Dedicó cada día de su vida en esa cocina a cumplir la promesa que le hizo a su hermana, la persona que más amaba y que el cáncer se llevó. Pero sin aviso, sin motivos claros, le dieron la despedida: ya no tenía lugar allí. Su mundo se vino abajo… hasta que le dijeron que tenía que preparar un último platillo.
El cliente era él: un hombre que llevaba tiempo desapareciendo poco a poco, porque su cuerpo se negaba a aceptar comida de nadie, a rechazar cualquier sabor que no viniera de esas manos. Al probar ese último bocado que ella cocinó con el corazón roto, todo cambió: fue la primera vez en meses que su cuerpo lo aceptó, que supo saborear de nuevo.
Ese día perdió su trabajo… pero encontró la única razón para volver a cocinar. Y él encontró a la única persona que podía devolverle la vida.
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CAPITULO 20 SOMBRAS Y LUCES
(Narrado por Emiliano Fierro Félix)
El motor del auto rugió bajo mis pies mientras salíamos por la reja principal, las ruedas cortando la grava con un sonido seco que siempre me daba claridad. Eran las ocho en punto, el sol apenas empezaba a calentar el asfalto, y Roberto manejaba con esa calma que solo él tiene, repasando la agenda del día sin levantar la voz:
—A las nueve tiene la junta con los inversores alemanes de la línea de aceros del Pacífico —decía, sin apartar la vista del camino—. A las once, la reunión en el despacho de comercio exterior para cerrar el trato con Canadá. Al mediodía, el almuerzo con los dueños de la constructora del puente de Mazatlán, y a la una vuelve aquí para revisar los balances del último trimestre. Luego…
Yo no lo escuchaba. No del todo. Mis pensamientos se habían quedado en la cocina, en el sabor de aquella torta de huevo jugosa, en el caramelo dulce que se derretía en la manzana, en la textura que no me hizo querer vomitar ni una sola vez. Cerré los ojos un segundo, y su imagen volvió a mí: Camila, sentada frente a mí en la mesa, con las manos juntas sobre la tela blanca, mirándome con esos ojos grandes y oscuros, como si midiera cada uno de mis gestos.
Era extraño. Hace unos dos meses la vi en ese antro del centro, el ruido, el humo, la gente bailando alrededor. Allí estaba viva, desbordante, con una sonrisa que le iluminaba toda la cara y un brillo en la mirada que parecía capaz de encender todo el lugar. Pero la que tenía enfrente esta mañana… esa Camila parecía apagada, como si alguien le hubiera bajado la intensidad. Se movía con cuidado, como si temiera estorbar, y apenas si alzaba la voz. Y aun así —o quizás precisamente por eso— no podía dejar de mirarla.
Nadie lo había logrado. Ningún chef con tres estrellas Michelín, ningún especialista de Suiza ni de Nueva York, ninguna de las dietas estrictas que me impusieron durante años. Todos fallaron. Y ella, esta chica que apenas conozco, me hace comer sin que me dé el asco que llevo clavado en las entrañas desde que era niño. Me hizo comer una manzana. Una manzana. Algo que no podía ni ver sin sentir náuseas.
—Señor Fierro —la voz de Roberto me sacó de mis pensamientos—, le comentaba que su madre llamó temprano. Sabe que la cocinera nueva le ha caído muy bien, y quiere venir a cenar esta noche para conocerla. Dice que no acepta un no por respuesta.
Fruncí el ceño, y la mandíbula se me tensó.
—Dile que no es necesario —respondí con sequedad—. No tiene por qué venir.
—No le estaba pidiendo permiso, señor —dijo Roberto con una media sonrisa—. Solo le comunicaba su decisión. Ya sabe cómo es ella.
Solté un bufido, mirando por la ventana los edificios que se iban haciendo más altos a medida que nos acercábamos al centro.
—Pues dile que siga siendo así —murmuré—. A sus ojos sigo siendo el niño pequeño que se enfermaba en la cama, aunque ya tenga veintiocho años y sea yo quien dirija todo este imperio.
Roberto asintió, pero no dijo nada más. Sé lo que piensa: desde que mi padre me cedió el mando de Grupo Fierro hace cuatro años, él ha estado a mi lado en cada paso, en cada crisis, en cada decisión que hizo temblar el mercado. Es mucho más que mi secretario: es el único amigo al que respeto, el único que se atreve a decirme las cosas tal cual son, sin halagos ni miedos. Lo aprecio más de lo que le digo.
Llegamos a la sede central de Grupo Fierro: un edificio de cristal y acero que se alza veinticinco pisos sobre el centro de Alemania, con el logotipo —las iniciales F.F. en letras negras y firmes— brillando en la fachada. Entré sin detenerme, saludando con un gesto seco a los empleados que se apartaban para dejarme paso. No tengo tiempo para formalidades inútiles.
La mañana pasó entre papeles, números y discusiones que habrían hecho sudar a cualquiera. En la junta con los alemanes, les dejé claro que no aceptaré condiciones que pongan en riesgo nuestras minas en Sinaloa; salieron de ahí con la cabeza baja, aceptando mis términos antes de la hora acordada. En la reunión de comercio, obligué a los funcionarios a acelerar los permisos de exportación, dejándoles ver sin rodeos que si no avanzan, Grupo Fierro buscará rutas por Sonora o Baja California. En el almuerzo con los constructores, puse sobre la mesa los errores que habían cometido en los planos del puente, y no me fui hasta que firmaron la revisión sin cobrar un peso extra.
