Por amor, la Princesa Vivianne lo entregó todo. Se casó con Alexander, el hijo de un barón, creyendo en sus falsas promesas. ¿Su recompensa? Ser humillada, traicionada por su mejor amiga, desterrada por su propio padre y, finalmente, asesinada en un callejón oscuro.
Pero la sangre del Emperador esconde un secreto. En su último aliento, la magia de Vivianne despierta, haciéndola retroceder en el tiempo hasta la noche en que todo comenzó.
De regreso en el palacio, Vivianne ya no es la joven ingenua de antes. Ha jurado proteger a su padre, salvar su imperio y destruir a quienes la pisotearon. Aunque deba ensuciarse las manos y volverse despiadada, esta vez ella ganará la guerra. Pero lo que no sospecha es que un par de intensos ojos rojos vigilan cada uno de sus movimientos desde las sombras... ¿Un nuevo enemigo o el aliado que necesita para su venganza?
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10: El juramento de medianoche
Las notas del último vals de la noche comenzaron a disolverse en el aire denso del gran salón, arrastrando consigo las risas hipócritas y los murmullos de una aristocracia agotada de sus propios juegos de apariencias. Vivianne aprovechó el sutil desorden de las despedidas para apartarse de la comitiva de duques que aún buscaban su atención. Cruzó los pesados cortinajes de terciopelo que daban acceso a la terraza privada del ala oeste, buscando con urgencia la soledad de la noche.
Al salir, el aire gélido de la medianoche la golpeó de frente, colándose por el encaje plateado de sus mangas y devolviéndole la lucidez. Apoyó ambas manos en la barandilla de piedra de la terraza, contemplando la inmensidad de la capital imperial que se extendía a sus pies, iluminada por miles de antorchas distantes.
Sola en la oscuridad, Vivianne se permitió finalmente flaquear. Soltó un suspiro largo, sintiendo cómo los hombros se le vencían bajo un peso invisible pero abrumador: el peso de arrastrar en su mente los recuerdos crudos de su propia muerte. Había logrado aplastar la primera estocada de Alexander y Lucia, sí; se había ganado el respeto de la corte y su padre la miraba con orgullo. Pero el esfuerzo de mantener la máscara de soberana implacable, cuando por dentro aún podía sentir el frío de la hoja de acero atravesando su pecho en aquel callejón oscuro, la dejaba exhausta, al borde del colapso emocional.
Cerró los ojos, aferrándose al mármol frío para no dejarse arrastrar por los fantasmas de su vida pasada.
—Llevar el peso del futuro en una espalda tan joven suele ser una carga demasiado solitaria, Su Alteza.
La voz profunda, rasposa y sumamente baja vibró a su espalda, fundiéndose con el viento de la noche. Vivianne abrió los ojos de golpe y se giró con la guardia en alto, el corazón dándole un vuelco violento contra las varillas del corsé. No había escuchado pasos. No había sentido el crujido de la grava.
Stefan emergió de la penumbra de las glicinas que trepaban por los muros de la terraza, moviéndose con la sigilo absoluto de un depredador nocturno. Sin embargo, lo que hizo que Vivianne diera un paso atrás, contenida por la barandilla, no fue su repentina aparición, sino el gesto que el Duque del Norte hizo a continuación.
Con un movimiento lento y aristocrático de su mano enguantada, Stefan se despojó de la máscara de cuero negro que había ocultado su identidad durante toda la velada.
El rostro que quedó al descubierto bajo la pálida luz de la luna dejó a Vivianne sin aliento. Tenía unas facciones perfectas, de una belleza fría, afilada y estrictamente aristocrática. Su mandíbula era marcada, de líneas duras que hablaban de inviernos crueles y batallas ganadas, y su cabello negro azabache caía con sutil rebeldía sobre una frente despejada. Pero el contraste más perturbador y magnético radicaba en sus ojos: desprovistos de la barrera de la máscara, aquellas dos pupilas de un rojo carmesí brillante parecían fuego líquido, intensas, salvajes y completamente fijas en ella.
Stefan avanzó dos pasos, acortando la distancia con una familiaridad peligrosa. Luego, ante la mirada atónita de la princesa, el temido Lobo del Norte flexionó una rodilla, apoyándola sobre el suelo de piedra de la terraza.
No era una reverencia de sumisión real. No había rastro de la obediencia ciega que los nobles de la capital fingían ante la corona. La espalda de Stefan permanecía recta, su mentón en alto y sus ojos rojos clavados en los de Vivianne. Era la postura de un guerrero sellando un pacto, la entrega de un socio que reconocía a su igual.
—Duque Stefan... ¿Qué significa esto? —consiguió articular Vivianne, forzando a su voz a recuperar el tono firme de la realeza.
—Significa que el Norte necesita una emperatriz fuerte, alguien con el acero suficiente en las venas para sostener las riendas de este territorio cuando el invierno final ruede sobre nosotros —respondió Stefan, y su voz barítona pareció arrastrar el frío de las montañas—. Y significa que yo sé perfectamente lo que está haciendo, Su Alteza. He visto cómo se mueve en el salón. Sé que no busca simplemente defenderse; sé que busca la destrucción absoluta de las familias que osaron interponerse en su camino. Conozco esa mirada de venganza. Es la misma que yo cargo.
Vivianne sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el viento de la medianoche. El duque estaba leyendo sus intenciones con una precisión milimétrica.
Stefan extendió su mano derecha hacia ella, con la palma hacia arriba. Un guante de cuero negro que prometía la fuerza necesaria para derribar murallas.
—Le propongo un compromiso secreto, Vivianne —sentenció el duque, pronunciando su nombre de pila por primera vez con una gravedad que la hizo estremecer—. Ayúdeme a limpiar el consejo del norte de los traidores que debilitan mis fronteras y conspiran contra la corona. A cambio, yo me convertiré en su sombra. Seré la espada oculta que ejecute, sin dejar rastro, a cualquiera que ose tocar un solo cabello de su cabeza o de la de su padre. Le entregaré las cabezas de Alexander y Lucia en una bandeja de plata si así lo desea.
Vivianne clavó la mirada en la mano extendida de Stefan, y luego en el brillo carmesí de sus ojos. El silencio de la medianoche las envolvió, pesado y preñado de consecuencias.
En su vida anterior, su mundo se reducía a las intrigas mezquinas de un barón y una falsa amiga en un rincón olvidado del imperio. Pero ahora, al mirar al hombre arrodillado frente a ella, Vivianne comprendió que el juego había cambiado de manera definitiva. Al aceptar al Lobo del Norte, su tablero se expandía más allá de las paredes del palacio. Su venganza ya no era solo una revancha personal contra quienes la asesinaron; se acababa de volver un asunto de Estado, una guerra geopolítica mucho más grande, oscura y letal.
Lentamente, Vivianne levantó su propia mano enguantada en plata, suspendiendo sus dedos a escasos centímetros de la palma del duque, consciente de que cruzar esa línea significaría encender el fuego que consumiría a todo el imperio.
felicidades por tus novelas.