Humillada, desterrada y despojada de su lazo místico. Astra fue arrastrada al altar no para ser coronada, sino para ser rechazada públicamente por su mate, el Alfa Logan, quien prefirió encadenarse a una loba de alta alcurnia. Abandonada en el prohibido Bosque de las Cenizas para morir congelada, su dolor despierta algo que debió permanecer oculto: el Lazo de Eclipse.
Esta maldición ancestral une su alma al ser más despiadado, temido e inmortal del continente: Valerius, el Rey Hereje. Un híbrido mitad vampiro puro y mitad licántropo exiliado que jamás ha conocido la piedad... hasta que la huele a ella en el lodo.
Mientras su antiguo Alfa comienza a agonizar y a escupir sangre negra por el karma biológico de haber rechazado a su verdadera alma gemela, Valerius desata una obsesión salvaje, protectora y letal por Astra. Él no busca una Omega sumisa; la entrenará, la vestirá con las sedas de la realeza y la convertirá en la Emperatriz de las Sombras.
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Capítulo 11: El Entrenamiento de la Luna
El coliseo subterráneo del Castillo de Ceniza era un espacio imponente, tallado directamente en la roca viva de las profundidades de la tierra. La única iluminación provenía de grandes braseros de hierro forjado que escupían llamas azules, proyectando sombras alargadas y distorsionadas sobre la arena negra del reñidero. El aire era denso, frío y cargado de un sutil aroma a azufre y antigüedad.
Astra permanecía en el centro del círculo, ajustándose los brazales de cuero negro. El nuevo atuendo de entrenamiento se ceñía a su cuerpo como una armadura flexible, marcando cada línea de su figura rejuvenecida por el poder del eclipse.
Sin embargo, a pesar de la vitalidad que sentía corriendo por sus venas, una opresión helada le atenazaba el estómago. Se miraba las manos y, por un instante, no veía a la mujer que había desafiado a Lilith, sino a la Omega harapienta que limpiaba la sangre del suelo de los Colmillos de Plata. El miedo al fracaso, el terror biológico a volver a ser la pieza débil que cualquiera podía pisotear, la hacía temblar.
Un eco rítmico de pisadas firmes disipó el silencio.
Astra alzó la vista y sintió que el corazón le daba un vuelco. Valerius avanzaba hacia ella. Con un movimiento fluido de sus hombros, el Rey Hereje desabrochó los pesados broches de su capa real de terciopelo, dejándola caer sobre la arena sin mirarla.
Iba descalzo, vistiendo únicamente unos pantalones de combate oscuros. Su torso escultural quedó completamente expuesto bajo el fulgor azul de los braseros: una fortaleza de músculos esculpidos en mármol pálido, cruzada por cicatrices de batallas milenarias y dominada, en el pectoral izquierdo, por la imponente marca del eclipse que pulsaba con una luz opaca. Su sola presencia física reducía el oxígeno del lugar.
—Un lobo que teme a su propia fuerza es solo carne para los buitres, Astra —dijo Valerius, su voz de barítono resonando en las paredes de piedra— Olvida lo que te enseñaron esos bastardos. Aquí no hay jerarquías que te aten. Solo tú y tu instinto.
Antes de que Astra pudiera procesar sus palabras, Valerius se movió.
No usó su velocidad de vampiro, sino la fuerza bruta y felina de su herencia licántropa exiliada. En un parpadeo, se plantó frente a ella, lanzando un golpe directo a su hombro. Astra, instintivamente, cruzó los brazos para bloquearlo, pero el impacto de la masa muscular del híbrido la obligó a retroceder tres pasos, sus botas derrapando en la arena negra.
—Demasiado lenta —siseó Valerius, apareciendo a su costado— Tu mente sigue esperando que te pida permiso para golpear. ¡Reacciona!
El entrenamiento se convirtió en un torbellino de movimiento. Valerius la presionaba sin una pizca de condescendencia, obligándola a usar cada reflejo sobrenatural que el nuevo lazo le había otorgado. Astra esquivaba, bloqueaba y lanzaba golpes que el híbrido desviaba con una facilidad pasmosa, midiendo su resistencia.
Tras un intercambio feroz, Astra cometió el error de apoyar mal el pie izquierdo. Valerius aprovechó la milésima de segundo; barrió sus piernas con un movimiento limpio y la derribó.
Astra cayó de espaldas sobre la arena, soltando un quejido. Antes de que pudiera incorporarse, el cuerpo colosal de Valerius se posicionó sobre ella, atrapándola entre sus piernas y apoyando sus manos a ambos lados de su cabeza, inmovilizándola.
La proximidad física fue un mazazo para sus sentidos. El pecho desnudo y sudoroso de Valerius subía y bajaba a escasos centímetros del suyo, emanando un calor abrasador que derretía el frío del coliseo.
Valerius deslizó sus grandes y cálidas manos desde la arena hasta la cintura de Astra, apretándola con firmeza para corregir la alineación de sus caderas contra el suelo.
