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La maestra que será nuestra madrastra

La maestra que será nuestra madrastra

Status: Terminada
Genre:CEO / Padre soltero / Reencuentro / Donde hubo fuego cenizas quedan / Completas
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Eli Priwanti

Aurora Medina llega a la capital con una misión: domar al grupo más rebelde del exclusivo Colegio Altamira, un aula de hijos de millonarios que ya hizo renunciar a cinco tutores. Lo que no imagina es que, detrás de esos dos gemelos insoportables que le declaran la guerra, se esconde el hombre que le rompió el corazón doce años atrás… justo antes de llegar al altar.

Alejandro Bustamante lo tiene todo: dinero, poder y una frialdad que congela salas de juntas. Todo, menos a la única mujer que amó. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, él está dispuesto a usar cualquier arma para reconquistarla. Incluso a sus propios hijos.

Pero entre ellos hay una herida vieja, una verdad enterrada y una mentira que destruyó dos vidas. Y mientras el hielo empieza a derretirse, no todos quieren ver a Aurora convertida en la nueva señora Bustamante…

¿Podrá Aurora perdonar el pasado y aceptar el lugar que el destino le tenía reservado: el de madre de los hijos del hombre al que juró no volver a amar?

NovelToon tiene autorización de Eli Priwanti para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14

Cuando la puerta principal de la imponente mansión se abrió, a Aurora la recibió enseguida la cálida sonrisa de una mujer de mediana edad, de unos cuarenta y cinco años. Era doña Rosa, el ama de llaves de la residencia Bustamante, conocida por su amabilidad y su diligencia.

—Adelante, pase, profesora Aurora. El niño Mateo y la niña Martina la esperan adentro. Siéntese aquí un momento, por favor —dijo doña Rosa con cortesía, invitando a Aurora a tomar asiento en el sofá de la sala, lujosísimo y mullido.

Después de que doña Rosa se retirara a avisar a los muchachos, Aurora paseó la mirada por el lugar. Se quedó admirando la arquitectura interior de la casa, tan elegante, con sus altas columnas y sus arañas de cristal que colgaban con hermosura. De pronto, un pensamiento descabellado le cruzó la mente.

Si hace doce años aquella boda se hubiera celebrado… si Alejandro no se hubiera ido… quizá ahora sería yo la señora de una mansión tan espléndida como esta.

Aurora sacudió la cabeza con fuerza, reprochándose su propia ensoñación.

Ay… ¿qué tienes en la cabeza, Aurora? Despierta, tú nunca estuviste a la altura de Alejandro. Tal vez por eso desde un principio no estaban destinados el uno para el otro. Ahora tu prioridad es guiar a Mateo y a Martina. ¡Manda todo tu pasado bien lejos!, se dijo por dentro para darse ánimos.

Al enterarse de que la profesora Aurora ya había llegado, Mateo y Martina bajaron a toda prisa del segundo piso. Los seguía doña Carmen, la abuela. En realidad, doña Carmen sentía mucha curiosidad por conocer a esta nueva maestra. Según le contaban sus nietos, al principio la habían odiado con toda el alma, pero, quién sabe por qué, ahora estaban empeñados en que fuera ella quien les diera clase en la casa.

Cuando los pasos se acercaron, Aurora se levantó del sofá. La mirada de doña Carmen quedó al instante clavada en el rostro de Aurora. Hubo un extraño vuelco en el pecho de la anciana: el rostro de Aurora le parecía conocido, como si lo hubiera visto en alguna parte. Pero doña Carmen se apresuró a apartar esa idea. Se dijo que en este mundo era de lo más normal que la gente tuviera caras parecidas.

—¡Mira, abuela, te presento a la profesora Aurora! ¿Qué tal? ¿A que es guapísima nuestra maestra? —dijo Martina con tono entusiasta, rompiendo el silencio mientras le mostraba a su maestra ante la abuela.

—Y, profesora Aurora, le presento… ¡a nuestra abuela adorada! —añadió Mateo, no menos orgulloso.

Doña Carmen sonrió con calidez y le tendió la mano. —Soy Carmen, la abuela de los niños. Gracias, profesora Aurora, por dedicarnos su tiempo un día de descanso como este.

Aurora estrechó aquella mano con deferencia, inclinando un poco el cuerpo con mucha educación. —No hay de qué, doña Carmen. Es mi deber como tutora de ellos.

La dulzura y los buenos modales de Aurora, tan corteses, impresionaron enseguida a doña Carmen. —Bueno, entonces las dejo. La profesora Aurora y los niños estudiarán en el pabellón de atrás. Da la casualidad de que es un lugar muy cómodo y agradable, así que los muchachos podrán concentrarse mejor y no aburrirse tan pronto —dijo doña Carmen con amabilidad.

Aurora asintió conforme. —Muy bien, señora. Muchas gracias.

