Jessica estaba a punto de casarse con el hombre que creía amar… hasta que descubrió que Cedric la engañaba con su propia hermana.
Destrozada por la traición, Jessica se cruza con Cristóbal, el padre de Cedric, un poderoso empresario que guarda sus propios secretos. Cuando la madre de Jessica muere inesperadamente, una serie de misterios familiares salen a la luz.
Mientras Cedric, Julieta y la exesposa de Cristóbal conspiran para destruirla y quedarse con una fortuna, Jessica descubre que la persona que menos esperaba podría convertirse en su mayor aliado… y en el amor que jamás imaginó.
Una traición. Una familia llena de secretos. Una fortuna en peligro. Y un amor prohibido que nadie vio venir.
¿Jessica descubrirá la verdad antes de perderlo todo
NovelToon tiene autorización de patricia sinisterra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13 — El testamento
Apenas el abogado se marchó, el teléfono de Cristóbal comenzó a sonar con insistencia. Una, dos, tres veces. Al ver el nombre en pantalla, apretó la mandíbula y me miró con expresión sombría.
—Es Cedric —dijo, y al tercer timbre, contestó—. ¿Qué quieres?
No necesité escuchar para saber lo que decía. Por el tono de voz de Cristóbal, por la rigidez de su postura, comprendí que la noticia del testamento había llegado a oídos de mi ex prometido mucho antes de que termináramos de leerlo. Alguien nos había escuchado. Alguien dentro de la casa.
—Ya sabe —susurré cuando él colgó, con el corazón latiéndome con fuerza—. ¿Cómo es posible?
—No importa cómo —respondió Cristóbal, con voz grave—. Lo importante es que está furioso. Exige una reunión. Ahora mismo. Dice que hay cláusulas en el testamento que afectan a todos y que no puede esperar.
Media hora después, la sala de juntas de la mansión estaba llena de gente que no quería ver. Cedric llegó primero, con paso rápido y rostro desencajado, seguido de cerca por Julieta, que no me miró ni una sola vez, y Valeria, que entró con la calma de quien ya conoce el desenlace. El abogado regresó poco después, con el testamento original en la mano, visiblemente incómodo por la situación.
—Leamos todo, de una vez —exigió Cedric, golpeando la mesa con el dedo—. No vamos a permitir que una sola persona se quede con todo. Hay algo que no cuadra y lo vamos a averiguar.
El abogado abrió el documento y comenzó a leer en voz alta. Yo permanecía sentada al lado de Cristóbal, sintiendo las miradas pesadas de los demás sobre mí. Las primeras disposiciones ya las conocíamos. La casa, los ahorros, los objetos personales. Pero cuando llegó a la parte final, su voz se volvió más lenta, más cuidadosa.
«Y finalmente, establezco como condición innegociable: si alguna de mis herederas —ya sea Jessica o Julieta— se casa o mantiene una relación sentimental con un miembro de la familia Alarcón sin que se aclare primero la verdad sobre la desaparición de Leonardo y los orígenes de la empresa, perderá automáticamente todos sus derechos. La herencia completa quedará entonces para la otra hermana.»
Un silencio absoluto cayó sobre la habitación. Julieta abrió los ojos de par en par, mirándome con sorpresa y luego con una sonrisa fría y calculadora. Cedric golpeó la mesa con el puño, poniéndose de pie de un salto.
—¡Eso es absurdo! —gritó—. ¿Qué clase de condición es esa? No puede prohibirnos nada de eso. Es ilegal.
—Es legal y está firmada —respondió el abogado con firmeza—. Fue redactada hace seis meses, con testigos y asesoría legal. Su voluntad es clara y debe cumplirse.
—Entonces todo se reduce a esto —dijo Valeria, rompiendo su silencio con voz suave pero cortante—. Si Jessica se acerca a Cristóbal, pierde todo. Si Julieta se acerca a Cedric… pierde todo. Y la que quede, se lleva la herencia entera. ¿Verdad?
—Exacto —confirmó el abogado.
Julieta soltó una risa amarga y me miró con desprecio.
—Qué conveniente para ti, hermana. Así puedes quedarte con todo… mientras yo me quedo sin nada. Pero no creas que ganas. Si yo no puedo tenerlo, tú tampoco.
—No se trata de ganar ni perder —respondí, levantándome y enfrentándola—. Se trata de la verdad. Mamá quería que supiéramos la verdad antes de unirnos a su familia. Sabía algo. Sospechaba algo. Y no quería que repitiéramos sus errores.
—¡Mentira! —gritó Cedric, señalándome con el dedo—. Esto es una trampa tuya. Tú la pusiste en su contra. Tú la convenciste de escribir esto para separarnos de ella. Pero no va a funcionar. No voy a permitir que nos manipule así.
—No es manipulación —dijo Cristóbal, levantándose de golpe y poniéndose entre nosotros—. Es la voluntad de una mujer que vivió con miedo toda su vida. Y ahora, si quieren la herencia, si quieren cualquier cosa que pertenezca a esta familia… tendrán que enfrentarse a la verdad. Igual que nosotros.
Valeria observaba todo con una sonrisa tenue, como si estuviera viendo exactamente lo que esperaba ver.
—Entonces la guerra está declarada —dijo, mirándonos a todos—. Las reglas están claras. Cada una de ustedes debe elegir: el amor o el dinero. Y la que elija mal… lo perderá todo. Qué interesante.
—No hay elección —respondí, mirándola a los ojos—. La verdad saldrá primero. Y después… veremos qué queda.
—No cuentes con eso —dijo Julieta, poniéndose de pie—. Yo no voy a esperar a que aclaremos nada. Si la regla es que solo una puede ganar… haré todo lo posible para que seas tú la que pierda.
Salieron de la sala uno tras otro, dejando tras de sí un aire cargado de amenazas y promesas oscuras. Cuando la puerta se cerró, me dejé caer en la silla, sintiendo el peso de la cláusula sobre mis hombros. Mi madre lo había previsto. Había sabido que nos enfrentaríamos. Que el amor y el dinero chocarían. Y nos había puesto a prueba.
Cristóbal se acercó lentamente, como si temiera que su cercanía me hiciera daño.
—Lo siento —dijo, con voz baja—. No quería que fuera así. Si alguien nos ve juntos… pierdes todo. Tu madre lo dejó claro.
Lo miré, sintiendo cómo el corazón se me rompía en dos. La verdad que nos unía era la misma que nos separaba. El amor que empezaba a nacer entre nosotros estaba prohibido por la única persona que siempre me había protegido. Y ahora, elegirlo a él significaba perder todo lo que mi madre me había dejado para luchar.
—No me importa la herencia —susurré, aunque sabía que no era verdad—. Pero no puedo perder la verdad. No puedo perder lo que ella protegió toda su vida.
Cristóbal asintió, con dolor reflejado en sus ojos verdes.
—Entonces caminaremos con cuidado. Nos mantendremos separados, en apariencia. Pero juntos, en la verdad. Porque ella no nos prohibió buscarla. Solo nos prohibió unirnos sin ella. Y hasta que no sepamos todo… no podemos estar juntos.
Era la sentencia más cruel de todas. Teníamos que descubrir la verdad para poder estar juntos. Pero mientras la buscábamos, no podíamos acercarnos. No podíamos tocarnos. No podíamos amarnos. Y en medio de esa guerra, con todos en contra, lo único que nos daba fuerzas era la promesa de que, al final, si sobrevivíamos, la verdad nos permitiría ser libres.