Valentina Reyes lleva dos años tragándose el infierno en silencio.
Cada mañana se sube al Metrobús en Coyoacán, cruza media ciudad y llega a las oficinas de Grupo Lucía en Santa Fe — el imperio empresarial del hombre que la destruyó. Cada mañana se para frente a Sebastián Montero, el CEO más despiadado de Ciudad de México, y finge que no le tiemblan las manos. Cada noche vuelve a su departamento vacío, abre el frasco de paroxetina y cuenta las pastillas que le quedan.
Sebastián la odia. O eso dice.
Porque Valentina era la mejor amiga de Lucía — su hermana menor, la que murió una noche hace cinco años en circunstancias que nadie ha podido explicar del todo. Y Sebastián está convencido de que Valentina pudo haberla salvado.
Lo que él no sabe es que Valentina también lo cree. Que la culpa la está matando por dentro mucho antes de que él pudiera hacerlo.
Un día, Sebastián le propone algo absurdo: un acuerdo de cien días. Cien días juntos — viviendo bajo el mismo techo, siguiendo sus reglas, fingiendo una relación que a ella le quema y a él le obsesiona. Cuando los cien días terminen, ella será libre. Él la dejará ir.
Pero en esos cien días pasan cosas que ninguno de los dos planeó.
Él descubre que detrás de su odio hay algo mucho peor: que nunca dejó de amarla. Ella descubre que el caso de Lucía esconde una verdad que podría cambiarlo todo — una verdad que alguien está dispuesto a matar para mantener enterrada. Y Doña Carmen, la madre de Sebastián, enferma terminal y rota por la pérdida de su hija, le exige a su hijo que elija: su familia o esa mujer.
Los cien días se acaban en Nochevieja.
Y Valentina ya decidió cómo va a terminar esta historia.
**¿Será Sebastián capaz de encontrarla antes de que sea demasiado tarde?**
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Capítulo 18
Capítulo 18
El cumpleaños que nadie recuerda
17 de octubre.
Valentina se despertó sabiendo que hoy nadie iba a felicitarla.
Era su cumpleaños. Veinticuatro años. Los primeros seis los celebró con sus padres, los siguientes once también, el decimoctavo lo pasó sola porque sus padres llevaban un año muertos y Lucía llevaba tres meses muerta y no quedaba nadie en el mundo que supiera que ese día existía.
Se levantó, se bañó, se vistió, se tomó la paroxetina con un trago de agua y salió a la calle como si fuera un martes cualquiera.
A las ocho y cuarto, su celular vibró. Un mensaje de Andrés:
"Feliz cumpleaños, Vale. 24 años de ser la persona más terca, valiente y necia que conozco. Te quiero."
Valentina sonrió. Lo contestó con un emoji de corazón, que era lo máximo que podía escribir sin que se le quebrara algo por dentro.
En la oficina, nada. Carolina no lo sabía. Los compañeros de trabajo no lo sabían. Recursos Humanos probablemente tenía la fecha en algún archivo, pero nadie revisaba esas cosas. Valentina pasó ocho horas frente a su computadora, almorzó una ensalada en el comedor, contestó correos, revisó informes, asistió a una junta donde Sebastián habló de márgenes operativos sin mirarla ni una sola vez.
A las cinco y media, Sebastián pasó por su escritorio.
—Hoy no trabajes hasta tarde.
Valentina levantó la vista. Él ya estaba caminando de vuelta a su oficina, como si hubiera soltado la frase al pasar sin darle importancia.
A las seis salió del edificio. Tomó el Metrobús a Coyoacán. Caminó las cuatro cuadras de siempre. Llegó a su calle.
Frente a la puerta del restaurante que estaba en la esquina de su edificio —un lugar pequeño que se llamaba La Cocina de Doña Lupe, con manteles de cuadros y un comal donde hacían tlacoyos que olían a gloria— había un auto negro estacionado.
Sebastián bajó del auto. Llevaba jeans, una camisa sin corbata y una expresión que Valentina no le conocía: nerviosismo. Sebastián Montero estaba nervioso. El CEO de Grupo Lucía, el hombre que negociaba contratos millonarios sin pestañear, estaba parado en una banqueta de Coyoacán con las manos en los bolsillos y la cara de alguien que no sabe si hizo bien.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Valentina.
—Entra.
Le abrió la puerta del restaurante. Valentina entró.
La Cocina de Doña Lupe tenía seis mesas. Solo una estaba ocupada. Era la del fondo, junto a la ventana, con un mantel limpio, dos platos de tacos al pastor servidos con piña y cilantro, una jarra de agua de horchata y, en el centro, un pastel pequeño —tan pequeño que cabía en las dos manos— con betún blanco y una vela encendida.
No había globos. No había decoración. No había grupo de mariachis ni sorpresa de cumpleaños elaborada. Solo una mesa puesta en su restaurante de la esquina, con su comida favorita y un pastel que tenía el tamaño exacto de un regalo que no quiere ser ostentoso.
—¿Cómo supiste? —dijo Valentina, y la voz le salió rota.
—No sé cuándo es tu cumpleaños —dijo Sebastián, parado detrás de ella—. Pero Lucía me lo dijo una vez.
Valentina se volteó a mirarlo. Las lágrimas ya le corrían por las mejillas antes de que pudiera detenerlas.
