Seúl, año 2026. Ha-jun tiene 18 años, trabaja de asistente médico en una clínica del barrio y su vida transcurre entre turnos, exámenes y sus kdramas favoritos. Hasta que una noche, un mensaje anónimo lo lleva a la azotea de su edificio, donde alguien lo empuja al vacío.
En vez de morir, cae en una fuente de piedra que lo transporta a un mundo imposible: un valle prehistórico sin rascacielos, sin electricidad, habitado por mamuts, bestias salvajes y familias de cavernícolas más inteligentes de lo que la historia cuenta.
Rescatado del río por Kael, jefe de una familia de 7 personas, Ha-jun primero cree que está en un set de rodaje… hasta que se da cuenta de que nada es fingido. Al principio, todos lo ven como una carga: es demasiado suave, no sabe cazar, no sabe pelear. Pero su conocimiento del futuro cambiará todo: hace fuego en minutos, cocina comida que no sabe a sangre cruda, cura heridas que antes eran sentencia de muerte y ent
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CAPÍTULO 17: EL FUEGO
El remolino azul me envolvió por completo, frío y eléctrico, haciendo que mi túnica de lobo se agitara con un viento que no venía de ninguna parte. Sentí la piedra dentro de mí, como si sus vetas de luz corrieran ahora por mis propias venas, latiendo al mismo ritmo que mi corazón. El zumbido en los oídos era tan fuerte que ya no oía los gritos de la batalla, solo un murmullo antiguo, poderoso, que hablaba en un idioma que no necesitaba palabras: *yo estoy aquí. Tú me llamaste. Haz lo que tengas que hacer*.
Drak fue el primero en reaccionar. Apretó el hacha doble con más fuerza, escupió al suelo hacia donde yo estaba, y rugió por encima del ruido del viento:
—¡ES UN TRUCO! ¡SOLO LUZ! ¡MATADLOS A TODOS! ¡PRIMERO A ÉL!
Tres de sus hombres más cercanos obedecieron al instante. Dejaron a Rian y a Turi en el flanco izquierdo, dieron la vuelta y corrieron hacia mí, lanzas en alto, los ojos brillantes de rabia y un poco de miedo, dispuestos a partirme en tres antes de que esa luz hiciera nada. Yo no me moví. No levanté la lanza. No saqué el cuchillo. Solo extendí la mano derecha hacia ellos, con la palma abierta, como si intentara detenerlos con un gesto, y dejé que la fuerza de la piedra saliera por mis dedos.
No salió fuego azul. No salieron rayos. Salió una llama normal, roja y amarilla, igual que la del fuego de la cueva… pero que obedecía.
Salió de mi palma como un látigo vivo, cruzó los cinco metros que nos separaban en un abrir y cerrar de ojos, y envolvió las tres lanzas antes de que pudieran clavármelas. La madera ardió al instante, convirtiéndose en ceniza antes de que llegaran a mi pecho. Los tres hombres se detuvieron de golpe, boquiabiertos, mirando sus manos vacías, mirándome a mí como si yo fuera un espíritu del mal que habían despertado sin querer. Uno de ellos intentó lanzarse sobre mí con los puños. Yo moví la mano un dedo hacia la izquierda, y la llama saltó de las cenizas a su túnica de piel, envolviéndole los brazos sin quemarle la carne de verdad, solo con calor suficiente para hacerle gritar y retroceder, rodando por el suelo intentando apagarla.
Los otros dos no lo pensaron dos veces. Se dieron la vuelta y salieron corriendo hacia el río, sin mirar atrás, sin importarles Drak ni sus compañeros.
Todo el claro se había quedado en silencio otra vez. Incluso el viento del remolino azul había bajado a un soplo suave, que solo me rodeaba a mí, girando lento, frío, constante. Los Huesos Rojos miraban de mí a la luz de la montaña, de la luz a mí, murmurando entre ellos nombres de demonios y maldiciones. Incluso los nuestros no podían creer lo que estaban viendo. Kael, todavía de rodillas en el centro, levantó la vista hacia mí y asintió una sola vez, lento, con los ojos brillantes: sabía lo que era. Sabía de dónde venía. Él también había sido elegido por la piedra, hacía veinte años.
