Lola vive bajo una regla de oro: su espacio personal es sagrado. Es inteligente, retraída y encuentra paz en el silencio. Su único error fue dejar entrar en ese refugio a Mateo, su mejor amigo, un torbellino de imprudencia que solo entiende de tácticas de fútbol y de cómo hacerla reír cuando más lo necesita.
Pero el equilibrio se rompe cuando el "Rey del Campo" se convierte en el objetivo de la chica más popular, y un rival inesperado decide que la brillante timidez de Lola es el trofeo que realmente quiere ganar
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Capítulo 18: La Biblioteca del Sueño
El silencio de la biblioteca municipal por las tardes no era un silencio hueco, sino un murmullo denso de páginas que se giraban, el deslizar de sillas sobre el suelo de parqué y el suave zumbido del sistema de calefacción. Para Lola, siempre había sido un santuario familiar; para Mateo, era un territorio completamente hostil.
Esa tarde de jueves, el sol empezaba a caer, proyectando largas sombras doradas a través de los ventanales arqueados. Mateo llevaba más de tres horas sentado en la mesa más aislada del segundo piso, al final del pasillo de poesía y ensayo. Frente a él no había balones de fútbol ni pizarras tácticas, sino tres volúmenes gruesos de lomo gastado.
La imagen resultaba casi trágica. Su cuerpo grande y musculoso, acostumbrado a la amplitud de la cancha, se veía absurdamente apretujado en la silla de madera clara. Vestía una sudadera gris tres tallas más grande y llevaba el cabello castaño revuelto de tanto pasarse las manos por la cabeza en un gesto de pura desesperación mental.
Mateo no estaba allí por un castigo escolar ni por una tarea pendiente. Estaba allí por desesperación.
Desde que vio a Lola almorzar con Andrés y compartir el proyecto de ciencias, una idea fija le había calcomido el orgullo y la cordura: tenía que acortar la distancia. Si Lola buscaba inteligencia, versos y conversaciones profundas, él aprendería a dárselos. Aunque tuviera que memorizarse cada estrofa a la fuerza, aunque no entendiera la mitad de las palabras. Quería demostrarle que no era solo ruido, que él también podía ser el tipo de persona que ella merecía a su lado.
Sostuvo un ejemplar de poesía contemporánea a solo diez centímetros de su cara, frunciendo el ceño con una intensidad casi dolorosa. Sus ojos repasaban una y otra vez el mismo verso: «La noche se deforma en el borde de tu ausencia...».
—¿Qué demonios significa deformarse? —murmuró para sí mismo en un susurro áspero, frotándose los ojos cansados con los nudillos.
Llevaba días sin dormir bien. Entre las sanciones del equipo, las provocaciones de Patricia, la presión de los entrenamientos individuales y el vacío aplastante que le dejaba la indiferencia de Lola, su cuerpo estaba al límite. La cabeza le retumbaba. Los conceptos abstractos, la métrica y las metáforas se mezclaban en su mente como un torbellino sin sentido.
Poco a poco, la postura erguida de Mateo comenzó a ceder. Sus hombros cayeron. La distancia entre su rostro y el papel se redujo. Trató de parpadear para espantar el sueño, pero los párpados le pesaban como si tuvieran plomo. Dejó escapar un largo suspiro, un rastro de rendición silenciosa, y finalmente su frente colapsó sobre las páginas abiertas del libro.
Unos minutos después, Lola apareció al final del pasillo.
Caminaba a paso lento, con una pila de carpetas entre los brazos. Había pasado las últimas dos horas en la zona de referencias junto a Andrés, repasando los avances del proyecto de ciencias. Aunque la sesión había sido impecable y productiva, Lola se sentía mentalmente agotada. La perfección pulida de Andrés y la constante necesidad de mantener su "nueva versión" la dejaban vacía, como si llevara todo el día sosteniendo la respiración.
Iba a dejar unas fichas de catálogo en la estantería de literatura cuando se detuvo en seco.
Allí, al fondo del pasillo, bajo la luz cálida de una lámpara de mesa, estaba Mateo.
Lola se congeló en su sitio. Sostuvo las carpetas con más fuerza contra su pecho, sintiendo que el corazón le daba un vuelco violento. Hacía más de una semana que no lo tenía tan cerca sin la presencia de Patricia, Andrés o el ruido del colegio interfiriendo entre ambos.
Dio unos pasos cautelosos hacia la mesa, procurando no hacer ruido con los tenis. Al acercarse, la escena terminó de revelarse ante sus ojos con una nitidez desgarradora.
