Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.
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Capítulo 8
Capítulo 8: Cena en Polanco
La venganza de Valentina fue sencilla. Le dijo a Santiago que quería ir a cenar con sus compañeras de cuarto el viernes. Las cuatro. En un lugar bonito. Que él eligiera. Que él pagara.
Santiago la miró como quien evalúa si una amenaza es real o un farol. Después de tres segundos dijo:
—¿A qué hora las recojo?
Valentina no esperaba que aceptara sin negociar. Eso la desconcertó más que cualquier negativa.
—A las ocho —dijo, recuperando la compostura—. Y que sea un lugar bueno. No una taquería.
—Nunca te llevaría a una taquería.
—¿Por qué no?
—Porque no te gusta el cilantro.
Valentina abrió la boca para preguntar cómo sabía eso — ella nunca se lo había dicho, estaba segura, absolutamente segura — pero él ya se había dado la vuelta.
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El restaurante estaba en una calle arbolada de Polanco, detrás de una puerta de madera sin letrero. No tenía nombre visible. Solo un número: 47.
Adentro, el lugar era exactamente lo que Valentina había imaginado y temido al mismo tiempo: mesas de roble oscuro, iluminación baja, meseros con chaleco negro que se movían sin hacer ruido, y un menú sin precios. El tipo de restaurante donde si preguntas cuánto cuesta, ya no puedes pagarlo.
Lucía miró alrededor con la expresión de alguien que toma notas mentales para un artículo futuro. Camila se sentó con la espalda recta y los ojos brillantes, como si cada detalle del lugar confirmara algo que deseaba. Sofía se quedó de pie junto a la puerta un segundo de más.
—¿Pasa algo? —le preguntó Valentina.
—No. Nada.
Sofía se sentó. Pero sus ojos recorrieron el salón con la familiaridad de alguien que conoce el lugar, no como cliente.
Santiago habló brevemente con el capitán de meseros. Valentina no escuchó qué le dijo, pero el hombre asintió dos veces y se retiró con una reverencia leve.
Se sentaron en una mesa circular. Santiago quedó entre Valentina y Lucía. Camila se acomodó frente a él.
—Entonces tú eres el famoso hermano —dijo Lucía, apoyando los codos en la mesa con la naturalidad de quien no se intimida por la cristalería fina.
—Famoso es mucho.
—Valentina habla de ti. Bueno, se queja de ti. Es casi lo mismo.
Santiago miró a Valentina.
—¿Te quejas de mí?
—Constantemente —dijo Valentina—. Es mi pasatiempo favorito.
—¿Y qué dices?
—Que eres controlador, arrogante y que tiraste una paleta de un chavo inocente.
—Tenía Rojo 40.
—¡Otra vez con el Rojo 40!
Lucía soltó una risa breve. Camila miraba a Santiago con una atención que no era casual — era la atención de quien memoriza un rostro.
Los platos empezaron a llegar. Entradas de atún, carpaccio de pulpo, una tabla de quesos con nombres que Valentina no reconoció. Cada plato era pequeño, perfecto, y probablemente costaba lo que ella gastaba en una semana de despensa.
A la mitad de la cena, Valentina notó algo. El mesero le había traído un platillo diferente al resto: donde las demás tenían un postre con costra de cacahuate, el suyo era de almendra.
—Disculpe —llamó al mesero—. Creo que me trajeron el equivocado.
—No, señorita. El señor Montero nos indicó que usted tiene alergia al cacahuate. Todos sus platos fueron preparados sin trazas.
Valentina se quedó inmóvil. Miró a Santiago. Él estaba tomando agua sin mirarla, como si la conversación no tuviera nada que ver con él.
—¿Cómo sabes que soy alérgica al cacahuate?
—Tu mamá se lo mencionó a la mía.
—Mi mamá no sabe que soy alérgica. Me lo diagnosticaron hace dos años. Ella estaba en Houston.
Santiago dejó el vaso sobre la mesa.
—Entonces lo leí en algún lado.
—¿Dónde?
—No me acuerdo.
Valentina entrecerró los ojos. Él le sostuvo la mirada con la tranquilidad de un muro de concreto. No iba a confesar nada. Nunca lo hacía.
Lucía intercambió una mirada con Valentina que decía, con claridad quirúrgica: "Ese tipo sabe más de ti de lo que admite."
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A las diez, cuando la cena ya llevaba el ritmo lento de los cafés y las sobremesas, una voz cruzó el salón como un cohete.
—¡No puede ser! ¡¿Santi?!
Un hombre de veintipocos años, con una chamarra de mezclilla sobre una camiseta blanca y una sonrisa que ocupaba la mitad de la cara, se acercó a la mesa con los brazos abiertos. Era guapo de una forma completamente distinta a Santiago: donde Santiago era ángulos y sombras, este tipo era curvas y luz. Donde Santiago contenía, él desbordaba.