Drak no tenía miedo. Tenía rabia. Pura, negra, cegadora. Escupió otra vez, esta vez directamente sobre la herida que yo le había hecho en el costado al principio de la batalla, y apretó el hacha doble con ambas manos, los nudillos blancos de la fuerza.
—¡UN TRUCO MÁS! —rugió, y empezó a caminar hacia mí, paso lento, pesado, haciendo temblar la tierra con cada pisada—. ¡SOY DRAK! ¡NO TEMO A LA LUZ, NI AL FUEGO, NI A LOS ESPÍRITUS! ¡TE ARRANCARÉ ESA MANO CON MI PROPIO CUCHILLO Y SE LA DARÉ DE COMER A LOS PERROS! ¡LUEGO IRÉ POR LA NIÑA! ¡LUEGO POR LA CHICA! ¡LUEGO POR TODOS!
Llegó a tres pasos de mí. Levantó el hacha por encima de la cabeza, los músculos de los brazos tensos como cuerdas de acero, listo para partirme de la coronilla a la ingle de un solo golpe. Yo no retrocedí. No me agaché. Solo levanté la mano izquierda esta vez, la que llevaba los tres colgantes de Turi —el lobo, el ciervo, las siete estrellas— y miré a Drak fijamente a los ojos, sin pestañear.
—No vas a tocar a nadie más —le dije, y mi voz sonó extraña, más grave, más profunda, como si la piedra hablara a través de mí—. Nunca más.
La llama salió de mis dos manos esta vez, más grande, más fuerte, formando una pared de fuego viva que se levantó del suelo justo entre los dos, justo cuando el hacha empezaba a caer. El golpe de Drak chocó contra la cortina de llamas con un ruido húmedo, como si hubiera golpeado agua espesa. No la atravesó. No pudo. La pared era sólida, caliente, impasible. El jefe enemigo rugió de frustración, intentó golpearla una y otra vez, por la izquierda, por la derecha, por arriba, pero el fuego seguía allí, creciendo un poco más con cada intento, obligándolo a retroceder paso a paso, alejándolo de mí, alejándolo de Kael, alejándolo de todos los míos.
Entonces empecé a mover las manos.
No era fuego para matar. Gorn me había enseñado, Kael me había enseñado, la propia piedra me lo susurraba al oído en ese instante: mi poder no era para destruir, sino para *separar*. Para proteger. Para poner un límite que nadie pudiera cruzar. Hice un movimiento amplio con el brazo derecho, dibujando un gran arco por el aire de izquierda a derecha, y la pared de fuego siguió mi gesto, alargándose, cruzando todo el claro de un lado a otro, dividiendo el campo de batalla en dos mitades: nosotros a un lado, sanos o heridos pero vivos, todos juntos; ellos al otro, los veinte que quedaban, Drak al frente, confundidos, desordenados, sin poder avanzar ni un paso más hacia nosotros.
—¡Rian! —grité sin apartar la vista de los enemigos, sin bajar las manos ni un milímetro—. ¡Turi! ¡Ayudad a Kael a levantarse! ¡Lira! ¡Revisa a todos, cura lo que puedas, rápido! ¡Mara! ¡Vigila que no intenten rodearnos por el río! ¡No bajéis la guardia ni un segundo!
Todos se movieron al instante, como un solo cuerpo. Rian, cojeando del golpe que le habían dado en la pierna, corrió a ayudar a Kael a ponerse de pie, le pasó el brazo por encima de los hombros para que se apoyara en él. Turi recogió todas las lanzas y cuchillos que habían caído en el suelo, los amontonó cerca de nosotros, listos para seguir peleando si el fuego fallaba. Lira corrió de uno en uno, limpiando cortes, apretando vendajes, dando sorbos de la infusión del dolor a los que más lo necesitaban. Mara se colocó en el extremo derecho de la pared de fuego, con sus dos cuchillos listos, vigilando el curso del río por si alguno intentaba cruzar aguas arriba para atacarnos por la espalda.
