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Las Veredas Del Alma

Las Veredas Del Alma

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Romance / Amor eterno
Popularitas:166
Nilai: 5
nombre de autor: marig

Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.

NovelToon tiene autorización de marig para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 18: El despertar y la furia

El orgullo, por más alto y rígido que se construya, solo dura hasta que el amor es más fuerte y la ausencia se vuelve un veneno intolerable. Después de unos días de una distancia insoportable, donde cada rincón del barrio parecía recordarle lo que había perdido, Bruno no aguantó más. Caminando sin rumbo por las calles de tierra del barrio, bajo un cielo gris que amenazaba tormenta, vio a Camila caminar a lo lejos. Al mirarla con atención, supo de inmediato que no podía seguir un segundo más en esa guerra silenciosa; ella no tenía los ojos altaneros de una chica caprichosa que buscaba controlarlo o castigarlo, sino la mirada completamente apagada, triste y cansada de alguien que extrañaba con toda el alma los días de la vereda. Tragándose por completo el orgullo herido y el miedo paralizante al rechazo, Bruno apuró el paso, la interceptó justo antes de que ella pudiera cruzar la reja de entrada de su casa y la agarró del brazo con una suavidad tan desesperada que conmovía.

—Camila, por favor, te lo suplico —le dijo con la voz completamente quebrada, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones—. No me dejes hablar si no querés, gritame en la cara, insultame por todo lo que pasó, pero por lo que más quieras, mirame a los ojos y decime de una vez por todas qué carajo nos pasó.

Camila, que al principio se había puesto rígidamente a la defensiva, con los brazos cruzados y la mirada herida por los meses de malentendidos, le retrucó con una rabia contenida que destilaba dolor puro:

—¡Vos me dijiste que estaba insoportable e intensa, Bruno! No te hagas el santo ahora. Le dijiste claramente a Milena que te arrepentías de haber salido conmigo, que se te había terminado el capricho y que extrañabas con locura tu libertad de antes. ¡Me lo dijo ella misma!

Bruno abrió los ojos de par en par, completamente desconcertado, sintiendo cómo el piso se le movía bajo los pies por la magnitud de lo que estaba escuchando. El shock borró cualquier rastro de timidez.

—¿Qué? ¿Yo dije eso? ¡Jamás en mi puta vida dije semejante barbaridad, Camila! ¡Te están mintiendo en la cara! Al contrario... el mensaje de texto que te iba a mandar esa noche, el que nunca te llegó, era para pedirte perdón de rodillas por ponerme a la defensiva en el stand. Fue Milena la que vino a buscarme a mi casa a decirme que vos me habías cortado el rostro para siempre, porque decías que yo era un tosco del barrio y que vos eras demasiado impulsiva para estar conmigo...

En ese preciso segundo, como si un rompecabezas maldito, oscuro y maquiavélico se armara de golpe en sus mentes, los dos se quedaron completamente mudos, paralizados en medio de la vereda. Cruzaron una mirada larga y profunda, y el velo espeso de la manipulación psicológica que los había rodeado durante meses se cayó a pedazos en el suelo. Entendieron todo en un parpadeo: cada mentira sutil, cada simulación ensayada, cada chisme por la espalda y cada abrazo falso que Milena les había dado durante toda su vida, usando sus inseguridades para destrozarlos desde adentro. El dolor acumulado y la angustia de la separación se transformaron en cuestión de segundos en un alivio enorme, en una complicidad absoluta y arrolladora. Rompiendo cualquier distancia, se fundieron en un abrazo desesperado, llorando juntos sobre el hombro del otro, pidiéndose disculpas una y otra vez por haber sido tan ciegos. Sin embargo, en medio de las lágrimas de la reconciliación, decidieron algo que sería clave para el destino de la historia: no le iban a decir absolutamente nada a Milena. Iban a ser más inteligentes que ella. Decidieron fingir ante todo el mundo que seguían irreconciliables y separados, convirtiéndose en actores de su propio juego, solo para ver hasta qué nivel de locura y maldad era capaz de llegar su supuesta mejor amiga.

Dos días después de aquel pacto secreto, una tarde en la que el viento soplaba con fuerza desde la barda, Milena caminaba a paso firme y elegante hacia la casa de Bruno. Iba con el corazón acelerado, dispuesta a dar el paso final de su plan maestro: declararle su amor ahora que él estaba "vulnerable y solo", convencida de que su estrategia quirúrgica había sido perfecta y que Camila ya era historia pasada. Sin embargo, justo al doblar la esquina de la plaza del barrio, algo imprevisto hizo que se congelara por completo en el sitio, perdiendo la respiración.

Escondidos detrás del tronco grueso y rugoso de un viejo álamo, resguardados de las miradas ajenas, Camila y Bruno se estaban besando con una pasión, una entrega y una ternura tan legítimas que a ella jamás en la vida nadie le había demostrado. Bruno se reía con los ojos cerrados mientras le acariciaba el pelo con una delicadeza infinita, y ella lo abrazaba con fuerza por el cuello, riendo contra sus labios, más juntos, cómplices y reconciliados que nunca en sus vidas.

A Milena se le cayó la cartera de cuero al piso, desparramando sus cosas sobre la tierra, pero ni se dio cuenta. Las venas del cuello se le brotaron de forma violenta y sintió que la sangre le hervía a mil grados dentro del cuerpo, quemándole las entrañas al ver que toda su brillante actuación, sus lágrimas ensayadas y sus mentiras meticulosas se habían ido directo al demonio en un solo segundo. El amor de ellos era inquebrantable, y ella acababa de perder.

Entró a su casa pateando la puerta principal con una furia salvaje que asustó a sus propios perros, subió corriendo las escaleras hacia su habitación y, una vez adentro, el ataque de ira psicótica fue total y devastador. Fuera de sí, arrancó las sábanas de la cama tirándolas al piso con violencia, revoleó los libros de texto contra las ventanas y, al ver el portarretratos de madera de la infancia en la mesita de luz —donde salían los tres sonriendo en la plaza de Neuquén—, lo tomó con ambas manos y lo estrelló con todas sus fuerzas contra la pared opuesta, haciéndolo añicos y astillas en el suelo. Empezó a gritar con un sonido gutural, ahogada por las lágrimas de puro odio, frustración y locura que le nublaban la vista.

—¡No! ¡No puede ser! ¡Esto no se va a quedar así! ¡Maldita seas mil veces, Camila! —gritaba completamente desquiciada, cayendo de rodillas en el piso mientras destrozaba una fotografía de Camila con las uñas, rasgándole la cara al papel con saña—. Me lo vas a pagar... juro por mi vida, por lo más sagrado, que me lo vas a pagar muy caro. Si Bruno no es mío, no va a ser absolutamente de nadie en este mundo.

La mirada de Milena, clavada en los vidrios rotos del portarretratos, se volvió completamente sombría. La derrota no la había frenado; la había transformado en algo mucho más peligroso. El verdadero drama final estaba a punto de desatarse en el Colegio Comercial.

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