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Me enamoré del hijo de mis padrinos

Me enamoré del hijo de mis padrinos

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor platónico
Popularitas:8.9k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Mis papás se fueron del país y me dejaron en casa de mis padrinos. Eso significaba vivir con Santiago Montero: su hijo mayor, seis años mayor que yo y el hombre al que todos consideraban casi un hermano.
Antes de llegar, me impuso tres reglas:
Nuestro compromiso infantil no cuenta.
No subas al tercer piso.
No me busques.
Yo pensaba obedecerlas. Santiago no.
Fue él quien comenzó a cuidarme, a ponerse celoso y a acorralarme contra la puerta de mi habitación.
—¿Por qué huyes? ¿Crees que voy a comerte?
Entonces descubrí cuatro limoneros plantados para mí y la verdad que ocultaba: llevaba catorce años esperándome.
El heredero que juró no quererme ahora estaba dispuesto a perderlo todo para hacerme suya.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Capítulo 24: Investigación

Santiago tardó cuarenta y ocho horas en obtener los metadatos de la foto.

No fue difícil. Su equipo de seguridad digital en Limontech — tres ingenieros especializados en ciberseguridad que normalmente protegían los servidores de la empresa contra ataques de phishing — analizó la imagen en menos de un día. Los metadatos EXIF estaban parcialmente borrados, lo cual ya era revelador: una persona que toma una foto inocente no se molesta en limpiar los datos. Pero la limpieza había sido incompleta — como cuando alguien formatea un disco duro sin saber que ciertos datos se pueden recuperar con el software adecuado.

El modelo del teléfono: iPhone 14 Pro, color morado. La hora de captura: 23:07, viernes. La aplicación de edición: VSCO, versión 345.1.

Santiago le mostró el reporte a Valentina el miércoles por la tarde en el estudio del tercer piso. Tres hojas impresas, con gráficos de análisis de píxeles y tablas de metadatos que Valentina entendía a medias pero que no necesitaba entender del todo para captar lo importante.

—iPhone 14 Pro, morado —dijo Santiago—. ¿Quién en tu residencia tiene ese teléfono?

Valentina cerró los ojos. Los abrió.

—Camila.

—¿Estás segura?

—Tiene una funda transparente con flores. Lo saca en todas las clases. Es morado.

Santiago asintió. Un movimiento corto, seco, de alguien que confirma una hipótesis que ya tenía.

—Los metadatos no son una prueba legal —dijo—. Indican el modelo del dispositivo, pero no al usuario. Si ella niega que la tomó, no hay forma de confirmar quién presionó el botón sin una orden judicial para revisar su galería. Y una orden judicial requiere una demanda formal.

—No quiero una demanda formal.

—Lo sé.

Valentina miró las hojas sobre el escritorio. La tinta negra de los datos técnicos, los números de serie, las coordenadas de captura. Todo apuntaba a una dirección que ella ya conocía pero que todavía no podía pronunciar en voz alta frente a un juez, un director de residencia o la propia Camila sin que la respuesta fuera: "¿Y? Muchas personas tienen un iPhone morado."

Tenía razón. Muchas personas tenían un iPhone morado. Pero solo una persona tenía un iPhone morado, vivía en el segundo piso de esa residencia, había roto una caja de música, había desaparecido una chamarra de cuero, y tenía una historia de gestos pequeños y sistemáticos contra todo lo que conectaba a Valentina con Santiago.

—Quiero atraparla en el acto —dijo Valentina.

Santiago la miró. No dijo "eso es peligroso" ni "déjamelo a mí" ni "¿estás segura?". La miró con la atención concentrada de alguien que evalúa una estrategia y decide si es viable.

—¿Cómo? —preguntó.

—No sé todavía. Pero primero voy a proteger lo que me queda.

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Esa noche, Valentina esperó a que Camila saliera al baño. Tenía siete minutos — Camila tardaba exactamente siete minutos en lavarse los dientes, ponerse crema y volver. Valentina lo sabía porque llevaba semanas contando sin darse cuenta, porque la convivencia te enseña los ritmos de otra persona aunque no quieras aprenderlos.

En siete minutos, metió la caja de música reparada — Santiago había mandado arreglar el mecanismo con un relojero de la Roma — dentro de su mochila. La chamarra de cuero ya no estaba, pero Valentina tenía el collar de limón, una bufanda que Santiago le había prestado, y una libreta donde había escrito fragmentos de los recuerdos recuperados. Todo lo que Camila pudiera identificar como conectado a Santiago, todo lo que pudiera romper o desaparecer, fue dentro de la mochila.

Al día siguiente, antes de clases, pasó por los lockers del edificio de Comunicación. Rentó uno por semestre — trescientos pesos, cerradura de combinación. Metió la mochila adentro. Giró el candado. Se fue a clase con la mochila del diario y la tranquilidad amarga de alguien que tiene que esconder sus cosas de la persona con la que comparte cuarto.

No confrontó a Camila. No le dijo "sé que fuiste tú" ni "tengo los metadatos" ni "aléjate de mis cosas". El silencio era la estrategia — dejar que Camila creyera que seguía en control, que sus movimientos eran invisibles, que nadie sospechaba. Las personas que se sienten seguras cometen errores más grandes.

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El jueves, después de la clase de Análisis del Discurso, Diego Lozano la alcanzó en el pasillo.

—Oye, Val. ¿Tienes un minuto?

Valentina se detuvo. Diego caminaba a su lado con esa postura relajada que lo hacía parecer siempre en camino a algún lugar agradable — hombros sueltos, paso largo, sonrisa que no costaba esfuerzo.

