Perséfone renació con un único propósito: corregir el error que destruyó su vida anterior. Pero no esperaba que la misma familia que juró protegerla volviera a condenarla.
Una mentira de Afrodita despierta la furia de Apolo, el dios del sol. Ciego de rabia, la golpea hasta dejarla al borde de la muerte, mientras Zeus y Deméter permanecen en silencio.
Cuando Perséfone cree que volverá a morir, alguien detiene el golpe.
Hades.
El temido dios del inframundo desafía a los olímpicos, descubre la mentira y salva a la mujer que todos abandonaron. Herida y desesperada, Perséfone toma una decisión que cambiará su destino: seguirlo voluntariamente al reino de la muerte.
Allí descubrirá que el monstruo que todos temen puede convertirse en su refugio, mientras ella devuelve flores a su oscuridad y vida a su corazón.
Pero Apolo descubrirá demasiado tarde a quién perdió.
Y esta vez, Perséfone no piensa regresar, porque allí encontró el amor que siempre mereció de verdad.
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La vida que no fue: la espera
La noche de bodas terminó en calma, entre susurros y promesas que sabían eternas. Pero cuando Perséfone cerró los ojos, no vio el jardín de flores negras ni el rostro de Hades. Vio otra cosa. Vio otro tiempo. Vio la vida que podría haber tenido… si hubo elegido quedarse.
Soñó con aquel mismo día, un año atrás. Pero en ese sueño, Hades no había venido a buscarla. O mejor dicho… ella no lo siguió.
Lo vio aparecer en el umbral del palacio, con la mano extendida, esperándola. Ven conmigo, le había dicho. Aquí nadie te verá. Aquí nadie te lastimará. Y ella, con el corazón roto pero aún aferrado a una esperanza tonta, ciega, dolorosa… negó. No puedo, le dijo. Lo amo. Tengo que esperarlo. Tengo que darle una oportunidad.
Hades la miró entonces, con una tristeza infinita, como si ya supiera el destino que ella estaba eligiendo. —Si eso es lo que quieres —susurró—. Pero si algún día te arrepientes, si un día el sol se vuelve demasiado caliente para ti… yo estaré esperando. Siempre. Y se fue. Las puertas se cerraron tras él, y ella se quedó sola, en medio del pasillo frío del Olimpo, convencida de que estaba haciendo lo correcto. Convencida de que el amor requiere paciencia, de que el perdón lo cura todo, de que Apolo… algún día, quizás… la amaría como ella merecía.
Esperó.
Días. Semanas. Meses. Se quedó en su habitación, sin salir, esperando a que él viniera. Esperando a que se diera cuenta de su error, de que Afrodita era la mentira y ella la verdad. Lloró cada noche, abrazándose a sí misma, repitiéndose que valía la pena esperar, que el amor verdadero no se rinde, que si aguantaba lo suficiente… él volvería.
Pero él no vino.
Cuando por fin salió, semanas después, el palacio seguía igual de brillante, igual de falso. Lo encontró en los jardines, el mismo jardín donde antes la golpeaba. Estaba con Afrodita, riendo, tomándola de la cintura, mirándola con esa adoración ciega que nunca había dirigido hacia ella. Y al ver a Perséfone, su sonrisa desapareció. No con arrepentimiento. Con molestia. Como si ella fuera una mancha en su día perfecto.
—¿Sigues aquí? —le preguntó, con voz fría, sin un rastro de afecto—. Creí que te habías ido. ¿No tenías orgullo?
Ella tragó saliva, sintiendo cómo el corazón se le encogía.
—Te esperé —susurró—. Te esperé todo este tiempo. Pensé que… pensé que cuando te calmaras… verías la verdad.
Afrodita soltó una risa suave, cruel, y se acercó a Apolo, recargándose en su pecho.
—¿La verdad, hermana? —dijo con dulzura venenosa—. La verdad es que él me eligió a mí. La verdad es que tú solo eras útil para prepararle las infusiones, y ahora que yo aprendí a hacerlo… ya no necesitamos tu ayuda.
Perséfone sintió que el mundo se le caía encima.
—¿Aprendiste? —repitió, sin entender—. Tú nunca quisiste aprender. Tú solo…
—No importa lo que yo haga —la cortó Apolo, dando un paso hacia ella, con los ojos brillando de ira—. Lo que importa es que ella me ama. Y tú… tú siempre estuviste celosa. Siempre quisiste lo que teníamos nosotros. No volveré a permitir que la difames. No volveré a permitir que la lastimes con tus mentiras.
—No miento —suplicó ella, sintiendo cómo las lágrimas le quemaban los ojos—. Apolo, por favor… mírame. Solo mírame un instante. ¿De verdad no recuerdas nada de lo que pasamos? ¿De verdad crees que ella podría cuidarte como yo lo hacía?
Él levantó la mano. No para acariciarla. Para señalarle la salida.
—Vete. Antes de que me enfade de verdad. No quiero verte cerca de ella. No quiero verte cerca de mí. Si de verdad me amaste, como dices… entonces déjame ser feliz. Déjanos en paz.
Se dio la vuelta y se marchó, tomando la mano de Afrodita, dejándola allí de pie, sola, con el corazón hecho pedazos, entendiendo por fin la verdad más dolorosa de todas: él no estaba ciego. Él no se había equivocado. Él la elegía a ella, una y otra vez, con los ojos bien abiertos.
Perséfone despertó sobresaltada, con el corazón golpeándole desbocado, el sudor frío recorriéndole la espalda. Miró a su alrededor: la habitación cálida, la luz tenue, el brazo de Hades pesando suavemente sobre su cintura, su respiración tranquila en su nuca. Estaba en el Inframundo. Estaba segura. Estaba amada. Pero el recuerdo de aquella otra vida, de aquella elección que NO tomó, le dolía tanto como si la hubiera vivido de verdad. Porque casi la vivió. Casi se quedó. Casi esperó hasta morir por alguien que jamás la habría valorado.
Hades se movió lentamente y la abrazó más fuerte, sin despertar, como si su propio espíritu supiera que ella acababa de regresar de un lugar oscuro y peligroso. Perséfone cerró los ojos de nuevo, apretándose contra él, agradeciendo en silencio que no hubiera sido real. Que hubiera elegido el camino correcto. Que él la hubiera esperado.
Pero sabía, en lo más profundo de su alma, que aquel recuerdo no era solo un sueño. Era una advertencia. Era el destino que casi le toca. Y los siguientes capítulos de su memoria solo serían más oscuros, más dolorosos… hasta llegar al final de aquella otra vida.