Los pasos de Aurora fueron ahora guiados por los gemelos hacia el pabellón trasero. En cuanto cruzó la puerta divisoria, la vista de Aurora se regaló con un jardín de flores dispuesto con enorme belleza, completo con el murmullo de una fuente y un gran estanque lleno de peces koi que nadaban ágiles. El ambiente era fresco y sereno. Aurora sonrió apenas, sintiendo que aquel lugar era, de verdad, ideal para estudiar.

Pero, tras toda esa placidez, Aurora no se dio cuenta de que un par de ojos agudos la observaban desde el piso de arriba.

Detrás de la ventana de su habitación, Alejandro estaba de pie, espiando por la rendija de la cortina entreabierta. Aquella tarde vestía de manera informal, aunque sin dejar de resultar atractivo, con una polo blanca y un pantalón de sport. La comisura de sus labios se elevaba en una sonrisa dichosa y muy sincera al ver a Aurora caminar por el jardín. Aurora solo llevaba una ropa de casa sencilla y el cabello recogido de cualquier manera, pero, a ojos de Alejandro, el aura de belleza natural de aquella mujer brillaba con mucha más fuerza.

Despacio, Alejandro retrocedió hasta su escritorio. Abrió un cajón secreto y sacó una vieja fotografía, algo gastada pero conservada con esmero.

La foto se había tomado hacía más de doce años, cuando ambos eran todavía muy jóvenes. En ella se veía a una Aurora aún inocente, con el uniforme del colegio y el cabello largo peinado en dos trenzas. A su lado, un Alejandro joven posaba con una sonrisa altiva pero feliz, rodeándole el hombro con fuerza. Al fondo se extendía un paisaje de plantaciones de té, verde, frondoso y envuelto en niebla.

Alejandro acarició con suavidad, con el pulgar, la parte de la foto donde aparecía el rostro de Aurora. Sus ojos la contemplaban llenos de añoranza.

Aurora… al fin volvimos a encontrarnos en esta casa. Y estoy seguro de que Dios todavía me concede una segunda oportunidad para reparar toda la ruina y los malentendidos del pasado, dijo Alejandro para sus adentros, con una determinación de acero. Espera a que llegue el momento, Aurora. Me encargaré de que sepas toda la verdad sobre aquella noche maldita.

*

*

En el pabellón, fresco y rodeado de aquel jardín frondoso, Aurora se sentó junto a los gemelos. Con paciencia, guiaba los dedos de Mateo y Martina para desmenuzar las hileras de números de su cuaderno de ejercicios. Esta vez, Aurora les había puesto a propósito primero los ejercicios más fáciles, para irles dando confianza.

—Verán, muchachos, si quieren resolver los problemas de Matemáticas con facilidad, tienen que esforzarse por memorizar las fórmulas básicas —les explicó Aurora con una voz dulce pero bien estructurada—. Y, además, deben saberse las tablas de multiplicar, por lo menos hasta la del diez. Esa es la clave principal para que de aquí en adelante les resulte más sencillo resolver problemas como estos.

Al oír una explicación tan ordenada y nada condescendiente, los gemelos empezaron a comprender un poco la materia. Ellos, que normalmente se mareaban con solo ver números, ahora ya no batallaban tanto con esos problemas de Matemáticas que siempre habían tenido por un monstruo aterrador.

—¡Vaya! Así que, sabiendo la fórmula, resolver un problema tan difícil como este se vuelve fácil, ¿verdad, profesora? ¡Muchas gracias, profesora Aurora! —exclamó Martina de forma espontánea.

De pura alegría, la muchacha se lanzó a abrazar a Aurora con fuerza. Aurora se quedó un instante desconcertada por aquel abrazo, pero un segundo después lo correspondió con calidez. Entre los brazos de su maestra, Martina sintió un aleteo extraño, una tibieza y una sensación de amparo propias de una madre, algo que nunca había tenido ni sentido desde que vino al mundo.

Mateo, sentado junto a su hermana, empezó también, en silencio, a sentir lo mismo. Esta vez su maestra tenía un aura de verdad distinta. La sinceridad y la bondad de su corazón se le notaban a leguas, aunque en el colegio Aurora tuviera fama de muy severa y regañona. Poco a poco, las defensas del orgullo de Mateo se derrumbaron; se sentía muy a gusto con su nueva maestra. Y es que Aurora, a conciencia, se ponía a la altura de una amiga para que sus alumnos no se sintieran cohibidos y pudieran abrirse más con ella.

En medio de aquel ambiente cálido, se oyeron unos pasos acercándose. Alejandro apareció por el corredor de la casa principal, acompañado de dos empleadas que traían una gran bandeja con toda clase de bocadillos, pastelitos y bebidas frescas.

—¡Uy, papá! ¿No estabas tú todavía ocupado con la pila de trabajo en el despacho? —preguntó Martina encantada, y enseguida se acercó a su padre.