—El torneo de tenis del sábado. Es dobles mixtos. Mi pareja se lesionó la muñeca y necesito a alguien. ¿Quieres jugar conmigo?

—Diego, yo no juego tenis.

—No necesitas jugar bien. Necesito a alguien que sepa agarrar una raqueta y que no le tenga miedo a la pelota.

—¿Y yo no le tengo miedo a la pelota?

—Eres la persona menos miedosa que conozco. Entonces, ¿sí?

Valentina lo pensó. Un torneo de tenis. Actividad física, sol, distracción. Algo que no fuera metadatos ni fotos editadas ni cajones sin llave llenos de sentimientos que no sabía categorizar.

—Sí —dijo—. Pero si perdemos, la culpa es tuya.

—Si perdemos, te invito a cenar. Si ganamos, también te invito a cenar.

—Eso suena a que la cena es inevitable.

—Exacto.

Se rió. Diego se rió. Fue fácil. Todo con Diego era fácil — la conversación fluía sin tropiezos, las sonrisas no requerían decodificación, los silencios no pesaban. Con Diego, el mundo era una superficie plana donde las cosas significaban lo que parecían significar y nada más.

Se despidieron en la esquina del edificio. Diego se fue a entrenamiento. Valentina se fue a la biblioteca.

No le dijo a Santiago.

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Santiago se enteró al día siguiente. Por Mateo Salazar, que tenía la habilidad involuntaria de soltar información en el momento exacto en que no debía.

Estaban en la oficina de Limontech — el coworking de la Roma donde Santiago tenía su espacio de trabajo. Mateo había pasado a dejar unos documentos de un proyecto conjunto con la Ibero, y mientras Santiago revisaba las cifras, Mateo se sirvió un café y dijo, con la casualidad de quien comenta el clima:

—¿Sabías que tu hermanita va al torneo de tenis con Diego Lozano?

Santiago dejó de leer. El movimiento fue mínimo — los ojos se detuvieron sobre la hoja, los dedos dejaron de pasar la página — pero Mateo, que llevaba años leyendo a Santiago como quien lee un sismógrafo, notó el temblor.

—¿Lozano? —dijo Santiago.

—El tenista. Alto, de Guadalajara, segundo semestre. Anda detrás de tu hermana desde septiembre.

—No anda detrás de ella.

—Hermano, le lleva café a la cafetería, la acompaña a la biblioteca, y ahora la invitó al torneo como su pareja de dobles. Si eso no es andar detrás, es la imitación más convincente que he visto.

Santiago no contestó. Volvió la vista a los documentos. Los números que antes tenían sentido ahora eran manchas de tinta sobre papel.

Su mandíbula se apretó. Un grado. Dos grados. Valentina habría notado los tres grados completos y habría sabido exactamente qué significaban, pero Valentina no estaba ahí. Mateo sí, y Mateo no tenía el diccionario de expresiones mínimas de Santiago Montero.

—¿Estás bien? —preguntó Mateo.

—Perfecto —dijo Santiago, y su voz sonó como siempre: plana, controlada, eficiente.

Pero su mano izquierda, debajo del escritorio, se había cerrado en un puño. Y la abrió despacio — dedo por dedo — con la deliberación de alguien que está peleando contra su propio instinto.

No iba a decir nada. No iba a llamarla para preguntar por qué no le contó. No iba a aparecer en el torneo con la excusa de que pasaba por ahí. No iba a hacer ninguna de las cosas que su cuerpo le pedía, porque Santiago Montero había aprendido — a lo largo de veintidós años de observar cómo su familia destruía las cosas que quería controlar — que apretar demasiado es la forma más eficiente de perder.

Controlar a Valentina la alejaba. Eso lo sabía. La evidencia era histórica, empírica, irrefutable. Cada vez que intentaba contener, ella retrocedía. Cada vez que soltaba, ella se acercaba.

Entonces soltó.

—¿A qué hora es el torneo? —preguntó, como si la información fuera tan relevante como el pronóstico del clima.

—Sábado a las diez, en el club de Interlomas.

—Bien.

Siguió leyendo los documentos. Mateo se terminó el café. Ninguno de los dos dijo nada más.

Pero cuando Mateo se fue y Santiago se quedó solo en la oficina, cerró la laptop. Se reclinó en la silla. Miró el techo blanco del coworking con la expresión de alguien que está procesando un dato que no encaja en ninguna de sus hojas de cálculo.

Diego Lozano. Alto, guapo, fácil. De Guadalajara, como ella. Tenista, con esa seguridad física que Santiago no tenía — Santiago era fuerte pero no atlético, controlado pero no gracioso, imponente pero no ligero. Diego era ligero. Diego hacía reír a Valentina con la naturalidad de quien abre una llave y el agua sale.

Santiago cerró los ojos. No por cansancio. Por contención.

Algo iba a romperse. No sabía qué, no sabía cuándo, no sabía de qué lado. Pero la presión se estaba acumulando en un espacio que cada día era más pequeño, y la física era clara: cuando el volumen se reduce y la presión aumenta, algo cede.

Abrió los ojos. Abrió la laptop. Volvió al trabajo.

Pero el puño se le había vuelto a cerrar debajo del escritorio, y esta vez tardó más en abrirlo.

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Equipo Motorola
buenos días escritora, enamorada de tu historia, felicitaciones
Lineth: bonito
total 1 replies
Equipo Motorola
excelente historia felicitaciones escritora
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