Mariana odió el libro dramático que leyó. Y como castigo, el libro la teletransporta dentro de la historia. dónde ahora es la protagonista muda y tonta.
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Capitulo 18
Los días siguientes en la residencia del duque no trajeron calma, aunque todo se veía en orden desde fuera, dentro había silencios que se volvían más pesados con cada jornada; Bruno comenzó a sentirse mal desde temprano, primero fue un cansancio que no lograba quitarse, luego fiebre ligera, dolor en el cuerpo, y una incomodidad que no lo dejaba concentrarse en nada, intentó ignorarlo al inicio, pensando que pasaría solo, pero al tercer día decidió llamar al médico de confianza de la casa.
El aviso fue enviado de inmediato, pero quien llegó no fue el hombre mayor que siempre lo atendía, sino una mujer joven, de porte firme, vestida de manera sencilla pero adecuada, con una presencia que no buscaba impresionar, sino cumplir.
—El doctor está en reposo —dijo al entrar, sin rodeos—, vine en su lugar.
Bruno asintió, señalando el asiento frente a él.
—Está bien, gracias por venir.
Ella dejó su bolso sobre la mesa, observándolo con atención, no solo su postura, sino su rostro, sus manos, cada detalle que le indicara cómo estaba realmente.
—Soy Nohemí —añadió mientras se acercaba—, necesito revisarlo.
Bruno se dejó examinar sin oponerse, ella tomó su pulso, observó sus ojos, su respiración, hizo preguntas directas, sin suavizar demasiado el tono.
—¿Desde cuándo se siente así?
—Hace unos días —respondió él—, empezó leve.
—¿Fiebre?
—Sí.
—¿Dolor en el cuerpo?
—También.
Nohemí asintió, terminando de revisar.
—Es una gripe común —dijo con seguridad—, nada grave, pero necesita reposo y seguir el tratamiento.
Bruno exhaló despacio.
—Menos mal.
—No se confíe —añadió ella—, si no se cuida, puede empeorar.
Sacó unos frascos de su bolso.
—Estos son los medicamentos, debe tomarlos en los horarios indicados.
Bruno tomó uno de los frascos, mirándolo.
—Puedo hacerlo.
Nohemí no respondió de inmediato, sus ojos recorrieron la habitación.
—¿Dónde está su esposa?
Bruno desvió la mirada.
—Está ocupada.
Nohemí lo observó unos segundos más.
—Entonces vendré yo.
Bruno volvió a mirarla.
—No es necesario, puedo seguir las indicaciones.
—Prefiero asegurarme —respondió ella con calma—, así evito complicaciones.
Bruno dudó un instante.
—Está bien.
—Vendré a las horas necesarias —añadió—, no será por mucho tiempo.
Los días siguientes siguieron un ritmo distinto, Nohemí llegaba puntual, revisaba a Bruno, le daba los medicamentos, se aseguraba de que comiera, de que descansara, no hablaba de más al inicio, pero tampoco mantenía distancia innecesaria, su forma de tratarlo era directa, sin rodeos, pero sin falta de respeto.
—Tómese esto —decía, extendiendo el vaso.
Bruno lo hacía sin discutir.
—¿Comió?
—Un poco.
—Debe comer mejor. Veo signos de desnutrición. ¿Ha estado preocupado por algo?
Pensó en la diferencia abismal de su esposa y negó restándole importancia.
—Intentaré comer mejor.
—No lo intente, hágalo.
Bruno soltó una leve risa.
—Eres más estricta que el anterior médico.
—Mi padre es muy dócil. Yo no.
Con el paso de los días, la conversación comenzó a surgir de manera más natural, no por obligación, sino porque el silencio ya no era necesario todo el tiempo.
—No tiene muchos visitantes —comentó Nohemí en una de sus visitas.
Bruno se encogió de hombros. Frunció el ceño.
—No los necesito.
—A veces ayudan.
—Depende de quiénes sean.
Nohemí lo miró.
—¿Su esposa no viene?
Bruno no respondió de inmediato.
—Tiene cosas que hacer.
Nohemí no insistió, pero no desvió el tema.
—Aun así, debería estar. Debería ser su pilar.
Bruno apoyó la cabeza un momento en el respaldo.
—No siempre es como uno espera.
Nohemí cruzó los brazos, apoyándose en la mesa.
—¿Quiere hablar de eso?.
Bruno dudó un segundo, luego habló.
—Me casé por acuerdo —dijo—, eso ya lo sabe.
—Sí.
—Pero pensé que podía hacer que funcionara.
—¿Y?
Bruno soltó el aire.
—He intentado ser atento, respetar, no imponer nada. Pero no es suficiente.
Nohemí lo observó con más atención.
—¿Ella lo rechaza?
Bruno no necesitó responder con palabras, su expresión fue suficiente.
—Entiendo.
—Exacto. No es falta de interés —añadió él—, es rechazo.
Nohemí inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Por qué?
Bruno dudó, pero respondió.
—Por mi apariencia. No soy lo que ella esperó de marido.
Nohemí no reaccionó de inmediato, lo miró como evaluando la respuesta.
—¿Se lo dijo?
—No directamente —respondió—, pero no hace falta. Se nota en cómo me mira, en cómo evita cualquier acercamiento.
Nohemí guardó silencio unos segundos.
—¿Y aun así quiere intentarlo?
Bruno asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque es mi esposa.
Nohemí lo sostuvo con la mirada.
—Eso no siempre es suficiente razón.
Bruno bajó la vista.
—Para mí lo es.
El ambiente se mantuvo en silencio unos segundos, pero no fue incómodo, Nohemí tomó el frasco que había dejado sobre la mesa.
—Tómese esto —dijo.
Bruno obedeció.
—Está mejorando —añadió ella—, mañana debería estar bien.
—Gracias.
—Es mi trabajo.
Nohemí lo miró un momento más.
—No es un mal hombre.
Bruno levantó la vista.
—No deje que lo convenzan de eso —añadió ella—. Es mucho más. Solo le falta verlo por usted mismo.
El último día llegó más rápido de lo que parecía, Bruno ya no tenía fiebre, su postura era más firme, su voz más clara, Nohemí recogía sus cosas mientras él la observaba.
—Ya no es necesario que venga —dijo ella—, puede seguir solo.
Bruno asintió.
—Lo haré.
Nohemí cerró su bolso.
—Antes de irme, quiero decirle algo.
Bruno la miró.
—Diga.
—Si alguien no valora lo que tiene —dijo con calma—, cuando lo pierda va a ser tarde.
Bruno no respondió de inmediato.
—No hablo solo de usted —añadió ella—, hablo de ambos.
Bruno sostuvo su mirada.
—Lo entiendo.
Nohemí dio un paso hacia la puerta, luego se detuvo.
—Es un hombre dulce —dijo—, no cambie por alguien que no lo ve.
Bruno se quedó en silencio unos segundos.
—Gracias.
Nohemí asintió.
—Cuídese.
Salió de la habitación sin añadir más.
Bruno se quedó solo, de pie, mirando hacia la puerta cerrada, sus manos relajadas a los lados, su expresión ya no mostraba solo cansancio, había algo más, algo que había estado ignorando y que ahora no podía dejar de pensar.
En otra parte de la casa, Fátima seguía con su rutina, sin acercarse, sin preguntar, sin cambiar su forma de actuar, como si nada hubiera pasado en esos días.
Es inteligente y sensata y buena persona 🥰🥰