Hace cinco años, Matías desapareció de la vida de Sofía sin dejar rastro.
Hoy es uno de los hombres más ricos y arrogantes de Buenos Aires.
Ella vive con un secreto.
Él vuelve cargado de orgullo y rencor.
Cuando se reencuentran, no hay nostalgia, solo ironía y reproches.
Sofía no pide explicaciones ni compasión.
Pero Matías, el hombre que una vez la abandonó,
empieza a aparecer una y otra vez…
y esta vez no piensa irse.
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Capítulo 1
En el corazón de La Boca, en Buenos Aires, el restaurante tradicional "El Caminito" bullía con el aroma de asado y empanadas, mientras el murmullo de conversaciones elegantes llenaba el aire. De repente, un grito resonó desde la entrada: "¡El joven Matías ha llegado a la puerta!". Sofía, junto con los demás en el reservado, se puso de pie de inmediato. Matías era el heredero del Grupo Financiero de América Latina, un hombre de capacidades excepcionales, discreto y misterioso, que rara vez se dejaba ver en cenas públicas. Sofía había venido acompañando a su jefe, Lucas, quien acababa de ingresar a la sede central del Grupo Rodríguez y necesitaba expandir su red de contactos. Gracias a un amigo en común, habían conseguido una invitación a esta exclusiva reunión.
La pesada puerta tallada se abrió con un crujido, y una figura alta y erguida entró en la sala. Sofía se quedó petrificada al verlo: era Matías, su exnovio, a quien había buscado durante cinco años. Ella había vivido en Córdoba hasta hace poco, ajena al mundo de los magnates de Buenos Aires, y nunca imaginó que el escurridizo hijo único de la familia Matías —esa dinastía que evitaba los reflectores de los medios— fuera el mismo hombre que desapareció sin dejar rastro. Ya no pertenecían al mismo estrato social; él había ascendido a un nivel inalcanzable.
Matías la miró por un instante, y un destello de sorpresa cruzó sus ojos, pero desapareció al segundo. Se volvió hacia los demás con una sonrisa cortés, charlando con fluidez sobre negocios y anécdotas. Esa frialdad distante era aún más pronunciada que hace cinco años, y Sofía sintió un vacío en el pecho mientras se sentaba de nuevo.
Durante la cena, la conversación derivó hacia las experiencias de Matías en la filial de Córdoba del Grupo Financiero de América Latina, donde había pasado un tiempo "entrenándose" en operaciones de base. Sofía lo comprendió todo en un flash: su primer empleo tras graduarse había sido precisamente en esa filial. Matías había ocultado su identidad para ponerla a prueba, y el veredicto de "no apta" lo llevó a borrarse por completo de su vida.
Lucas se acercó con una copa en mano para brindar con Matías. "Permítame presentarle a mi secretaria, Sofía. Es una pieza clave en el equipo", dijo con entusiasmo. Matías asintió, pero de pronto mencionó su nombre en la charla, como si la incluyera en el brindis. Lucas intervino rápido: "Ella es alérgica al alcohol, así que mejor no". El ambiente alrededor de Matías se enfrió de golpe, su expresión se endureció.
Sofía se levantó para ofrecer té en su lugar, pero Matías la detuvo con voz gélida: "No es necesario". Se recostó en la silla con aire indolente y agregó, con un toque de sarcasmo: "Señorita Sofía, ¿no era que querías casarte con alguien rico? ¿Ya lo has logrado?".
La mesa guardó silencio un momento, y Sofía, conteniendo la humillación, respondió con voz firme: "Casi". Lucas, percibiendo la tensión, se excusó diciendo que necesitaba comprar cigarrillos y la sacó del reservado. Una vez fuera, en el pasillo desierto, las lágrimas que Sofía había reprimido brotaron sin control. Caminó hasta la tienda cercana, compró los cigarrillos y se demoró en el baño, lavándose la cara para disimular el enrojecimiento.
Al salir, tropezó con Matías apoyado en la pared, fumando un cigarro con aire abatido pero atractivo, como un monje en tentación. "Matías", murmuró ella, acercándose. "Te he buscado durante cinco años. ¿Sigues enfadado conmigo?".
Él exhaló el humo lentamente y la miró con desprecio. "¿Ahora que sabes quién soy, te arrepientes y quieres acercarte? Nuestro pasado no fue más que un pequeño interludio en la vida".
Las palabras que Sofía tenía en la punta de la lengua —la explicación, la noticia del niño— se atascaron en su garganta. Solo pudo decir: "Lo siento", y giró sobre sus talones para volver al reservado.