—¿Lucía te dijo?
—Fue antes de... —Sebastián tragó—. Fue unos meses antes. Estábamos cenando y ella dijo: "Sebas, ¿sabías que el cumpleaños de Valentina es el 17 de octubre? Siempre se lo olvidan. Prométeme que algún día le haces algo bonito."
Lucía. Lucía, que siempre pensaba en los demás. Lucía, que recordaba las fechas que nadie más recordaba. Lucía, que incluso muerta seguía cuidándola a través de las personas que dejó atrás.
Valentina se cubrió la cara con las manos. Lloró. No el llanto silencioso al que estaba acostumbrada, sino uno real, con sonido, con temblor, con esa liberación brutal que viene cuando alguien te demuestra que no estás tan sola como creías.
Sebastián no la abrazó. No la tocó. Se quedó de pie a un metro de distancia, con las manos a los costados y la mandíbula apretada, mirándola llorar con la expresión de un hombre que quiere hacer algo pero no sabe qué.
Doña Lupe, desde la cocina, se asomó con cara de preocupación. Sebastián le hizo un gesto con la mano —todo está bien— y la señora volvió a desaparecer.
Cuando Valentina se calmó, se limpió la cara con la manga de la blusa y se sentó a la mesa. Sebastián se sentó enfrente.
—Come —dijo él—. Se enfrían.
Comieron tacos al pastor en silencio. La horchata estaba dulce y fresca. Doña Lupe se acercó para preguntar si querían más salsa y miró a Sebastián con los ojos de una mujer de sesenta años que reconoce al instante a un hombre enamorado aunque él todavía no lo sepa.
Valentina sopló la vela del pastel. No pidió un deseo. O quizá sí pidió uno, pero era demasiado grande para decirlo en voz alta.
—¿Subimos? —dijo ella, señalando hacia arriba—. La azotea tiene vista.
Subieron al edificio de Valentina. Pasaron su departamento y siguieron por las escaleras hasta la azotea, donde había un tendedero con ropa de los vecinos, macetas con plantas medio muertas, un tinaco viejo y la vista completa de Coyoacán desde lo alto: los techos de teja, las cúpulas de las iglesias, los árboles enormes del parque, y a lo lejos, las luces de la ciudad extendiéndose hasta donde alcanzaba la mirada.
Se sentaron en el borde, con las piernas colgando sobre el pretil bajo.
—Lucía y yo veníamos aquí —dijo Valentina—. Cuando ella se quedaba a dormir, subíamos con cobijas y nos acostábamos a ver las estrellas. Aunque en la Ciudad de México casi no se ven estrellas.
—Lucía decía que las estrellas de la Ciudad de México eran los aviones. Que cada lucecita roja que cruzaba el cielo era un deseo de alguien que iba a algún lado.
Valentina rio. Una risa pequeña, mojada, pero real.
—Suena a ella.
Hablaron. Por primera vez en cinco años, hablaron de cosas que no dolían. Valentina le contó sobre la universidad, sobre su profesor de acuarela que le decía que pintaba "con demasiado miedo", sobre el gato callejero de la azotea al que había nombrado Don Bigotes. Sebastián le contó que de adolescente quería ser músico, que tocaba la guitarra a escondidas porque Eduardo consideraba que la música no era "una carrera seria", que Lucía era la única que lo escuchaba practicar.
—¿Todavía tocas? —preguntó Valentina.
—No. Vendí la guitarra cuando Lucía murió.
El silencio que siguió fue largo pero no pesado. Era el silencio de dos personas que comparten una pérdida y que, por primera vez, la están cargando juntas en vez de usarla como arma.
A las once de la noche, Sebastián se puso de pie.
—Debería irme.
—Sí.
Se miraron. La ciudad brillaba debajo. Un avión cruzó el cielo con su lucecita roja intermitente, como un deseo de alguien yendo a algún lado.
Sebastián dio un paso hacia ella. Levantó la mano. Le tocó el pelo —un gesto leve, casi accidental, como si sus dedos hubieran tomado una decisión que su cabeza todavía no aprobaba—. Le quitó un mechón de la cara.
Después se dio la vuelta y bajó las escaleras sin decir nada más.
Valentina se quedó en la azotea. El viento de octubre le movía el pelo donde Sebastián lo había tocado, y la sensación de sus dedos le ardía en la piel como una marca invisible.
Sacó el celular viejo de Lucía. Lo encendió. Buscó los mensajes. Encontró uno que no recordaba haber leído, enviado cuatro meses antes de que Lucía muriera:
"Algún día mi hermano te va a hacer feliz. Lo prometo. 🌻"
Valentina miró el mensaje. Miró las estrellas que no se veían. Miró la lucecita roja del avión cruzando el cielo.
—Ya lo está intentando —susurró.
Se quedó en la azotea hasta que el frío la obligó a bajar. Entró a su departamento, se acostó en la cama y por primera vez en mucho tiempo, se durmió sin necesitar la segunda vuelta de insomnio.
Tenía veinticuatro años, un pastel a medio comer en la cocina y un mechón de pelo que todavía olía a los dedos de un hombre que no sabía decir "feliz cumpleaños" pero que había aprendido a decirlo con tacos al pastor y una vela.