Alejandro sonrió y le acarició suavemente el cabello a su hija. —Ya terminé mi trabajo, mi vida. Y resulta que también quería picar algo con ustedes… y con la profesora Aurora —dijo Alejandro, bajando el tono de voz al final de la frase mientras le lanzaba una mirada de reojo a Aurora.

Al captar aquella indirecta, Aurora se sobresaltó. Se apresuró a apartar la cara hacia el estanque de los koi, sin atreverse siquiera a mirar los ojos de Alejandro, que parecían tenerla atrapada.

Al saber que su padre quería acompañarlos, tanto Mateo como Martina se pusieron muy contentos. La presencia de Alejandro en un momento tan distendido era algo raro que ellos valoraban muchísimo.

—¡Venga, profesora, comamos algo! Descansemos un ratito para que el cerebro no se nos tense —la invitó Mateo, animado.

Aurora terminó por asentir. Volvió a sentarse y empezó a disfrutar de un vaso de jugo de naranja fresco para humedecerse la garganta reseca. Mientras tanto, Alejandro tomó su vaso, que contenía un capuchino frío.

Al ver la bebida en la mano de aquel hombre, los recuerdos de Aurora se dispararon hacia el pasado. Se acordó del día de su primera cita, allá en el pueblo. Aquella vez caía una lluvia torrencial que los obligó a resguardarse en un puestito de madera a la orilla del camino. En medio de una tarde de frío que calaba los huesos y de la espesa niebla que bajaba de la montaña, a Alejandro se le había ocurrido pedir un capuchino frío. Cuando Aurora se lo reprochó, él solo se rio y le dijo que no sentiría frío mientras la tuviera a ella cerca.

Aurora sonrió con amargura por dentro y se apresuró a deshacer aquel recuerdo antes de que los ojos se le llenaran de lágrimas.

—Oye, Mateo, ¡vamos a traer lo que dejamos en el cuarto! Que se lo queríamos enseñar a la profesora Aurora —le susurró Martina a su gemelo.

—¡Ah, cierto, casi se me olvida! Profesora, con permiso, subimos un momento al cuarto a buscar una cosa —se disculpó Mateo. Resultaba que los dos muchachos habían preparado una pequeña sorpresa como muestra de agradecimiento para Aurora.

Cuando los pasos de los gemelos se perdieron por el corredor de la casa, el ambiente del pabellón trasero cambió por completo. La calidez de antes se esfumó, reemplazada por un silencio sofocante y una incomodidad tremendamente pesada. Solo se oía el murmullo del agua de la fuente del estanque.

Aurora se apretaba los dedos sobre el regazo, con la vista fija al frente, sin ganas de volverse ni un poco hacia el hombre que estaba sentado a su lado.

Sintiendo que tenía una ocasión poco común, Alejandro se acomodó mejor. Adelantó el cuerpo y contempló el perfil de Aurora con una mirada honda y llena de añoranza. Al fin se armó de valor para preguntar, yendo directo a un asunto muy personal y delicado.

—Aurora… en estos doce años, ¿has estado con otro hombre? —preguntó Alejandro, con la voz ronca y grave. Hizo una pausa antes de continuar—. ¿De verdad… has logrado olvidarme?

El corazón de Aurora dio un vuelco.

Fue como si le hubieran asestado un mazazo en el pecho. Le retumbó por dentro con fuerza y la falta de aire la asaltó sin aviso.

¿Qué clase de pregunta es esa? ¡Alejandro, no me preguntes semejante disparate tan descarado después de lo que hiciste!, gritó Aurora por dentro, con un rechazo y una rabia que empezaban a encenderse tras su rostro impasible.

Continuará…

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Leticia Baeza Vazquez
esa zorra de la nueva secretaria 😡😡😡😡
Leticia Baeza Vazquez
hay x favor solo x darle gusto Alos padres así será de estúpida es una mujer estudiada pero parece una ignorante pendeja
Leticia Baeza Vazquez
espero y te des cuenta de la víbora q tienes x madre y esa maldita q bueno q se murió la desgraciada
Leticia Baeza Vazquez
esa mamada q ponen en todas las novelas afuerza aceptar lo q ofrecen si yo digo no es no y quién me obliga nadie osea era una porquería escritora ten más imaginación
Leticia Baeza Vazquez
hay x favor escritora 😡😡😡😡😡
Leticia Baeza Vazquez
Haver escritora y deja la estupidez y q ella no puede decir No oque diablos osea la pones como estúpida manipulable x unos putos mocosos asco
Leticia Baeza Vazquez
hay x favor escritora no mames osea la humilló x una putizorra ofrecida y ahora resulta q x unos escuincles la BAS hacer una maldita manipulable osea asco q se de su lugar y consiga alguien mejor y la valore , si no espera de mi todas las críticas 😡😡😡😡😡
Leticia Baeza Vazquez
eso de tener amigas zorras y disculpa escritora pero no la cages si dejas q ella y ese perro infiel desgraciado se quede con ella osea
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