En el instante en que sus pieles se conectaron a través del cuero, una descarga violenta de chispas de energía oscura y dorada estalló entre ambos. La marca del eclipse en el cuello de Astra latió con fuerza, sincronizándose con la del pecho del híbrido. La atracción biológica y espiritual se volvió sofocante, un magnetismo tan denso que el aire pareció desaparecer de la habitación.
Valerius se inclinó aún más, sus mechones de cabello oscuro rozando la mejilla de Astra. Su respiración caliente golpeó la piel sensible de su oído mientras le susurraba con una urgencia posesiva y salvaje:
—Deja de pelear como una prisionera que busca escapar de su celda, mi Luna. Siente la sangre real que muerde tus venas. No muerdas para defenderte, muerde para reclamar lo que es tuyo.
Las palabras del Hereje perforaron la psique de Astra, actuando como la llave que abría un dique maldito.
En su mente, la imagen de Logan escupiéndole en el rostro y la risa burlona de Irina se reprodujeron como un látigo de fuego. Una furia pura, antigua y largamente contenida, sustituyó al miedo. Su loba interna, la criatura del eclipse que se negaba a ser domesticada, despertó con un rugido de guerra que vibró en su pecho.
Astra clavó sus uñas en las muñecas de Valerius. Usando la fuerza de sus caderas y la sobrecarga de energía mística que acababa de invadir su cuerpo, ejecutó un movimiento relámpago que pilló al híbrido por sorpresa.
Con un giro violento y una agilidad que desafiaba la lógica, Astra invirtió las posiciones. En un parpadeo, logró contrarrestar el peso de Valerius y lo derribó contra la arena, quedando ella sentada a horcajadas sobre su regazo.
Astra jadeaba, con las manos firmemente plantadas contra el pecho desnudo del Rey Hereje, sintiendo los latidos desbocados de su corazón inmortal. Sus cabellos oscuros caían desordenados sobre su rostro, y sus ojos, antes apagados por la sumisión de una Omega, brillaban ahora en la penumbra con un fulgor plata sólida y sobrenatural.
Valerius permanecía inmóvil bajo ella, con la espalda pegada a la arena. No intentó zafarse. Sus ojos dorados se habían oscurecido por completo, fijos en la visión de la loba implacable que acababa de florecer sobre su cuerpo. Las respiraciones agitadas de ambos se mezclaban en el aire frío, y la tensión sexual que había estado madurando durante días se volvió un lazo asfixiante, irresistible. El deseo de marcarse, de devorarse el uno al otro, anuló cualquier rastro de juicio.
Lentamente, con una reverencia que rozaba la locura, Valerius levantó una mano y le tomó la barbilla, obligándola a inclinar el rostro hacia el suyo. Sus pupilas se tornaron de un ámbar carnívoro, devoradas por la lujuria y el orgullo masculino de verla finalmente empoderada.
—Eso es, mi Reina... —articuló Valerius en un susurro ronco, reduciendo la distancia entre sus labios— Toda mi eternidad es tuya para que la reclames.
Astra entreabrió los labios, rindiéndose por completo al magnetismo del Hereje, buscando el calor de su boca en lo que prometía ser el inicio de su perdición.
Iban a besarse. Sus labios estaban a milímetros de sellar el pacto de sangre cuando, de repente, la realidad saltó en pedazos.
Un dolor agudo, lacerante y abrasador, como si le clavaran un hierro fundido directamente en la yema de la carne, atacó el lado izquierdo del cuello de Astra.
—¡¡Ahg!! —Astra soltó un grito de agonía pura, rompiendo el trance.
Se llevó la mano al cuello de inmediato, colapsando hacia adelante sobre el pecho de Valerius mientras su cuerpo entero comenzaba a convulsionarse de forma violenta. La marca del eclipse no solo brillaba; comenzó a quemar la epidermis, emitiendo un vapor místico y oscuro que silbaba por el calor.
Valerius la sujetó por los hombros de inmediato, sus facciones transfigurándose en una alarma salvaje al sentir el shock espiritual que sacudía el cuerpo de su compañera. La energía mística del coliseo comenzó a desestabilizarse, las llamas azules de los braseros parpadearon al borde de la extinción.
Desde las profundidades de la tierra, un eco sordo y magnético resonó en los huesos de ambos licántropos. Astra alzó la cabeza hacia el techo de piedra, con las venas de su rostro tiñéndose de un color negro azulado por la sobrecarga.
A kilómetros de distancia, en el cielo exterior, algo inaudito estaba ocurriendo: la luna llena del mes estaba ascendiendo de golpe, horas antes de su tiempo establecido, arrastrada por una anomalía cósmica que pretendía reclamar la energía del eclipse.
Astra abrió la boca, pero de su garganta solo pudo salir un desgarrador grito de dolor sobrenatural que hizo eco en las catacumbas, mientras su loba interna comenzaba a ser despedazada por la llamada de la luna.