Morí por trabajar demasiado y desperté como la villana de una novela. Mi esposo está en coma, mi hijo me odia y estamos a punto de quedarnos sin dinero. Conociendo el trágico futuro que nos espera, decidí cambiarlo todo. Esta vez cuidaré de mi familia, protegeré a mi esposo y le daré a mi hijo el amor que nunca recibió. Aunque... parece que ambos creen que me volví completamente loca. ✨💕📖
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Tensión de amor
El cuarto quedó en silencio cuando Valeria empujó la silla de ruedas hasta el interior.
Sebastián no dijo nada, pero sus ojos recorrieron cada rincón con calma. La habitación ya no se veía fría ni vacía como antes. Las cortinas estaban abiertas, la cama tenía mantas nuevas y todo se sentía más cálido… más vivido.
Lucas, en cambio, sonrió feliz.
—¿Ves, papá? Mami cambió todo para que tu cuarto no se viera triste.
Valeria casi se atragantó.
—Lucas, mi amor… no hace falta contar todo.
—Pero es verdad —dijo él, inocente—. También cambió tu almohada porque decía que parecía de muerto.
Sebastián giró despacio la cabeza hacia ella.
Valeria sonrió tiesa.
—No lo dije tan así…
Él no respondió. Solo soltó un suspiro cansado y apoyó la cabeza en el respaldo. El agotamiento seguía marcado en su rostro, y a Valeria se le borró la vergüenza al instante.
—Voy a traerte la comida —murmuró—. No te muevas.
Sebastián alzó una ceja.
—Claro. Justo pensaba salir a correr.
Valeria le lanzó una mirada y salió del cuarto. Volvió poco después con una bandeja: sopa, arroz suave, verduras y agua.
Sebastián miró el plato con desconfianza.
—¿Qué es esto?
—Comida.
—Parece castigo.
—Es comida para alguien que estuvo siete años en coma, no un banquete de boda.
Lucas soltó una risita.
Valeria tomó la cuchara, sopló la sopa y se la acercó.
—Abre la boca.
Sebastián la miró como si lo hubiera insultado.
—Puedo comer solo.
—Con las manos temblando, no.
Él quiso protestar, pero al ver la cara firme de Valeria y a Lucas observando con ojos brillantes, terminó abriendo la boca de mala gana.
Lucas sonrió, encantado.
—Papá sí hace caso.
Valeria no pudo evitar una pequeña sonrisa. Le dio de comer despacio, con más cuidado del que pensaba que tenía. Sebastián se quejaba con la mirada, Lucas se reía bajito y, por un momento, la escena se sintió extrañamente cálida.
Cuando terminó, Valeria le alcanzó el agua.
—¿Mejor?
—No.
—¿Ahora qué?
—Ahora me siento oficialmente inválido.
Lucas ladeó la cabeza, pensativo.
—No eres inválido, papá. Solo estás… desoxidado.
Hubo un segundo de silencio.
Y Valeria se echó a reír.
Hasta Sebastián terminó cerrando los ojos con resignación, mientras Lucas sonreía orgulloso de sí mismo.
Poco después, el sueño venció al niño. Empezó a frotarse los ojos y a acurrucarse en la cama.
—Ven, pequeño murciélago —dijo Valeria, acercándose—. Hora de dormir.
Lucas hizo un puchero.
—Pero quiero quedarme con papá.
—Mañana podrás estar con él todo el día —le prometió ella.
Lucas miró a Sebastián con una seriedad que no parecía de su edad.
—¿De verdad mañana vas a seguir aquí?
Sebastián lo observó unos segundos antes de responder.
—Sí. Voy a seguir aquí.
Lucas sonrió al instante, aliviado.
Valeria lo tomó en brazos, le dio las buenas noches a Sebastián y lo llevó a su habitación. Lo acostó, lo tapó con cuidado y le besó la frente.
—Mami… —murmuró Lucas, ya medio dormido—. Ahora sí parecemos una familia de verdad…
Valeria sintió un nudo en la garganta.
—Sí, mi amor —susurró, acariciándole el cabello—. Ahora sí.
Cuando Lucas se durmió, Valeria volvió al cuarto principal.
Empujó la puerta con cuidado.
—¿Sebastián…?
No hubo respuesta.
La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz de la luna. Entonces escuchó un ruido seco.
Luego otro.
Valeria se quedó quieta.
—No me digas que hay un fantasma…
Otro golpe la hizo girar de golpe hacia la cama.
Y ahí lo vio.
Sebastián estaba medio incorporado, con la manta enredada entre las piernas y una expresión de fastidio absoluto.
—¡¿Qué estás haciendo?! —susurró ella, llevándose una mano al pecho.
—Intentando acostarme sin morir en el proceso.
Valeria exhaló, todavía asustada.
—Casi me matas del susto. Pensé que había un espíritu.
—No. Solo tu esposo abandonado en la oscuridad.
Ella entrecerró los ojos.
—Hace un rato te quejabas de que no querías que te tratara como inválido.
—Y ahora me quejo de que me dejaste solo.
Valeria resopló, pero se acercó enseguida. Lo encontró medio destapado, visiblemente tenso por el esfuerzo, y su expresión cambió.
—No tenías que intentar moverte solo —murmuró, acomodándole la almohada.
—Cuando estaba en coma me hacías más caso —soltó él.
Valeria lo miró, incrédula.
—¿Estás celoso de tu versión en coma?
—Estoy diciendo que eras menos problemática.
—Y yo estoy diciendo que deberías agradecer que no te dejé tirado.
Sin esperar respuesta, tomó la manta y empezó a cubrirlo bien. La acomodó con cuidado sobre sus piernas, su abdomen, sus hombros, murmurando por lo bajo.
—Mira cómo te destapaste… si te resfrías no pienso cuidarte… bueno, sí te voy a cuidar, pero me voy a quejar…
Sebastián se quedó en silencio mirándola. Mirando sus manos, su ceño fruncido, la forma en que lo tapaba con una ternura que no encajaba con la Valeria que él recordaba.
Cuando ella se inclinó un poco más para acomodar la sábana cerca de su hombro, Sebastián le sujetó la muñeca.
Todo pasó demasiado rápido.
Valeria perdió el equilibrio y cayó sobre él, con las manos apoyadas a ambos lados de su cuerpo.
Quedaron frente a frente.
Demasiado cerca.
Su respiración se mezcló en el aire quieto de la habitación.
Valeria abrió mucho los ojos.
Sebastián no la soltó.
—S-Sebastián… —susurró ella, sintiendo el corazón desbocado.
Él la miró en silencio, bajó un instante la vista a sus labios y volvió a subir.
—Te caes mucho encima de mí —murmuró con voz grave.
Valeria sintió que le ardían las mejillas.
—Tú me jalaste.
—Sí.
—¡Y lo dices así nada más!
—No veo el problema.
Ella abrió la boca para protestar, pero no salió nada.
Porque Sebastián seguía mirándola fijo, sin soltarle la muñeca, con esa calma peligrosa que la dejaba sin aire.
Valeria tragó saliva.
—Me… me tengo que levantar.
—Entonces levántate —dijo él.
Pero no la soltó.
Y en el silencio de la habitación, con la luna colándose por la ventana y sus rostros a centímetros de distancia, Valeria tuvo la sensación de que si se quedaba un segundo más así… iba a perder la cabeza.