Yo seguí allí, de pie, sosteniendo la llama con la voluntad y la fuerza de la piedra, sintiendo cómo cada segundo que pasaba me robaba un poco más de energía. No era gratis. Cada metro de fuego, cada minuto que lo mantenía en pie, me drenaba las fuerzas como si me sacaran sangre poco a poco. Tenía la frente empapada de sudor frío, las piernas me temblaban, el corazón me latía tan rápido que pensé que se me saldría del pecho. Pero no podía bajar las manos. No podía flaquear. Si lo hacía, la pared se caería, y Drak estaría encima de nosotros en dos segundos.
—¿Cuánto puedes aguantar? —me preguntó Kael, acercándose a mi lado sin dejar de mirar a los enemigos al otro lado del fuego. Tenía la pierna derecha herida, sangraba por un corte en la frente, pero seguía firme, seguía siendo el jefe.
—No lo sé —respondí, honesto, con la voz un poco temblorosa—. Un rato. Lo suficiente. Tenemos que decidir rápido qué hacemos. No puedo mantener esto todo el día.
Drak, al otro lado, ya había recuperado la compostura. Había reunido a sus hombres alrededor de él, les hablaba bajo, dándoles órdenes nuevas, golpeándose el pecho con el puño para infundirles valor de nuevo. De vez en cuando me miraba, y sonreía, seguro de sí mismo. Sabía que yo no podía aguantar eternamente. Sabía que el fuego se acabaría tarde o temprano. Y cuando eso pasara, vendrían otra vez, con más rabia, más hambre de sangre que antes.
—No podemos esperar a que se apague —dijo Rian, escupiendo un poco de sangre al suelo, apretando su lanza rota—. Si bajamos la guardia, nos caen encima y nos matan a todos. Tenemos que atacar ahora. Mientras ellos tienen miedo. Mientras creen que somos demonios.
—Rian tiene razón —dijo Mara, sin girarse, sin apartar los ojos del río—. Están asustados. No saben qué es esa luz. No saben qué más podemos hacer. Si nos lanzamos ahora, antes de que se recuperen, podemos romperlos. Si esperamos… se les pasa el miedo y volvemos a estar siete contra veinte. Sin trampas. Sin muro. Sin nada.
Miré a Lira. Ella estaba vendando el brazo de Turi, pero levantó la vista en cuanto me oyó callar. Me miró, asintió una sola vez, corta, clara: *haz lo que tengas que hacer. Yo estoy aquí*. Miré hacia la grieta de las rocas, hacia donde Gorn seguía de pie, inmóvil, su bastón clavado en la tierra, su cuerpo ya frío, protegiendo todavía a Nia aunque ya no estuviera entre nosotros. Sentí su voz en mi cabeza otra vez: *Tú eres el puente. No tengas miedo*.
Dejé de sostener la pared entera con ambas manos. Pasé todo el peso a la izquierda, y con la derecha empecé a moldear la llama, a darle forma, a hacerla más delgada, más rápida, más afilada. No era ya una barrera. Era un arma. Un látigo gigante de fuego que yo podía mover a mi antojo, que obedecía cada uno de mis dedos, que sentía como una extensión de mi propio brazo.
—Está bien —dije, y mi voz recuperó fuerza, aunque las piernas seguían temblándome—. Vamos a acabarlo ahora. De una vez. Kael, tú con Rian por el centro. Mara por la derecha. Turi, quédate aquí con Lira, si alguien se acerca, piedras o lo que tengas. Yo abriré el camino. Cuando veáis que el fuego se mueve, id detrás. No paréis. No tengáis piedad. Ellos no la tuvieron con Gorn.
Todos asintieron, en silencio, apretando sus armas. Kael se puso a mi izquierda, Rian a mi derecha. Mara tomó posición unos pasos más allá, lista para salir disparada hacia el flanco enemigo. Respiré hondo una, dos, tres veces. Sentí la piedra latiendo dentro de mí, dándome el último empujón de fuerza que necesitaba. Cerré los ojos un segundo. Vi la cara de Gorn sonriendo. Vi a Nia a salvo en la grieta. Vi a Lira esperándome al final del día, prometiéndome una vida juntos. Los vi a todos, vivos, sanos, alrededor del fuego por la noche, riendo, contando historias.