Dos minutos después, Matías regresó también, retomando la conversación como si nada. Sofía se refugió en un rincón de la mesa, deseando que esa cena tortuosa terminara pronto. El hombre al que había buscado por cinco años estaba allí, pero ahora solo quería huir de él.
El restaurante El Caminito, con sus paredes pintadas de colores vibrantes y el tango de fondo, parecía un escenario irreal para este reencuentro. Sofía observaba cómo Matías dominaba la charla con maestría, respondiendo preguntas sobre fusiones empresariales y mercados emergentes. Nadie notaba la tormenta bajo la superficie; todos lo admiraban por su inteligencia aguda y su reserva. Lucas le lanzó una mirada preocupada, pero ella fingió una sonrisa y se concentró en su plato.
La cena prosiguió con platos típicos: choripán, provoleta y milanesa, acompañados de malbec para los demás. Alguien sacó el tema de la expansión del Grupo Financiero hacia el sur, y Matías explicó con precisión: "En Córdoba, aprendí que el verdadero valor está en las operaciones diarias, no en las cúpulas". Sofía sintió un pinchazo; aquellas palabras confirmaban su sospecha. Ella había sido parte de esa "prueba", una empleada común en la filial, sin saber que su jefe temporal era el heredero disfrazado.
Lucas, ansioso por impresionar, intervino: "Matías, con su experiencia, ¿qué aconseja para alguien como yo, recién llegado al Grupo Rodríguez?". Matías respondió con consejos prácticos sobre alianzas estratégicas, pero su mirada se desviaba ocasionalmente hacia Sofía, cargada de reproche implícito.
Cuando llegó el postre —flan con dulce de leche—, la tensión había disminuido para los demás, pero no para ella. Matías rechazó el dulce y pidió un café negro, manteniendo su compostura impecable. Sofía, por su parte, apenas probó bocado, su mente reviviendo los momentos en Córdoba: las risas compartidas, las promesas susurradas, y luego la desaparición sin explicación.
El episodio del brindis aún resonaba. ¿Por qué esa pulla sobre casarse con un rico? Era una distorsión de una conversación antigua, cuando ella bromeaba sobre estabilidad financiera. Ahora, sonaba como una acusación. Y su respuesta, "casi", había sido un escudo improvisado; Lucas no era más que su jefe, no un pretendiente.
Fuera del reservado, en ese breve encuentro, Matías había revelado su amargura. Su pose de fumador solitario contrastaba con el magnate en la mesa. Sofía se preguntaba cómo había cambiado tanto: de amante apasionado a extraño hostil. Pero no había tiempo para dudar; la cena continuaba.
Alguien propuso un brindis final por futuras colaboraciones, y todos alzaron sus copas. Sofía levantó su vaso de agua, evitando los ojos de Matías. Lucas le susurró: "Todo bien, ¿verdad?". Ella asintió, mintiendo.
Al final, cuando los invitados empezaron a despedirse, Sofía se mantuvo al margen, recogiendo su bolso. Matías se fue primero, con un saludo general y una limusina esperándolo afuera. Ella salió con Lucas, el aire fresco aliviaba un poco su malestar. Pero el daño estaba hecho: el reencuentro soñado se había convertido en una pesadilla.
De camino a casa, en el taxi, Sofía repasó los hechos. Cinco años de búsquedas infructuosas, cartas sin respuesta, llamadas a números desconectados. Ahora entendía el silencio: la familia Matías protegía su privacidad con muros invisibles. Y ella, con su origen humilde en Córdoba, nunca encajó en ese mundo.
Lucas la dejó en su apartamento y se despidió con un "Buen trabajo hoy". Solo en su habitación, Sofía se derrumbó en la cama, pero no lloró más. Mañana sería otro día en el Grupo Rodríguez, fingiendo normalidad.
Sin embargo, el eco de las palabras de Matías persistía: "Un pequeño interludio". ¿Era eso todo lo que había sido para él? Sofía juró no perseguirlo más; el capítulo se cerraba allí, en esa cena en El Caminito.
El reloj marcaba las once de la noche cuando el restaurante apagó sus luces. La Boca volvía a su ritmo habitual, con turistas y locales paseando por las calles empedradas. Sofía, desde su ventana, veía las luces distantes del Río de la Plata, preguntándose si alguna vez sanaría esa herida abierta.
Pero por ahora, el final de la cena era el final de su búsqueda. El hombre encontrado era un extraño, y ella prefería la ausencia a esta cruel presencia.