Anna despierta en el cuerpo de Adalia Mordrith, una noble comprometida con el hermano menor del emperador tirano.
En la historia original, Adalia estaba destinada a morir traicionada y ejecutada por su propio esposo, manipulado por su ambiciosa concubina.
Decidida a cambiar su destino, Anna solo quiere una cosa: romper el compromiso y escapar antes de que la tragedia vuelva a alcanzarla.
Pero el imperio no es tan fácil de burlar.
El emperador Azrael Thorne es frío, implacable y temido por todos. Un hombre cuya sola mirada puede condenar a cualquiera. Exactamente el tipo de persona al que Adalia debería evitar.
Y, sin embargo, por una razón que nadie puede explicar… él puede escuchar sus pensamientos.
En un imperio donde una sola palabra del emperador decide la vida o la muerte,
él escucha lo que nadie más puede oír.
Cuando ella entra a su vida, no imagina que su mente es un libro abierto para el tirano más temido del imperio.
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Capítulo 2
Adalia se quedó sentada en la cama.
La luz de la mañana atravesaba las cortinas con suavidad, iluminando la habitación con un brillo dorado que contrastaba violentamente con el caos dentro de su cabeza.
Sus manos descansaban sobre sus piernas.
Quietas.
Pero por dentro… todo estaba ardiendo.
Hace unos minutos estaba en su apartamento.
Recordaba claramente la pantalla del televisor iluminando la sala oscura. La escena final del juicio. La voz acusadora. Los gritos.
La concubina llorando dramáticamente en brazos de él.
Y ahora…
Ahora estaba allí.
Sentada en una cama que no era suya.
Con recuerdos que no eran suyos invadiendo su mente como una tormenta.
Los padres de Adalia habían muerto hacía dos años.
Un accidente repentino.
Desde entonces, ella había quedado bajo la tutela de su tío, el hermano menor de su padre.
Un hombre que en público era impecable.
Atento.
Protector.
“Mi pobre sobrina, haré todo por ti.”
Pero los recuerdos eran claros.
Las cuentas reducidas.
Las decisiones tomadas sin consultarla.
Las propiedades administradas “temporalmente”.
La esposa del tío comprando vestidos importados y joyas que superaban el valor del presupuesto anual de la ala donde ella vivía.
El primo desperdiciando dinero en apuestas y fiestas.
Y ella…
La verdadera heredera.
Viviendo con lo mínimo.
Aceptando todo en silencio.
Creyendo que pronto se casaría.
Creyendo que el matrimonio sería su salvación.
Adalia bajó la mirada hacia sus manos.
—Un mes…
Solo faltaba un mes para la boda con Godric.
El mismo hombre que, en la novela, la miraba con desprecio.
El mismo que jamás la defendía.
El mismo que la castigaba cada vez que la concubina lloraba.
Un mes antes de convertirse oficialmente en la esposa que sería odiada.
Un mes antes de comenzar el infierno.
La habitación estaba en silencio.
Pero la mente de Anna no lo estaba.
—Así que esta es tu vida… —murmuró suavemente, sin saber si hablaba consigo misma o con la chica que había habitado ese cuerpo antes.
La Adalia original había amado.
Había esperado.
Había soportado.
Anna… no era así.
Levantó lentamente el rostro.
Sus ojos, antes confundidos, ahora estaban fríos.
Calculando.
—Qué mala suerte para ustedes —susurró.
Porque esta vez…
Adalia no iba a suplicar.
La puerta se abrió de golpe.
Sin aviso.
Sin golpe previo.
Adalia salió de sus pensamientos cuando una figura cruzó la habitación con pasos pesados.
La sirvienta ni siquiera inclinó la cabeza.
Entró como si la habitación le perteneciera.
Como si la mujer sentada en la cama no fuera su señora.
—Por fin despertó —dijo con desdén, dejando caer un balde de agua al lado del tocador. El sonido retumbó contra el suelo de mármol—. Pensé que iba a seguir durmiendo hasta el mediodía.
El tono era insolente.
Familiar.
Demasiado familiar.
Adalia no respondió de inmediato.
La observó.
Cabello recogido sin cuidado. Mandil ligeramente sucio. Brazos cruzados. Mirada cargada de desprecio apenas disimulado.
No había respeto allí.
No había miedo.
Solo costumbre.
La costumbre de tratar a la heredera como una carga.
