Ella tiene curvas que esconde y un promedio impecable. Él es el hombre perfecto que la observa en secreto. Una noche, un plan macabro los une. ¿El resultado? Una mentira, un bebé y un amor que lo arriesgará todo.
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capitulo 7
Romina
Me sequé con la toalla, me puse una bata y nos sentamos en la pequeña sala. Le conté todo. Desde el calor extraño que sentí después de beber el vino, hasta la huida del bar cuando vi la mirada de León, la habitación oscura, el hombre misterioso que entró tras de mí. Le conté sus caricias, sus palabras, su delicadeza. Le conté que había sido mi primera vez. Y le conté que, aunque no había visto su rostro, aunque no sabía quién era, había sido... especial.
Cuando terminé, Laura se quedó muda por un largo rato. Su expresión pasó por varias fases, confusión, incredulidad, horror, y finalmente, una mezcla de enojo y preocupación.
—Me estás diciendo ...
dijo lentamente, con una voz tensa
—¿que un desconocido, en la oscuridad, en una habitación de un bar, se aprovechó de ti mientras estabas bajo los efectos de algo que claramente te pusieron en la bebida, Y que tú... te gustó?
—No fue así, Laura
intenté explicar.
— No fue un aprovechado. Fue... fue diferente. Fue dulce. Me trató como si valiera algo, como si fuera hermosa. Nadie me ha mirado nunca como él me miró en esa oscuridad.
—¡Pero no lo viste, Romi!
explotó Laura, levantándose.
— ¡No sabes quién es, Pudo ser cualquiera, Pudo ser uno de los secuaces de León, pudo ser un plan de ese idiota!
La posibilidad me golpeó como un puñetazo en el estómago. ¿Y si había sido un plan, Y si todo había sido una trampa? Recordé la mirada de León en el bar, esa maldad en sus ojos. Recordé a Valeria en el baño, su sonrisa falsa. Recordé el sabor del vino.
—Pero... no fue brusco
insistí, más para convencerme a mí misma que a Laura.
— Fue cuidadoso. Me preguntó si era mi primera vez, Lau. Se detuvo cuando sintió que me lastimaba. Me dijo que era hermosa, que era perfecta. Eso no es un monstruo. Eso no es alguien que quiere hacer daño.
Laura suspiró, pasándose las manos por el rostro. Se sentó a mi lado y me rodeó con un brazo.
—Romi, te quiero, y entiendo que esto es confuso para ti. Pero tienes que prometerme una cosa. Tienes que ir al médico. Hacerte pruebas. Y si sientes cualquier cosa rara, cualquier síntoma, me dices inmediatamente. ¿Me oyes?
Asentí, con la garganta anudada.
—Y otra cosa
continuó Laura, con voz más seria.
— Eso que sentiste en el cuerpo, ese calor, ese deseo incontenible... no es normal, Romi. Alguien te puso algo en la bebida. Y cuando descubra quién fue, lo mato.
—¿Valeria?
pregunté en voz alta.
—Esa perra siempre está tramando algo con León
gruñó Laura.
— No me extrañaría nada que hubieran sido ellos.
Pero algo no cuadraba. Si León hubiera querido lastimarme, si hubiera sido su plan, ¿por qué el hombre en la habitación había sido tan diferente, Por qué no había sido León? La imagen de sus ojos azules brillando con maldad en el bar volvió a mi mente. No, no había sido él. De eso estaba segura, o eso creía.
Pasaron los días. Las semanas.
Laura y yo nos sumergimos en la vorágine de ser graduadas en busca de trabajo. Currículums enviados, entrevistas, llamadas, silencios. La vida real comenzaba, y con ella, la necesidad de dejar atrás lo que había pasado. O al menos, de aprender a vivir con ello.
Yo había trabajado medio tiempo durante toda la carrera para sostenerme, en una cafetería, dando clases particulares de contabilidad, haciendo facturas para pequeños comercios. Ahora, con el título bajo el brazo, las opciones parecían ampliarse, pero también la competencia. Cada día enviaba decenas de currículums, cada tarde esperaba respuestas que casi nunca llegaban.
Mi familia... mis padres, mis hermanos... ellos no habían podido venir a mi graduación. Me llamaron esa noche, llorando de orgullo, disculpándose por no haber estado.
—El billete está muy caro, hija.
dijo mi mamá con la voz rota.
—Pero estamos aquí contigo, en el corazón.
Les envié fotos, les prometí que pronto tendrían dinero para visitarme, o quizás yo para visitarlos. Mi título era por ellos. Por mi papá, por mi mamá, por mis hermanos. Para que ellos también pudieran tener oportunidades.
Pero en las noches, cuando me quedaba sola en mi habitación, cuando el silencio del apartamento se volvía cómplice, los recuerdos volvían. Su voz. Sus manos. Sus palabras. Y aunque había decidido dejarlo atrás, aunque sabía que probablemente nunca sabría quién fue, una parte de mí atesoraba esa noche como algo solo mío. Algo que nadie me podía quitar.
Algo que, inexplicablemente, me había hecho sentir viva por primera vez.
Laura me vigilaba de cerca, pendiente de cualquier cambio, de cualquier síntoma. Fui al médico, como me pidió. Todo estaba bien. Físicamente, estaba bien. Pero emocionalmente... era un territorio que ni yo misma entendía.
A veces lloraba sin saber por qué. A veces sonreía recordando sus caricias. A veces sentía una mezcla de ambas cosas, un nudo en el pecho que no sabía si era nostalgia, deseo o simplemente la confusión de haber vivido algo tan intenso con un desconocido al que jamás volvería a ver.
Y mientras tanto, la vida seguía. Las entrevistas, las cuentas por pagar, los sueños de un futuro mejor. La noche de graduación quedaba atrás, como un sueño del que solo quedaban las marcas en mi cuello y el recuerdo imborrable de unas manos que me hicieron sentir, por primera vez, que mi cuerpo no era una carga, sino un regalo.
Pero algo en mi interior, algo pequeño y persistente, me decía que esa historia no había terminado. Que el destino, o el azar, o lo que fuera que gobernaba estas cosas, me tenía preparado un encuentro. Y que cuando ocurriera, todo cambiaría.
No sabía cuándo. No sabía cómo.
Pero lo sentía en los huesos.
Continuara...