Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.
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LA FIESTA DE LOS INGENUOS
La semana transcurrió con la precisión de un reloj suizo. Dante no perdió el tiempo. Compró tres empresas en dos días, aplastó a dos competidores que intentaron moverle el piso, y supervisó personalmente el derrumbe financiero de la familia Zorich. Le divertía. Le parecía justo.
— El padre de Valeria aceptó —le informó Javier, entrando al despacho con la libreta en la mano—. Se casa con Rinaldi dentro de quince días. El viejo tiene setenta y cinco años, seis esposas muertas y nadie se atreve a decirle que no. La familia Zorich no tiene ni para pagar los velos. Aceptaron el trato con los ojos cerrados.
Dante soltó una risa seca, sin calor, pero con pura satisfacción.
— Excelente. Anota la fecha. Mándales un regalo grande. Llamativo. Que todos sepan que vino de mí. Que sepan que brindo por ellos. ¿Qué más hay?
— Una invitación, señor. Esta noche. Exposición de arte y cóctel de caridad.
— ¿Caridad? —repitió él, con desdén—. ¿Para qué? ¿Para que los ricos se hagan las buenas personas frente a cámaras?
— No lo especifican del todo, pero dicen que es para llevar equipos tecnológicos a escuelas rurales. Niños de zonas alejadas. Sin cobertura de prensa. Sin discursos. Solo… material. Lo dirige Elías Varela.
— ¿Varela? —Dante alzó una ceja—. El que no sale en revistas, no da entrevistas y construye escuelas sin que nadie se lo pida. Ya veo. ¿Y por qué me invitan?
— La nota decía: las buenas obras no necesitan solo buenas intenciones. También necesitan efectivo. Y que usted lo maneja en grandes cantidades.
Dante sonrió, genuinamente entretenido.
— Directo. Me gusta. Pues vayamos. A ver qué traman estos santos de pacotilla.
Llegó a la fiesta sin escolta exagerada, solo con Javier. El lugar era amplio, bien iluminado, cuadros en las paredes, gente de traje, copas de vino, conversaciones bajas y educadas. Nadie gritaba. Nadie amenazaba. Nadie pedía dinero con gritos. Todo era suave, pulcro, cuidadosamente falso.
Caminó despacio por el pasillo principal, mirando los cuadros sin detenerce, saludando con un gesto breve a quienes se atrevían a mirarlo. No buscaba a nadie. No esperaba encontrar a nadie. No había rastro de Lía. No la necesitaba ahí. Esto era otra cosa. Otro juego.
Cuando cruzó el umbral de la sala principal, se detuvo un instante, barrió el lugar con la mirada, y curvó los labios en una sonrisa fría, calculadora, llena de escepticismo.
— Interesante —murmuró, lo suficientemente bajo para que solo Javier lo escuchara—. Veremos qué nuevas tienen estos imbéciles.
Siguió caminando, con paso firme, dueño de cada metro que recorría. No vino para dar dinero. Vino para ver. Para medir. Para saber si alguien más se atrevía a jugar en su ciudad sin pedirle permiso primero. Y mientras avanzaba, entre sonrisas educadas y saludos corteses, su mente ya estaba trabajando: ¿qué quería Varela de verdad? ¿dónde estaba el negocio? ¿dónde estaba la trampa? Porque en su mundo… nada era gratuito. Y la caridad… la caridad era solo otra forma de poder.
— Señor Valero —se acercó un hombre mayor, con mano firme y mirada sincera—. Soy Elías Varela. Gracias por venir.
Dante le estrechó la mano, sin dejar de sonreír.
— Gracias por invitarme. Me dijeron que necesitaban efectivo. Aquí estoy. Muéstreme dónde va. Pero no me mienta. Porque yo descubro las mentiras rápido. Y no me gustan.
Varela asintió, sin inmutarse.
— No hay mentiras aquí, señor Valero. Solo hay trabajo. Y niños que necesitan herramientas. Si quiere ayudar, bienvenido. Si quiere investigar… también. Todo está a la vista.
Dante lo miró, midiendo cada palabra, cada gesto. Y por primera vez en mucho tiempo… no supo de inmediato si era un aliado o un enemigo. Y eso… eso le interesó.
— Bien —dijo, soltándole la mano—. Entonces empiece a hablar. Tengo tiempo hasta que me aburra. Y no tardo mucho.