Abrí los ojos.
—¡AHORA! —grité.
Y moví la mano derecha de un tajo, de izquierda a derecha, con toda la fuerza que me quedaba.
El látigo de fuego obedeció al instante. Cruzó la barrera como un rayo, golpeó a los tres primeros hombres de la fila enemiga justo en el pecho, no para quemarlos de verdad, sino para lanzarlos por los aires varios metros hacia atrás, abriendo un hueco enorme en el centro de su formación. Antes de que pudieran reaccionar, antes de que Drak pudiera gritar una orden, moví la llama otra vez hacia arriba, levantando una cortina temporal entre el jefe y sus hombres, separándolos, rompiendo su unidad, sembrando el pánico.
—¡VAMOS! —rugió Kael, y salió corriendo el primero, saltando por encima del lugar donde antes estaba la pared de fuego, que yo había bajado solo lo justo para que pasáramos nosotros.
Rian fue detrás de él, riendo a carcajadas entre dientes, golpeando con su lanza todo lo que se le ponía delante. Mara salió por la derecha, silenciosa y letal como una sombra, cortando tendones y piernas para que no pudieran correr ni atacar. Yo fui detrás de todos, sosteniendo el látigo de fuego por encima de sus cabezas, golpeando aquí y allá, desviando lanzas, empujando hacia atrás a cualquiera que intentara acercarse a los míos, cegando, confundiendo, haciendo que creyeran que había fuego por todas partes, que éramos más de siete, que éramos invencibles.
El pánico se apoderó de los Huesos Rojos en menos de un minuto. No sabían qué atacar primero: si a nosotros, con nuestras lanzas y cuchillos, o al fuego vivo que les golpeaba desde todas partes, que no se apagaba con agua, que no se podía cortar con un hacha, que parecía tener vida propia. Uno se dio la vuelta y corrió hacia el río. Luego otro. Luego tres más. Luego diez. De repente, ya no eran veinte guerreros decididos a matarnos. Eran veinte hombres asustados que solo querían salir vivos de ese valle maldito donde el fuego obedecía a un chico de otro mundo.
Solo Drak se quedó donde estaba.
Solo él no huyó. Estaba en el centro del claro, rodeado de sus hombres que corrían en todas direcciones, con el hacha doble todavía en la mano, la cara tatuada de roja retorcida por la rabia y la vergüenza. Me vio acercarme, caminando lento, con el fuego flotando a mi alrededor como una aureola fría, y no retrocedió. Al contrario. Apretó los dientes, escupió sangre al suelo, y rugió una última vez, lanzándose hacia mí con el hacha levantada, dispuesto a morirse matándome.
Yo no me moví. Solo levanté una mano, palma abierta, frente a él.
Una llama pequeña, rápida y precisa, salió de mis dedos como una flecha. No le dio en el pecho. No le quemó la cara. Le dio justo en la mano que sostenía el hacha, con el calor justo, ni más ni menos, para que los dedos se le abrieran solos por el dolor, para que el arma pesada cayera al suelo con un golpe sordo. Drak miró su mano vacía, sorprendido, luego me miró a mí, y por primera vez en todo el día vi miedo en sus ojos. Miedo real. El miedo de quien se enfrenta a algo que no entiende, que no puede ganar, que no puede matar.
Kael llegó detrás de él en ese momento. No gritó. No dijo nada. Solo levantó su lanza grande, la que había usado durante veinte años en el valle, y la clavó por la espalda, justo en el centro, atravesando el pecho de Drak de parte a parte, saliendo por delante con la punta roja y brillante.
El jefe de los Huesos Rojos abrió la boca para gritar, pero no salió ningún sonido. Solo un chorro de sangre oscura. Miró su pecho, miró la lanza que le salía por delante, miró a Kael detrás de él, y luego cayó de rodillas lentamente, hacia delante, hasta quedar cara contra la tierra del claro, sin moverse ya nunca más.
Vor, que estaba escondido detrás de unas rocas cerca del río, vio caer a su jefe, vio que todos los suyos huían, y no lo pensó dos veces. Se dio la vuelta y se lanzó al agua, cruzando el río nadando lo más rápido que pudo, sin mirar atrás, sin importarle nadie más. Yo levanté la mano para mandar una llama tras él, para acabarlo de una vez, pero Kael me detuvo con un gesto seco.
