Annie Williams, una joven de 23 años, disfruta de la vida sencilla que ha construido en su pequeño apartamento. Aunque sus padres poseen una enorme fortuna y le han pedido incontables veces que regrese a vivir con ellos, Annie se niega. No quiere una existencia rodeada de lujos; prefiere ganarse las cosas por sí misma y vivir bajo sus propias reglas.
Al otro lado del océano, Omar Moretti, un atractivo empresario italiano de 28 años, viaja a Estados Unidos para cerrar uno de los negocios más importantes de su carrera. Antes de partir, le encargó a su secretaria reservar una habitación de hotel, pero un imperdonable descuido dejó a Omar sin alojamiento al llegar al país.
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Capitulo 3
El timbre sonó justo cuando el reloj marcaba las nueve y media. Annie suspiró, cerró el libro que leía con mucho cuidado y fue hacia la puerta. Antes de abrir, miró por la mirilla: un hombre alto, de hombros anchos, con el cabello oscuro algo revuelto y una maleta de cuero a sus pies, miraba a su alrededor con impaciencia contenida.
Abrió la puerta solo lo suficiente para verlo de frente.
—¿Señor Moretti?
Él se volvió de inmediato, y al verla, hizo un esfuerzo por enderezarse y recuperar esa compostura que parecía haber perdido en las últimas horas.
—Sí, soy yo. Muchas gracias por recibirme, de verdad. Sé que es mucho pedirle a una desconocida.
Annie se apartó un poco para dejarlo pasar, pero mantuvo la mano firme en el marco de la puerta.
—Pase. Pero recuerde lo que le dije por teléfono: esto es solo por unos días, hasta que encuentre un lugar decente. Y aquí se cumplen mis reglas.
Omar entró despacio, mirando a su alrededor. El apartamento era pequeño, pero cada cosa estaba en su sitio: cojines alineados, libros ordenados por tamaño, ni un solo papel fuera de lugar. Se sintió como un gigante que acababa de entrar en una maqueta perfecta. Dejó la maleta en el rincón que ella le señaló y se pasó una mano por el cuello de la camisa.
—No quiero abusar de su amabilidad —empezó él, con voz más suave—. Nunca me había pasado algo así. Siempre tengo todo controlado, pero esta vez… un error tonto de mi equipo y quedé en la calle. Mañana tengo una reunión que puede cambiar todo para mi empresa, y no tenía dónde ir.
Annie lo miró con atención. Esperaba a alguien arrogante, prepotente, acostumbrado a mandar. Y aunque se notaba que tenía carácter, ahora veía en él a un hombre agotado y preocupado.
—¿Y no tiene ningún otro conocido aquí? ¿Ningún amigo?
—Todos están ocupados o fuera de la ciudad —admitió él, bajando la mirada un instante—. Cuando me llamó Marco, ese amigo común, y me dijo que quizás usted… pensé que era mi última oportunidad. Sé que es raro, que una desconocida abra su puerta a un desconocido. Y le prometo que no estorbaré. Saldré temprano, volveré tarde, solo usaré el cuarto de invitados y el baño. No haré ruido, no tocaré nada…
—¿Y qué pasa si rompe algo? —lo interrumpió ella con seriedad—. O si deja las cosas tiradas. O si llega a las tres de la mañana haciendo ruido. A mí me gusta mi tranquilidad, señor Moretti. Me costó mucho construirla.
—Entiendo perfectamente —dijo él, mirándola a los ojos con sinceridad—. Si algo se rompe, lo pago. Si dejo algo fuera de lugar, lo recojo. Si llego tarde, entraré sin hacer el menor ruido. Le doy mi palabra. Y por supuesto, le pagaré lo que considere justo por estos días.
Annie negó con la cabeza.
—No quiero su dinero. Solo quiero que respete mi casa y mi forma de vivir.
—Se lo prometo —repitió él, con una firmeza que esta vez no sonaba a arrogancia, sino a gratitud—. Solo unos días. En cuanto tenga habitación en el hotel, me voy y no le molesto más.
Annie se quedó callada un momento, mirando su pequeño refugio, su orden, su paz. Una vocecita le decía que estaba cometiendo una locura. Pero al ver la desesperación real en sus ojos, suspiró y se apartó del todo para dejarlo entrar.
—Está bien. Pero solo unos días —repitió ella, señalando la puerta del pequeño cuarto al fondo—. Esa es la habitación. La ropa de cama está limpia. El baño es el que está al lado. La cocina es de los dos, pero cada uno lava lo que usa. Y a las diez de la noche, el silencio es absoluto. ¿Entendido?