Mateo estaba profundamente dormido. Tenía la mejilla derecha apoyada directamente sobre la página abierta del libro de poemas, con la boca ligeramente entreabierta y la respiración lenta y rítmica de quien ha llegado al agotamiento absoluto. Una de sus manos grandes, con las rozaduras típicas del césped artificial en los nudillos, descansaba sobre el borde de la mesa, sujetando aún un bolígrafo con el que había intentado tomar notas.
Lola se acercó hasta quedar a solo medio metro de la silla. Su mirada bajó hacia el libro abierto bajo el rostro de su amigo.
Junto a la mejilla de Mateo había una libreta de espiral con su letra desordenada y grande. Lola leyó las pocas líneas que él había alcanzado a escribir antes de rendirse al sueño:
«Metáfora \= cuando dices una cosa pero quieres decir otra. (Preguntarle a Lola si esto está bien)».
«¿Por qué los poetas no dicen las cosas directas? Es más fácil decir que extrañas a alguien».
Lola sintió que la garganta se le cerraba de golpe. Un nudo denso, caliente y doloroso se le atravesó en el pecho.
Miró a Mateo. Vio las sombras oscuras dibujadas bajo sus ojos, la tensión reprimida en sus cejas incluso mientras dormía y la torpeza infinita de sus apuntes. Comprendió todo en una fracción de segundo. Mateo no estaba ahí porque le interesara la poesía. No estaba ahí por la escuela. Estaba ahí por ella. Estaba destruyéndose el lomo, intentando encajar a la fuerza en un mundo que le resultaba ajeno e incomprensible, solo por el miedo desesperado de perderla por completo.
Toda la coraza de hielo que Lola había construido tras las manipulaciones de Patricia y la discusión en la acera se desmoronó de un solo golpe.
Las palabras de Patricia ("Tú eres su ancla, le estás apagando la luz") se revelaron como la mentira más cruel. Mateo no estaba perdiendo su luz por culpa de ella; Mateo estaba apagándose porque intentaba dejar de ser él mismo para complacer una idea absurda de lo que creía que ella buscaba.
Una ternura incontrolable, limpia y profunda, inundó a Lola. Sintió unos deseos enormes de estirar la mano, pasarle los dedos por el cabello revuelto y decirle que parara, que no necesitaba leer a ningún poeta difícil para tener su atención, que su torpeza genuina valía mil veces más que los discursos ensayados de cualquiera.
Se inclinó suavemente sobre la mesa. Con una delicadeza extrema para no despertarlo, tomó el bolígrafo que amenazaba con rodar de las manos de Mateo. Su respiración cálida rozó por un segundo la frente de él, y Mateo se movió apenas un milímetro en sueños, soltando un murmullo incomprensible pero sin abrir los ojos.
Lola sacó una pequeña nota adhesiva amarilla de su estuche. Apoyó el papel sobre la madera y comenzó a escribir con su caligrafía fina y pulcra.
No escribió un reproche. Tampoco una explicación larga. Escribió desde la verdad desnuda que había recuperado en ese rincón silencioso de la biblioteca:
«La poesía no se fuerza, Mateo. Y tú no necesitas hablar en verso para que te entienda. Descansa. Por favor, deja de intentar ser alguien que no eres.»
Lola dobló la nota por la mitad para proteger el texto. Con cuidado infinito, despegó la nota y la pegó justo en la esquina del libro, al lado de su mejilla, donde él la vería inmediatamente al despertar.
Se quedó de pie a su lado durante un minuto entero, observando cómo el pecho de Mateo subía y bajaba con serenidad. Estiró la mano, dudando en el aire durante un segundo, hasta que la yema de sus dedos rozó muy suavemente la tela de su sudadera en el hombro, un gesto diminuto de protección antes de alejarse.
Dio media vuelta y caminó hacia la salida de la biblioteca. Mientras bajaba las escaleras de piedra, sintió que el peso de la culpa y la confusión de los últimos días se disipaba por completo. Ya no le importaban los murmullos del colegio, ni las intrigas de Patricia, ni la calma impecable de Andrés. Viendo a Mateo dormido sobre aquellos libros, supo con absoluta certeza que el caos de él era el único ruido que realmente le hacía falta a su silencio.
Arriba, en la mesa del rincón, Mateo siguió durmiendo bajo la luz dorada del atardecer, ajeno al mundo, abrazado inconscientemente a la nota amarilla que acababa de devolverle la esperanza.