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Amor Dos Vidas

Amor Dos Vidas

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños
Popularitas:1.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Fernanda G

Tras un trágico accidente que le arrebató la memoria y su identidad, Estefanía despierta en una vida de opulencia que no reconoce, casada con José, un hombre poderoso cuya devoción raya en la obsesión. Aunque él le asegura que su amor es eterno, las noches de Estefanía están pobladas por sueños fragmentados de un rostro cargado de dolor y promesas rotas.

La estabilidad de su nueva existencia se resquebraja cuando aparece Andrés, un rival empresarial de José decidido a destruir su imperio. Al encontrarse, Estefanía descubre que su corazón late con una fuerza desconocida por ambos hombres. Mientras intenta reconstruir su pasado, se enfrentará a una verdad aterradora: uno de ellos no solo es el dueño de su presente, sino el arquitecto del secreto detrás de su "muerte" anterior.

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capitulo 9

El trayecto de regreso en el automóvil blindado se desarrolló bajo un silencio sepulcral, espeso como el plomo. La iluminación intermitente de las farolas de la carretera entraba por las ventanillas, perfilando el rostro rígido de José. Su mandíbula permanecía apretada, una línea dura que delataba la tormenta contenida tras su habitual máscara de frialdad quirúrgica. No la había tocado en todo el camino, y esa súbita distancia física resultaba más inquietante para Estefanía que sus abrazos posesivos. El espacio entre ambos se sentía cargado de una estática peligrosa, como la calma que precede al desastre.

​Al cruzar el umbral de la mansión, el eco de las pesadas puertas de roble cerrándose a sus espaldas sonó definitivo. José se despojó del saco del esmoquin con un movimiento brusco, arrojándolo sobre el diván de terciopelo esmeralda. Se aflojó la corbata con dedos impacientes, girándose hacia ella. La luz de la lámpara de araña acentuaba las sombras bajo sus ojos oscuros, dándole un aire de depredador acorralado en su propio territorio.

​—No vas a volver a acercarte a ese hombre, Estefanía —dictaminó. Su voz no se elevó, pero descendió a un tono tan bajo y sibilante que erizó los vellos de la nuca de ella—. Andrés es un criminal. Una escoria corporativa que no se detendrá ante nada para destruir lo que he construido. Lo que hemos construido.

​Estefanía dio un paso atrás, sintiendo el frío del suelo de mármol negro atravesar las finas suelas de sus zapatos. El collar de oro pulido todavía le pesaba en el cuello, una joya que en ese instante se sentía inequívocamente como un collar de sumisión. En su mente, el eco de la palabra Valentina seguía latiendo con la fuerza de un tambor, un nombre prohibido que chocaba frontalmente con la identidad que José le imponía.

​—Él solo me sostuvo cuando me mareé, José —mintió ella, manteniendo la voz lo más nivelada posible, aunque sus manos temblaban ocultas tras los pliegues de su vestido de seda negra—. No entiendo por qué te altera tanto.

​José acortó la distancia entre ambos con una rapidez felina que le cortó el aliento. Sus manos grandes y pesadas se posaron en las mejillas de Estefanía, obligándola a alzar el rostro. La presión de sus pulgares sobre sus pómulos era firme, un límite físico que cancelaba cualquier posibilidad de escape. La miró fijamente, escaneando sus ojos oscuros con una fijeza febril, casi demente, buscando cualquier rastro de la verdad que ella ocultaba.

​—Me altera porque eres mía —susurró él, y su aliento cálido, impregnado del aroma a tabaco y sándalo, invadió sus sentidos por completo—. Ese hombre estuvo a punto de matarte en esa carretera. Su obsesión por destruir mi imperio casi te cuesta la vida. Te borró, Estefanía. Te dejó rota en un hospital. Fui yo quien te recogió de los fragmentos. Fui yo quien te devolvió un nombre, una posición, un hogar. No permitiré que sus manos sucias vuelvan a tocar lo que me pertenece.

​La sensualidad de su proximidad se había transformado; ya no buscaba seducirla, sino doblegarla mediante el peso de su presencia física. José deslizó sus manos desde sus mejillas hacia abajo, recorriendo la línea de su cuello con un roce lento que terminó en sus hombros descubiertos. Sus dedos se clavaron sutilmente en su piel pálida, un recordatorio carnal de su fuerza y de su derecho sobre ella. Se inclinó y la besó en los labios con una urgencia violenta, hambrienta, un castigo disfrazado de pasión que pretendía borrar el rastro de la mirada de Andrés de la memoria de su esposa. Estefanía no opuso resistencia, permitiendo que él descargara su furia sobre su boca, pero mantuvo los ojos abiertos en la penumbra del gran recibidor, fija en las cámaras de seguridad que vigilaban desde las esquinas del techo.

​—Sube a nuestra habitación —le ordenó José al separarse, su respiración aún alterada—. Necesito hacer unas llamadas. Mañana empezará un nuevo régimen de seguridad en esta propiedad. Es por tu propio bien, mi vida. Para protegerte.

​Estefanía asintió mecánicamente, desprendiéndose de su agarre. Subió la escalinata de caracol con pasos lentos, sintiendo el roce de la seda negra contra sus piernas como una caricia fúnebre. Al entrar a la suite principal, la opulencia del terciopelo esmeralda y el dosel de la cama la recibieron con la habitual hostilidad de un museo privado. Se acercó al tocador para quitarse la pesada gargantilla de oro, aliviando finalmente la presión en su garganta.

​Fue al alzar la vista hacia el gran espejo de marco ornamental cuando lo notó.

​En la esquina superior derecha del techo, justo en la moldura de madera oscura que coronaba la habitación, un pequeño destello rojo parpadeó una sola vez. Estefanía contuvo el aliento. Se giró despacio, barriendo el espacio con la mirada. En el ángulo opuesto, cerca del ventanal blindado que daba a los jardines grises, otra pequeña lente de cristal oscuro, del tamaño de una moneda, la apuntaba directamente.

​Eran cámaras nuevas. Dispositivos de alta resolución que no estaban allí esa mañana. José no solo vigilaba los pasillos o los límites exteriores de la propiedad; ahora había invadido el último reducto de su intimidad. Cada movimiento que hiciera, cada vez que se cambiara de ropa, cada lágrima que derramara en el silencio de la noche o cada espasmo de sus pesadillas lúcidas sería registrado, analizado y archivado bajo el escrutinio del hombre que se autoproclamaba su protector.

​Una certeza gélida y devastadora se instaló en el pecho de Estefanía, apagando el último rastro de confusión. La amnesia la había dejado sin pasado, pero el presente se desplegaba ante ella con una claridad meridiana. La mansión de mármol, las joyas de oro pulido, las sábanas de seda y las palabras de devoción eterna de José eran los barrotes perfectamente diseñados de una prisión de alta gama.

​La "jaula de oro" se había cerrado oficialmente a su alrededor, aislándola del mundo exterior y del hombre del aroma a lluvia que guardaba la llave de su verdadero nombre. Estefanía se sentó en el borde de la cama, completamente inmóvil bajo la mirada invisible del lente rojo, comprendiendo que a partir de ese segundo, cada suspiro tendría que ser una estrategia de supervivencia.

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Celina Espinoza
me gusta buen capitulo 👏
Celina Espinoza
🤭👏
Lobelia ❣️
👍👍
Celina Espinoza
me gustó 👏
Celina Espinoza
💯me gusta
Lobelia ❣️
👍
Lobelia ❣️
💯👍💯
Lobelia ❣️
💯👍está buena
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