En su cuarto aniversario de bodas, el esposo de Flora González, Marcelo Santos, le pide el divorcio, ya que su primer amor, Camila, ha regresado a la ciudad y él desea volver a su lado para cuidarla.
Flora no grita, no se altera y decide aceptar el divorcio, pero Marcelo le asegura que su hijo se quedará con él hasta que el niño resulta positivo en leucemia y Marcelo no muestre interés en su salud, ya que, después de todo, no es su hijo biológico y es un niño nacido por una fecundación in vitro.
Ahora Flora debe lidiar con su divorcio, la enfermedad de su hijo y la búsqueda de un empleo. Pero su salvación llega más pronto de lo que imagina cuando Alejandro Fernández aparece ante ella, asegurando que Benjamín, su pequeño hijo, lleva la sangre de los Fernández y, por eso, él estará dispuesto a proteger a ese niño, el último recuerdo de su hermano Leonardo.
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Capítulo 2
La palabra *leucemia* seguía resonando en mi cabeza como un eco imposible de callar.
No dormí nada después de que el doctor **Enrique Díaz** salió de la habitación. Me quedé sentada junto a la cama de Benjamín\, mirando cómo respiraba\, intentando convencerme de que todo era un error.
Mi hijo tenía apenas tres años.
Tres.
No podía estar enfermo de algo así.
A las seis de la mañana salí al pasillo y llamé a la única persona que sabía que no me iba a juzgar.
---Sofía...
Mi voz se rompió apenas escuchó mi saludo.
---Flora\, ¿qué pasó?
---Benjamín está en el hospital.
Hubo un silencio inmediato.
---¿Qué le pasó?
Respiré profundo, pero igual terminé llorando.
---Los médicos creen que puede tener leucemia.
---¿Qué?
---Aún no es seguro... tienen que hacerle más estudios.
---¿En qué hospital estás?
Le dije el nombre.
---Voy para allá.
---No hace falta---
---Flora\, cállate ---respondió con su tono de siempre---. Llego en media hora.
Colgué y apoyé la cabeza contra la pared.
El teléfono volvió a vibrar.
Marcelo.
Lo miré durante unos segundos.
Luego presioné **bloquear contacto**.
Después hice lo mismo en WhatsApp.
No quería volver a escuchar su voz.
No hoy.
No cuando mi hijo estaba en una cama de hospital mientras él acompañaba a **Camila**.
Guardé el teléfono y volví a la habitación.
Benjamín seguía dormido.
Me acerqué y le acomodé el cabello.
---Todo va a estar bien ---le susurré\, aunque ni yo misma lo creía.
Media hora después la puerta se abrió de golpe.
---Flora.
Sofía entró con el cabello revuelto y un abrigo que claramente se había puesto a las apuradas.
En cuanto me vio, me abrazó.
---Tranquila... estoy acá.
Eso fue suficiente para que me derrumbara.
---Sofi... tengo miedo.
---Lo sé.
---¿Y si es verdad?
---Primero vamos a esperar los estudios ---dijo con firmeza---. No te adelantes.
Se separó y miró a Benjamín.
El niño abrió los ojos justo en ese momento.
---Tía Sofía...
Ella sonrió de inmediato.
---Hola\, campeón.
Benjamín levantó una mano para saludarla.
---¿Viniste a verme?
---Claro.
---¿Trajiste galletas?
Sofía soltó una risa.
---Siempre tan interesado.
Sacó una bolsita de su bolso.
---Pero solo una.
Benjamín la tomó con una sonrisa enorme.
---Gracias.
Lo miré comer con una tranquilidad que me rompía el alma.
¿Cómo podía estar tan tranquilo cuando mi mundo se estaba cayendo?
Sofía se acercó a mí y habló en voz baja.
---¿Qué dijo exactamente el médico?
---Que sospechan leucemia.
---Pero aún no lo confirmaron.
---No.
---Entonces respira.
Se cruzó de brazos y miró alrededor.
---¿Ya te asignaron habitación?
---Sí\, pero hay que hacer más trámites.
---Yo me encargo.
Sofía siempre había sido así.
Directa.
Eficiente.
En menos de una hora habló con enfermeras, firmó papeles conmigo y consiguió que nos trasladaran a una habitación más cómoda.
Benjamín estaba encantado.
---Este hospital es grande ---dijo mirando por la ventana.
---No te vayas a perder ---le advertí.
---No soy bebé.
Mi teléfono volvió a sonar.
Miré la pantalla.
**Mamá**.
Fruncí el ceño.
Contesté.
---Hola\, mamá.
La voz de **Rosa González** llegó cargada de reproche.
