La Protagonista Marcela: Dulce, obediente y sumisa en apariencia ante su esposo, pero una mente brillante, estratega y creadora de best-sellers mundiales en secreto. Lleva 25 años guardando su identidad con ayuda de su abogada y sus dos fieles amigas.
El Esposo Patricio: Magnate de los restaurantes, controlador y narcisista. Cree que tiene el control absoluto y decide humillarla públicamente para pedirle el divorcio, sin saber que está pisando un terreno minado. Lleva 10 años con una doble vida.
Los Aliados Clave:
Sus tres hijos: Aman a su madre profundamente y el mayor no duda en encarar al padre.
Las dos amigas Regina y Paulina: Cómplices del secreto literario y testigos de la falsedad del empresario.
El Presidente de la Nación: Su amor de juventud, viudo, padre de dos hijas y profundamente enamorado de ella desde siempre. Es el apoyo inesperado que le recuerda lo mucho que vale.
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BAJO LAS ESTRELLAS DE LA CAPITAL
La noche se cernía sobre la ciudad con una elegancia serena, envolviendo las avenidas principales en un manto de luces ámbar y sombras sofisticadas. En el interior de la mansión Iglesias —ahora libre de los fantasmas del pasado y de cualquier rastro de la presencia de Patricio—, el bullicio de la celebración familiar se había transformado en una cálida quietud. Regina y Paulina habían partido hacía poco, no sin antes insistir en que Marcela se merecía el mundo entero, y sus tres hijos se habían retirado a descansar, contagiados por la paz absoluta que finalmente se respiraba en cada rincón del hogar.
Marcela se encontraba en su vestidor, contemplándose frente al espejo de cuerpo entero. Para esa noche tan especial, había decidido dejar de lado los sobrios y apagados atuendos con los que durante años intentó pasar desapercibida. En su lugar, eligió un elegante vestido negro de corte midi, con un sutil escote en V y un cinturón fino que estilizaba su figura, acompañado por un abrigo largo de lana fina y unos zapatos de tacón clásico. Su cabello castaño caía ahora en suaves ondas sobre sus hombros, y sus ojos avellana brillaban con una intensidad renovada, libres de cargas y temores.
Un par de toques discretos en la puerta principal de la residencia rompieron el silencio de la noche.
Con el corazón latiéndole con una fuerza impropia de su habitual compostura, Marcela bajó las escaleras con paso firme y elegante. Al abrir la puerta, la fría brisa nocturna de la capital la recibió, acompañada por la imponente y sobria presencia de un vehículo oficial con lunas oscurecidas estacionado frente a la entrada.
De la parte trasera del automóvil descendió un hombre alto, de traje oscuro impecable, con el cabello ligeramente alborotado por el viento y una sonrisa cálida que iluminaba su rostro maduro. Santiago Pineda. No llevaba la banda presidencial ni los rigurosos protocolos del palacio de gobierno; era simplemente el hombre que, desde los dieciocho años, había guardado su amor como el secreto mejor custodiado de su vida.
—Buenas noches, escritora —saludó Santiago con voz suave, deteniéndose a pocos pasos de ella, con la mirada fija en sus ojos avellana y una admiración que no intentaba disimular—. Debo decir que los informes de inteligencia se quedaron cortos. Estás sencillamente deslumbrante.
Marcela sintió un rubor cálido subir por sus mejillas, pero le devolvió la sonrisa con esa seguridad altiva y juguetona que la caracterizaba.
—Buenas noches, señor presidente —respondió ella, cerrando la puerta a sus espaldas con un movimiento suave—. Veo que te tomaste muy en serio lo de la escolta presidencial. Espero que los contribuyentes no protesten por el uso del vehículo oficial para una cita clandestina.
Santiago soltó una carcajada franca, acercándose lo suficiente para que el aroma limpio de su colonia se mezclara con el aire fresco de la noche. Le tendió la mano con galantería clásica, un gesto que ella aceptó de inmediato, sintiendo la firmeza y la calidez de su tacto después de veinticinco años de distancia física.
—Los contribuyentes estarían más que felices de saber que su presidente está invirtiendo su tiempo en hacer sonreír a la mujer más extraordinaria del país —murmuró Santiago con un tono aterciopelado que le hizo cosquillas en el estómago—. Y te aseguro que de clandestina esta cita no tiene nada. Quiero que el mundo entero sepa, si es necesario, que finalmente tengo el privilegio de caminar a tu lado.
El chofer presidencial abrió la puerta trasera del vehículo, y ambos subieron con la naturalidad de dos personas que parecían no haber dejado de verse ni un solo día. El automóvil se deslizó suavemente por las calles arboladas de la ciudad, alejándose de los destellos de la prensa y de los escándalos financieros que en ese preciso momento destruían el imperio de Patricio Iglesias.
—¿A dónde me llevas, Santiago? —preguntó Marcela con curiosidad, acomodándose en el asiento de cuero mientras observaba la ciudad pasar a través de la ventanilla.
—A un lugar donde las obligaciones del Estado no existen, los teléfonos se quedan apagados y la única prioridad es escuchar todo lo que te has guardado durante un cuarto de siglo —respondió él, tomando su mano con delicadeza y entrelazando sus dedos con los de ella.
El trayecto transcurrió entre risas cómplices, anécdotas de la infancia compartida y bromas sobre las ocurrencias de Antonella y Jimena, quienes ya daban por sentado que su padre había encontrado por fin la felicidad que tanto merecía. Minutos después, el auto se detuvo en una zona residencial exclusiva y apartada, frente a un restaurante privado de baja iluminación, rodeado de jardines colgantes y con una vista panorámica impresionante de toda la ciudad iluminada como un mar de estrellas artificiales.
Al entrar, el maître los condujo de inmediato a una mesa reservada en la terraza más alta, completamente privada y protegida de las miradas curiosas. La atmósfera era íntima, coronada por la luz tenue de unas velas parpadeantes y el murmullo lejano de la urbe nocturna.
Una vez sentados, con una copa de vino blanco suave frente a ellos, Santiago levantó su vaso con una sonrisa tierna y un brillo travieso en los ojos azules.
—Por tu libertad, Marcela —dijo él con voz firme—. Por la mujer valiente que escribió novelas para el mundo entero mientras construía en secreto el camino hacia su propia independencia.
Marcela chocó su copa contra la de él, sintiendo que el cristal resonaba como una campana de victoria definitiva.
—Y por los tontos que creyeron que una mujer obediente era sinónimo de debilidad —respondió ella con una sonrisa pícara, bebiendo un sorbo del vino mientras la brisa de la noche mecía su cabello.
La cena fluyó entre confidencias profundas, risas compartidas y miradas que hablaban de un pasado perdonado y de un porvenir que apenas comenzaba a abrir sus puertas. Por primera vez en veinticinco años, Marcela no sintió el peso del deber ni el yugo de las expectativas ajenas; se sentía viva, deseada y profundamente libre. Y mientras Santiago le contaba divertidas anécdotas sobre los protocolos más absurdos de su mandato presidencial, ella supo, con absoluta certeza, que las mejores páginas de su historia personal aún estaban por escribirse.