Una media sonrisa de alivio apareció en los labios de Omar.
—Entendido, señorita Williams. Gracias. De verdad, gracias.
—Llámeme Annie —dijo ella, cerrando la puerta con suavidad—. Y espero no arrepentirme de esto.
—Y yo espero no ser tan terrible como parece —respondió él, sin saber que esa frase iba a quedarse muy corta para lo que vendría después.
Mientras Annie le mostraba el camino hacia la habitación, Omar no dejaba de mirar a su alrededor, con una mezcla de extrañeza y respeto.
—Todo está… muy ordenado —dijo al fin, sin poder evitarlo, como si estuviera viendo algo fuera de lo común.
Annie se detuvo y lo miró de reojo.
—¿Le sorprende? Para mí es lo normal. Cada cosa tiene su lugar y cada momento su horario. Así no hay sorpresas desagradables.
—O no hay sorpresas de ningún tipo —respondió él, con una media sonrisa que ella no supo interpretar—. En mi mundo, las cosas cambian cada cinco minutos. Si no te adaptas, te quedas atrás.
—O terminas metido en problemas por no planificar nada —replicó ella, señalando la pequeña habitación—. Aquí tiene una toalla limpia en la silla, jabón nuevo y todo lo necesario. Si necesita algo, me lo dice, pero no ande abriendo cajones ni mirando en armarios.
—¿Ni siquiera por curiosidad? —bromeó él, soltando la maleta sobre la alfombra con cuidado.
—Ni por curiosidad, ni por error, ni por nada —lo cortó ella con firmeza—. Esta es mi casa, señor Moretti. Mi espacio. Y si va a quedarse aquí, tiene que aprender a respetar los límites.
Omar levantó las manos en señal de rendición, aunque en sus ojos brillaba un poco de diversión ante aquella mujer tan decidida.
—Entendido, Annie. Límites claros, respeto absoluto. ¿Algo más que deba saber antes de sentirme bienvenido?
—Sí —dijo ella, apoyándose en el marco de la puerta—. No deje la ropa tirada por cualquier parte. No coma en la sala. Y si usa la cocina, limpia lo que ensucie en el acto. No me gustan los restos ni las tareas pendientes.
—Vale —asintió él, contando con los dedos—. Nada de ropa por el suelo, nada de comida en el sofá, nada de platos sucios. ¿Algo más? ¿Prohibido silbar? ¿Prohibido respirar muy fuerte?
Annie entrecerró los ojos, notando el tono de burla, pero también que no lo hacía con mala intención.
—Prohibido tratar mis reglas como si fueran una broma. Para mí no lo son.
La voz de ella bajó un tono, y la sonrisa de Omar se apagó de inmediato. Se enderezó, mirándola con seriedad.
—Le pido perdón. No era mi intención faltarle al respeto. Entiendo que le cueste confiar en un desconocido. Le prometo que haré todo lo posible por no estorbar. Solo… paciencia conmigo, ¿vale? No estoy acostumbrado a vivir con tantas normas.
Annie suspiró, sintiendo que quizás había sido demasiado rígida.
—Y yo no estoy acostumbrada a compartir mi casa con nadie. Así que tendremos que hacer un esfuerzo los dos.
—Trato hecho —dijo él, extendiendo la mano.
Ella dudó un segundo, pero al final la estrechó. Sus manos se tocaron por primera vez: la de él grande y cálida, la de ella pequeña y firme. Un cosquilleo extraño recorrió a ambos, pero ambos fingieron no notarlo y soltaron el contacto casi al instante.
—Bien —dijo Annie, recuperando la compostura—. Yo voy a prepararme para dormir. La cocina está libre si quiere tomar algo antes. Pero recuerde: a las diez, luz apagada y silencio.
—A las diez en punto —repitió él—. Gracias de nuevo, Annie. De verdad.
Ella asintió y se retiró hacia su habitación, cerrando la puerta suavemente. Se apoyó contra la madera y soltó el aire que sin darse cuenta había estado conteniendo.
Solo unos días, se repitió a sí misma. Solo unos días y todo volverá a la normalidad.
Al otro lado del pasillo, Omar se sentó en el borde de la cama y miró aquel espacio tan pequeño y tan perfecto. Sonrió con ironía.
—¿Y quién te dice a ti —se dijo en voz baja— que no te vas a acostumbrar demasiado rápido a este caos ordenado?