Un acuerdo que no eligió. Un desconocido que debe aceptar. Y un lazo que el tiempo ni la muerte pudieron romper.
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CAPÍTULO 22 La condición que no tiene vuelta atrás
Llegó el momento de salir del hospital.
Me pusieron ropa cómoda y una manta gruesa, pero yo apenas sentía el frío, porque lo que sentía por dentro era mucho más helado.
No opuse resistencia, no dije nada, solo me dejé hacer, con la mirada perdida en el vacío y lágrimas silenciosas que se me escapaban sin poder evitarlo.
Antonella me dio un último abrazo suave, me apretó la mano con cariño antes de despedirse.
—Tengo que irme primero a arreglar unas cosas —me dijo bajito, con voz preocupada—.
Pero prometo que después vendré a verte, no tardaré mucho.
No estás sola.
Se marchó, y nos quedamos solo Damián y yo.
Cuando llegamos a la puerta del hospital y el auto nos esperaba afuera, él no dudó ni un instante.
Se acercó despacio, me tomó la mano con firmeza pero sin lastimarme; yo intenté soltarme con la poca fuerza que me quedaba, pero su agarre fue seguro, decidido.
Me ayudó a caminar hasta el vehículo, me subió con mucho cuidado, acomodándome bien en el asiento trasero y cubriéndome nuevamente hasta el cuello.
No hubo palabras dulces, ni consuelos, solo esa acción firme que no aceptaba rechazo.
Él se sentó al volante y arrancó, pero no dejó de mirarme por el espejo retrovisor en todo el trayecto.
No se apartó de mí ni con la mirada, vigilando cada movimiento mío, asegurándose de que estuviera ahí, de que no desapareciera.
Cuando el auto se detuvo frente a la casa, sentí un nudo tan fuerte en la garganta que casi no podía respirar.
Ese lugar que alguna vez fue mi hogar, ahora se sentía como una prisión.
Bajé apoyándome en él, y caminamos hasta la entrada sin que él soltara mi mano ni un segundo.
Al entrar, me llevó directo a mi habitación.
Me acomodó en la cama, me arropó bien, y luego se sentó justo al borde, sin moverse, sin intención de irse.
Se quedó ahí, imponente, con esa expresión seria y fría que siempre lo caracterizaba, mirándome fijamente a los ojos como si quisiera grabarme cada palabra que iba a decir.
—He dejado todo listo —dijo con voz tajante y sin titubear—.
La comida está preparada y caliente en la cocina, el agua está aquí mismo al lado de la cama.
Tengo una regla muy clara:
si no quieres ver a nadie, no verás a nadie.
Nadie entrará en esta habitación sin que tú lo permitas.
Pero entiende esto bien:
yo estaré siempre cerca, vigilando, y no me iré de tu lado hasta que vea que cumples con lo que debes.
Se inclinó un poco más hacia mí, bajando la voz para que solo yo escuchara, con una dureza que me hizo estremecer hasta los huesos:
—Pero hay algo que no olvides nunca, ni por un segundo.
Si quieres volver a ver a los niños, si alguna vez deseas tenerlos cerca otra vez, tienes que darme primero un hijo.
Ese es el trato.
No hay excepciones, no hay forma de cambiarlo.
Solo cuando tengas ese hijo, solo entonces, pensaré en dejarte verlos.
Hizo una pausa larga, viendo cómo mis ojos se llenaban de más lágrimas al escuchar eso, cómo mi respiración se entrecortaba.
—Y también te lo advierto muy claramente:
si tengo que obligarte a comer, lo haré.
No dejaré que te mueras de hambre por tu propia voluntad, no permitiré que te hagas daño para salirme con la mía.
Haré lo que sea necesario para que te recuperes, aunque te enfades, aunque me odies más de lo que ya me odias.
Se quedó ahí sentado un buen rato más, sin moverse, dejándome entender con su silencio que esa amenaza era real, que no tenía piedad, que no se iría hasta que yo aceptara sus condiciones.
Yo me quedé inmóvil, sintiendo que mi corazón se rompía en mil pedazos más.
sabiendo que ahora tenía que elegir entre mi propia dignidad y la única esperanza de volver a abrazar a quienes más amaba en el mundo.