Moscú —hombres maduros de miradas frías y mujeres despampanantes cubiertas de diamantes— recibieron a Alek con efusividad.
—¡Aleksandr Vladimírovich! —exclamó Dimitri, el líder de la delegación moscovita, un hombre corpulento de barba cana—. ¡Qué honor! Y veo que finalmente has traído una flor digna de la casa Smirnov.
—Ella es Amanda —presentó Alek con tono de voz posesivo, endureciendo la mirada cuando los hombres de la mesa la miraron con demasiado interés—. Mi asistente personal y la mente detrás de la estrategia financiera del grupo.
Durante la velada, Amanda deslumbró a los socios con su capacidad para discutir de economía internacional y mercados energéticos. Sin embargo, la atención de Amanda estaba fija en Alek.
A medida que pasaban las horas, los brindis con vodka de alta graduación se multiplicaron. Alek, presionado por la etiqueta y las costumbres de los negocios rusos donde negarse a beber con los socios era considerado un insulto grave, comenzó a consumir alcohol a un ritmo alarmante.
Amanda observaba con preocupación cómo el hombre estoico, controlado y dominante que conocía comenzaba a ceder bajo el efecto de los vasos de vodka puro. Su mirada fría se volvía más blanda, su respiración más pesada y sus gestos más afectuosos.
—Alek... creo que deberías parar —le murmuró Amanda al oído mientras los socios reían en voz alta por un chiste en ruso.
Alek la miró. Sus ojos azul verdoso estaban encendidos por el alcohol y una emoción cruda, desprotegida. Se inclinó y depositó un beso lento, húmedo y caliente justo en la curva del cuello de Amanda, haciéndola ahogar un gemido.
—Moya dorogaya... —murmuró Alek contra su piel—. Esta noche no quiero parar nada.