Pero conforme se acercaban las tres de la tarde, la impaciencia se me iba enroscando en el pecho, apretando más fuerte que cualquier presión de negocios. No era hambre, exactamente. Era la necesidad de volver a verla, de probar qué había preparado, de comprobar si esta vez también lograba que mi cuerpo no se cerrara como siempre hace.
Miré el reloj por tercera vez en cinco minutos, y llamé a Roberto.
—Quédate aquí —le ordené, poniéndome el saco—. Tú te encargas de lo que surja. No dejes que nadie me moleste. Ya quiero irme.
—Como ordene —dijo él, escondiendo una sonrisa—. Buen provecho, señor.
Regresé a la casa en la mitad del tiempo que tardamos por la mañana. Al cruzar la puerta principal, no la vi en la cocina: estaba en el patio trasero, de pie junto a la parrilla, con las manos en la cintura, mirando el fuego con atención. Se había cambiado: llevaba unos pantalones vaqueros sueltos, que se le ceñían a las caderas con una holgura que me llamó la atención, y un top negro ajustado que marcaba sus hombros y la curva de su espalda. Se veía con más energía, más firme, y me di cuenta de que quizás —solo quizás— al fin estaba comiendo lo suficiente. Me había dado cuenta que no estaba comiendo.
Me acerqué sin hacer ruido, pero ella se giró de golpe al sentir mi presencia. Se quedó inmóvil un instante, y sus ojos se abrieron un poco más.
—Buenas tardes —dijo, con la voz un poco temblorosa.
No respondí. Solo me acerqué hasta tenerla a un paso, y mis ojos se posaron en sus brazos. Varios moretones oscuros y recientes marcaban su piel, en las muñecas y más arriba, como si alguien la hubiera sujetado con fuerza, o como si se hubiera golpeado contra algo duro. Sin darle tiempo a decir nada más, le tomé las muñecas entre mis manos, apretando lo justo para que no se apartara, pero sin hacerle daño. Mi voz bajó un tono, se volvió más grave, más cortante:
—¿De dónde salieron estos moretones? —pregunté, mirándola a los ojos—. ¿Quién te los hizo?
Ella intentó zafarse, pero se detuvo al ver mi expresión. Vi cómo se le llenaban los ojos de agua, cómo se le empañaba la mirada, y soltó una risa débil, sin alegría.
—Nadie me los hizo —dijo, bajando la vista—. Soy muy torpe, eso es todo. En el restaurante donde trabajaba siempre había mucho movimiento, ollas pesadas, mesas con esquinas afiladas… eran accidentes. Es normal.
—¿Y por qué llorabas anoche? —insistí, sin soltarle las muñecas—. Se nota que lloraste.
Suspiró, y alzó la vista de nuevo, con una media sonrisa triste.
—Son cosas de mi vida personal, señor Fierro —respondió con calma—. No tienen importancia.
Detesté esas palabras. Detesté que me pusiera esa barrera, que me tratara como a un extraño con el que solo se habla de trabajo.
—Dime Emiliano —le ordené, suavizando el agarre, pero sin soltarla.
—¿Seguro que quiere que le diga así? —
—¿No recuerdas cómo me lo decías al oído aquella noche? —le susurré, acercándome un poco más.
Se puso roja de golpe, y entrecerró los ojos, murmurando algo entre los dientes.
—Idiota —dijo tan bajito que casi no lo oí.
—¿Cómo? —pregunté, fingiendo no haber entendido—. No te escuché bien.
—Nada —respondió ella, cruzándose de brazos—. Solo que… está bien. Emiliano.
Asentí, satisfecho.
—Oye —dije, cambiando el tono—, te aviso: mi madre vendrá a cenar esta noche. Quiere que te sientes con nosotros a la mesa.
Abrió los ojos como platos, y negó con la cabeza.
—Lo siento mucho, pero no puedo —dijo—. No me gusta comer en presencia de otros. Lo sabe.
La miré fijamente, y mi voz recuperó esa dureza que me hace respetar en cualquier junta.
—No te estaba preguntando —le dije—. Te lo estoy diciendo.
Se quedó callada un instante, mordiéndose el labio, y luego señaló hacia el fondo del jardín, donde se veía el brillo del agua.
—¿Puedo al menos ir a ver la alberca mientras preparo todo? —pidió.
Asentí con un gesto, y llamé a Susana, que estaba recogiendo unas macetas cerca de la entrada. Ella se acercó rápido, con su delantal impecable y esa mirada cariñosa que siempre me dedica.
—Dime, muchacho —dijo.
—Acompaña a Camila a la zona de la alberca —le pedí—. Es peligroso que vaya sola. el borde está resbaladizo.
—Como usted diga —respondió Susana, mirándome con esa ternura que hace que me sienta como el niño de antes—. No se preocupe, la cuido yo.
Me quedé en el porche viéndolas ir, pero entonces el teléfono sonó en mi bolsillo, y tuve que volver a la sala para atender una llamada urgente sobre unos envíos que se habían retrasado. Cuando terminé, unos diez minutos después, volví a mirar hacia el jardín.
Susana no estaba. Y Camila caminaba sola por el borde de la alberca, mirando el agua, sin fijarse en el escalón que sobresalía del suelo.
Vi cómo su pie se enganchaba, cómo intentaba equilibrarse sin éxito, y cómo caía de espaldas al agua con un chapoteo fuerte.
No lo pensé. No dudé ni un segundo. Di un salto sobre la barandilla del porche, corrí lo más rápido que pude y me lancé al agua detrás de ella, sin importarme el traje, el reloj, nada. Solo quería asegurarme de que estuviera bien.