—Déjalo ir —dijo, con la voz ronca, cansada, mirando el cuerpo de Drak a nuestros pies—. Que cuente lo que ha visto. Que diga que aquí vive el fuego. Que nadie vuelva nunca más a este valle. Nadie.
Asentí. Bajé las manos lentamente, muy despacio, como si temiera que cualquier movimiento brusco me rompiera en mil pedazos. El látigo de fuego se desvaneció poco a poco en el aire, como si nunca hubiera existido. La luz azul del remolino que me rodeaba se apagó suavemente, volviendo hacia la montaña, hacia la piedra, dejándome de nuevo solo, normal, sin poder nada. El zumbido en los oídos desapareció. Se hizo el silencio. Solo se oía el río correr, el viento mover las hojas, y la respiración agitada de todos nosotros.
Me quedé de pie unos segundos más, sintiendo cómo toda la fuerza me abandonaba de golpe, cómo las piernas se me doblaban sin querer. Sentí unos brazos fuertes que me sujetaron por debajo de los hombros antes de que cayera. Era Rian. Tenía la cara sucia de polvo y sangre, sonreía como un loco, y me apretaba con fuerza.
—Lo hiciste, hermano —me dijo, con la voz rota por la emoción—. Lo hiciste. Ganamos.
Miré a mi alrededor. Estábamos todos allí. Kael, apoyado en su lanza, respirando hondo, vivo. Mara, limpiándose la sangre de la cara con el dorso de la mano, entera. Turi, recogiendo las armas del suelo, ileso. Lira, que venía corriendo hacia mí ahora que todo había terminado, con los ojos llenos de lágrimas, sonriendo a través de ellas.
Todos. Todos menos uno.
Miré hacia la grieta de las rocas. Gorn seguía allí, de pie, su bastón clavado en la tierra, su cuerpo inclinado un poco hacia delante, como si siguiera vigilando, como si siguiera protegiendo a Nia aunque su corazón ya no latiera. La niña había salido de su escondite un poco después de que cayera Drak, y estaba ahora sentada a los pies del viejo, acariciándole la mano fría, sin llorar todavía, sin entender del todo por qué no se movía, por qué no le hablaba.
Lira llegó a mi lado y me abrazó con fuerza, tan fuerte que casi me corta la respiración. Yo la abracé de vuelta, cerrando los ojos, notando su calor, su olor a hierbas y a valle, sabiendo que habíamos cumplido la promesa. Estábamos vivos. Todos los que podíamos estarlo. Habíamos ganado.
Pero el precio había sido demasiado alto.
Miré hacia el atardecer, que empezaba a teñir el cielo de naranja y violeta, por fin libre de ese rojo enfermizo de la mañana. La batalla había durado todo el día. Habíamos pasado de la mañana a la tarde sin darnos cuenta. El día sesenta y seis estaba llegando a su fin.
Nos quedamos allí todos juntos, en silencio, rodeados de cuerpos enemigos, de lanzas rotas, de fuego apagado, sintiendo al mismo tiempo la alegría enorme de haber sobrevivido y el vacío frío de haber perdido a quien nos había guiado durante tanto tiempo.
—Mañana —dijo Kael por fin, con la voz grave, mirando a cada uno de nosotros, mirando especialmente a Nia junto a Gorn—. Mañana lo enterraremos en el sitio más alto del valle, desde donde se ve todo. Desde donde podrá seguir cuidándonos. Mañana lloraremos. Mañana recordaremos. Pero hoy… hoy solo hay que hacer una cosa.
Se giró hacia mí, me clavó su mirada oscura y profunda, y puso una mano pesada y caliente en mi hombro, apretando con fuerza.
—Hoy —dijo—, hoy vivimos.
Asentí. Cerré los ojos otra vez, apreté a Lira un poco más contra mí, escuché el río, el viento, la respiración de los míos.
Había pasado el fuego. Había pasado la batalla.
Y ahora, por fin, podíamos empezar a curar.