—¿Y bien? —insistió la sirvienta, chasqueando la lengua—. ¿Va a quedarse mirándome? Apúrese. La señora dijo que no desperdiciemos agua caliente con usted.
Adalia inclinó apenas el rostro.
La miraba en silencio.
Analizando.
Midiendo distancia.
Midiendo tono.
Midiendo poder.
La sirvienta frunció el ceño.
—¿Qué tanto me mira?
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Luego—
Adalia sonrió.
No fue una sonrisa dulce.
No fue nerviosa.
Fue lenta.
Fría.
La clase de sonrisa que no alcanzaba los ojos.
Se levantó de la cama con calma absoluta.
Cada movimiento controlado.
La sirvienta retrocedió apenas, confundida por la repentina seguridad en su postura.
Adalia caminó hacia ella sin prisa.
Sus pasos apenas sonaban sobre el suelo.
Se detuvo a menos de un brazo de distancia.
La diferencia de altura no era mucha, pero la presencia… sí.
—¿Cómo te llamas? —preguntó con voz suave.
La sirvienta parpadeó, desconcertada por el cambio.
—M-Mira.
Adalia inclinó ligeramente la cabeza.
—Mira.
Pronunció el nombre con una serenidad inquietante.
Luego alzó la mano.
No para golpear.
Solo para tomar el borde del mandil de la sirvienta entre sus dedos.
Lo observó como si evaluara una pieza defectuosa.
—Dime, Mira —su voz bajó apenas, volviéndose más firme—. ¿Desde cuándo entras sin anunciarte a la habitación de tu señora?
El silencio se volvió pesado.
La sirvienta tragó saliva.
Algo en esa mirada ya no era el de la joven tímida que solía bajar la cabeza.
Había algo distinto.
Algo peligroso.
—Y… yo siempre…
Adalia soltó el mandil lentamente.
—No vuelvas a hacerlo.
No alzó la voz.
No gritó.
Pero cada palabra cayó como piedra.
—La próxima vez que cruces esa puerta sin tocar… no trabajarás aquí al caer la noche.
La sirvienta abrió la boca.
La cerró.
Por primera vez… dudó.
Adalia dio un paso atrás.
Su sonrisa desapareció.
—Ahora —añadió con suavidad—. Golpea la puerta. Sal. Y vuelve a entrar como corresponde.
La habitación quedó en silencio.
Y por primera vez desde que cruzó el umbral…
La sirvienta parecía pequeña.
La sirvienta no se movió.
Tal vez esperaba que bajara la mirada.
Tal vez esperaba que se disculpara.
Adalia dio un paso más cerca, reduciendo el espacio entre ambas hasta que la otra tuvo que inclinar ligeramente el rostro hacia atrás.
—Toca la puerta —repitió—. Y entra como corresponde.
La intensidad en sus ojos claros no dejaba espacio para burla.
Mira finalmente giró sobre sus talones y salió.
La puerta se cerró.
Tres segundos después—
Toc, toc.
Adalia sonrió.
—Adelante.
La puerta se abrió lentamente.
Esta vez, la sirvienta inclinó la cabeza.
No una reverencia perfecta.
Pero fue suficiente.
—Buenos días… mi lady.
Adalia caminó hacia el tocador con calma, sentándose frente al espejo.
—Mucho mejor.
Tomó un mechón de su cabello dorado entre los dedos, observándolo como si fuera la cosa más importante del mundo.
—Mira… ¿verdad?
—Sí, mi lady.
—Cuando vuelvas a dirigirte a mí —dijo sin mirarla directamente—, recuerda que esta casa me pertenece. No a mi tío. No a su esposa. No a su hijo. A mí.
La sirvienta guardó silencio.
—Y si vuelvo a sentir una falta de respeto… —su reflejo sonrió apenas— serás la primera en abandonar la mansión.
Esta vez no hubo desafío en los ojos de la otra mujer.
Solo nervios.
Adalia finalmente la miró por el espejo.
—Ahora. Prepárame agua caliente. Y tráeme el libro de cuentas de este mes.
Mira parpadeó.
—¿El libro de cuentas?
—¿Te cuesta escuchar?
—N-No, mi lady.
—Entonces muévete.
La sirvienta salió apresurada.
La habitación volvió a quedar en silencio.
Adalia sostuvo su propia mirada en el espejo.
El pulso todavía le latía fuerte.
Pero no era miedo.
Era adrenalina.
—Eso fue fácil —murmuró.
Y apenas era el comienzo.
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