Santiago cerró los ojos un segundo, como quien acepta lo inevitable.
—Mateo.
—¡Hermano! ¿Qué haces aquí? ¿Y con compañía? —Mateo miró a las cuatro chicas en la mesa con una alegría tan genuina que era imposible no devolverle la sonrisa—. ¿Quiénes son estas bellezas?
—Mis compañeras de la universidad —dijo Valentina.
Mateo la miró. La sonrisa se le congeló un instante — no de disgusto, sino de reconocimiento. Sus ojos bajaron a la cara de Valentina, subieron, bajaron de nuevo. Y entonces abrió la boca con una expresión de asombro puro.
—No. No, no, no. ¡¿Tú eres la niña limón?!
Valentina parpadeó.
—¿La qué?
—¡La niña limón! ¡Estás enorme! La última vez que te vi tenías como cuatro años y le jalabas el cabello a Santi hasta que lloraba.
—Santiago no llora —dijo Valentina, automáticamente.
—Santiago lloraba a mares. ¿No te contó? Cuando te fuiste, se encerró en su cuarto tres días y no quiso comer. Su mamá tuvo que...
—Mateo.
La voz de Santiago fue un bisturí. Una sola palabra. Mateo se calló como si le hubieran cerrado un grifo.
—Bueno —dijo Mateo, recuperando la sonrisa con una elasticidad admirable—. El punto es que eras adorable y sigues siendo adorable. Mateo Salazar, a tus órdenes. ¿Me das tu WhatsApp?
Valentina se rió.
—Claro.
Le dio su número. Mateo lo guardó en cinco segundos, le mandó un emoji de limón y se sentó en una silla que jaló de la mesa de al lado sin pedir permiso a nadie.
Santiago los miró a ambos. No dijo nada. Pero Valentina notó — porque estaba aprendiendo a leer los silencios de Santiago Montero como si fueran un idioma— que su mandíbula se apretó un milímetro. Ella le había dado su número a Mateo en cinco segundos. A Santiago lo tenía en "solicitud pendiente" desde hacía tres días.
A las once, cuando el restaurante empezaba a vaciarse, Valentina fue al baño. Al pasar por la cocina, escuchó voces.
—...no te hagas la importante, Paredes. Todos sabemos cómo conseguiste el puesto.
—No es cierto. Yo apliqué como todos.
—¿Aplicaste? ¿Con qué currículum? ¿O fue con el del gerente?
Valentina se detuvo. A través de la puerta entreabierta de la cocina, vio a Sofía — su Sofía, la del cuarto 214, la de las ojeras permanentes — con el uniforme negro del restaurante, el mandil atado a la cintura, frente a dos meseras que la acorralaban contra la estantería de los platos.
Sofía trabajaba ahí. Por eso conocía el lugar.
Valentina empujó la puerta.
—Disculpen. Soy parte de la mesa del señor Montero. La mesa VIP. —No tenía idea de si la mesa era VIP, pero lo dijo con la seguridad de alguien que firma cheques—. ¿Hay algún problema con mi amiga?
Las dos meseras se enderezaron. La que había hablado primero abrió la boca, la cerró, y negó con la cabeza.
—Ningún problema, señorita.
—Perfecto. Porque si lo hubiera, se lo mencionaría directamente al señor Montero. ¿Estamos?
Se fueron.
Sofía estaba recargada contra la estantería con los ojos rojos y las manos apretadas sobre el mandil.
—No tenías que hacer eso.
—Sí tenía. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?
—Tres meses.
—¿Y ellas siempre te tratan así?
Sofía no contestó. Valentina se acercó, le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja y le dijo:
—Mañana me cuentas. Sin prisa.
Cuando volvió a la mesa, Santiago la estaba mirando. No con su expresión habitual de indiferencia calculada, sino con algo diferente — algo que Valentina no supo clasificar pero que se sentía como el calor de una fogata vista desde lejos.
—¿Todo bien? —preguntó él.
—Todo bien.
No le contó lo de Sofía. No hacía falta. Santiago miró hacia la cocina un instante, y Valentina tuvo la certeza absoluta de que ya lo sabía. Que sabía que Sofía trabajaba ahí. Que no había dicho nada.
En el auto de regreso, Camila iba callada en el asiento trasero. Lucía dormitaba. Sofía miraba por la ventanilla con la mandíbula apretada.
Valentina revisó su celular. Mateo le había enviado un mensaje:
**Mateo**: Oye niña limón, una cosa. Tu "hermano" no dejó de mirarte EN TODA LA CENA. Solo para que sepas 😏🍋
Valentina bloqueó la pantalla.
Eso no significaba nada.
Nada.