---Flora\, ¿por qué Marcelo me llama diciendo que Benjamín está en el hospital?
Sentí que la sangre me hervía.
---¿Él te llamó?
---Claro que sí. ¿Qué está pasando?
Miré a Sofía y salí al pasillo.
---Benjamín tuvo una hemorragia nasal.
---¿Está bien?
---Los médicos están revisándolo.
---Marcelo dice que no le contestas.
---Estoy ocupada.
---Flora---
---Mamá\, luego hablamos.
Colgué antes de que pudiera seguir.
Respiré profundo.
Marcelo tenía el descaro de llamar a mis padres cuando ni siquiera había venido al hospital.
Volví a la habitación.
Pero Benjamín no estaba en la cama.
Mi corazón se detuvo.
---Sofía ---dije con un hilo de voz---. ¿Dónde está Benjamín?
Ella se giró.
---¿No estaba contigo?
Sentí que el suelo desaparecía.
---Benjamín.
El pasillo del hospital era largo y silencioso.
Caminé primero.
Después empecé a correr.
---¡Benjamín!
No respondía.
Mientras tanto, Benjamín caminaba lentamente por el pasillo con los ojos muy abiertos.
---¿Mamá?
Había salido solo para buscarme.
Pero el hospital tenía demasiados pasillos.
Demasiadas puertas.
Demasiadas personas desconocidas.
Se detuvo en medio del corredor.
---Mamá...
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
---Quiero ir con mamá...
Y empezó a llorar.
A unos metros de allí, tres personas caminaban hacia los ascensores.
El ambiente que los rodeaba era completamente distinto.
Pesado.
Silencioso.
El hombre más alto llevaba traje oscuro y expresión severa.
**Alejandro Fernández**.
Abogado de élite de la firma Fernández.
A su lado caminaba su asistente. **Javier Costa**.
---El médico dice que la señora Estela necesita reposo absoluto ---explicaba Javier.
---¿Y el diagnóstico?
---La presión sigue inestable.
Alejandro apretó la mandíbula.
La muerte de su hermano menor\, **Leonardo Fernández**\, en un incendio durante un rescate había golpeado a toda la familia.
Pero a su madre la había destruido.
---No podemos perderla también ---murmuró Javier.
Alejandro no respondió.
Entonces escucharon el llanto.
Ambos se detuvieron.
Un niño pequeño estaba en medio del pasillo.
Con la cara llena de lágrimas.
Alejandro frunció el ceño.
---¿Dónde están sus padres?
Javier se acercó.
---Hola\, campeón.
Benjamín levantó la mirada.
---Me perdí.
---¿Cómo te llamas?
---Benjamín.
---¿Dónde está tu mamá?
---No sé.
Javier miró al médico que los acompañaba.
Pero el médico no estaba mirando al niño.
Estaba mirando a Alejandro.
---Señor Fernández...
---¿Qué?
---¿Se da cuenta?
Javier también lo notó entonces.
Los ojos.
Las cejas.
La forma de la cara.
El parecido era inquietante.
El niño parecía una versión pequeña de Alejandro.
Javier soltó una risa nerviosa.
---Si no supiera que es imposible... diría que es su hijo.
Alejandro lo miró con fastidio.
---No digas estupideces.
Benjamín caminó hasta él.
---Señor.
Alejandro bajó la mirada.
---¿Sí?
---¿Me presta su teléfono?
---¿Para qué?
---Para llamar a mi mamá.
Alejandro dudó.
---No lo llevo conmigo.
El niño cruzó los brazos.
---Qué tacaño.
Javier soltó una carcajada.
El médico también sonrió.
Alejandro levantó una ceja.
---¿Perdón?
---Tacaño.
Benjamín lo miró con total naturalidad.
---Mi mamá dice que la gente rica no comparte.
Javier casi se atraganta de risa.
---Este chico es increíble.
Alejandro negó con la cabeza.
---Vamos a buscar a su madre en recepción.
Justo en ese momento el ascensor se abrió.
Y de él salió una mujer corriendo.
---¡Benjamín!
La voz resonó por todo el pasillo.
Benjamín levantó la cabeza de inmediato.
---¡Mamá!
Yo corrí hacia él sin ver nada más alrededor.
Lo abracé con tanta fuerza que casi lo levanto del suelo.
---¿Dónde estabas? ---dije entre lágrimas---. Me asustaste.
---Solo te estaba buscando.
Lo apreté contra mi pecho.
---No vuelvas a hacerlo.
---Perdón.
En ese momento sentí varias miradas sobre nosotros.
Levanté la cabeza.
Y me encontré con los ojos de un hombre alto que me observaba en silencio.
No sabía quién era.