Tras el cierre del ciclo terrenal en el refugio alpino y la trascendencia de Lyra más allá del umbral mortal, la historia evoluciona hacia una nueva y fascinante etapa de la mitología de los guardianes. El Eclipse del Tiempo explora la soledad milenaria de Onyx bajo la luz de un nuevo amanecer y la inesperada irrupción de un fenómeno cósmico e histórico que amenaza con desenterrar los secretos más oscuros del Cónclave que creían sepultados para siempre. Mientras las estaciones siguen girando en el Valle del Sol, una nueva generación de sombras y alianzas improbables pondrá a prueba la inmortalidad del vínculo de amor que desafió a los siglos.
orden
- Ecos De Cenizas y Ónix
- El Eclipse Del Tiempo: Crónicas Del Valle Eterno
- El Eclipse Del Tiempo: El Despertar Del Abierto Horizonte
- Eclipse Del Tiempo: El Umbral Del Amanecer
- Eclipse Del Tiempo: La Aurora Eterna
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El Confrontamiento Con Marcus Vane
Las puertas blindadas del despacho principal del complejo de Valen-Kors se abrieron con un pesado zumbido hidráulico al paso decidido de Onyx, sobresaltando de inmediato a los dos oficiales técnicos que revisaban los informes holográficos junto a la mesa central. El general Marcus Vane, un hombre alto, de hombros anchos, uniforme impecable adornado con condecoraciones militares y una fría expresión de arrogancia curtida en los campos de batalla del sur, levantó la vista bruscamente al notar la intromisión, encontrándose de frente con la imponente e inconfundible silueta del antiguo ejecutor.
Por una fracción de segundo, el color pareció desvanecerse del rostro del general Vane; la reputación legendaria de Onyx, forjada durante siglos de ejecuciones sumarias en las altas esferas del poder imperial, era una sombra temida por todos aquellos que habían ostentado el mando militar en el Cónclave. Sin embargo, recuperando rápidamente su compostura mediante un esfuerzo visible de voluntad férrea, Vane llevó la mano derecha hacia la funda de su pistola de energía de alta potencia colocada en el cinto, mientras los dos oficiales técnicos retrocedían despavoridos hacia las esquinas de la estancia.
—Onyx... —pronunció el general con una voz que intentaba sonar firme, aunque un claro matiz de tensión nerviosa delataba su inquietud—. Debo admitir que no esperaba tu visita en las instalaciones de Valen-Kors. Supuse que preferías pasar tus últimos siglos de existencia inmortal pudriéndote en la comodidad de tu cabaña alpina, recordando a tu patética compañera mortal.
En el instante mismo en que Vane pronunció aquellas palabras despectivas sobre Lyra, la temperatura en la estancia pareció descender de golpe varios grados, convirtiendo el aire en una atmósfera irrespirable y densa. Los ojos oscuros de Onyx destellaron con un brillo de furia asesina y milenaria, desprovista de cualquier atisbo de clemencia. Antes de que el general pudiera desenmarcar su arma de fuego, el vampiro se desvaneció de su posición original con una velocidad supersónica, apareciendo instantáneamente al otro lado de la mesa central y sujetando a Vane firmemente por el cuello de su impecable uniforme militar, levantándolo del suelo sin el menor esfuerzo físico.
—Tu insolencia al mencionar su nombre en este lugar demuestra que la arrogancia de tu estirpe carece de límites, Marcus —dijo Onyx con su voz profunda y resonante retumbando con la fuerza de un trueno en el interior de la estancia—. Creíste que podías reconstruir los horrores del Cónclave en el subsecretario de la cordillera y proyectar tus ambiciones sobre el Valle del Sol, ignorando que cada piedra de este complejo está construida sobre cimientos que puedo demoler con mis propias manos.
—¡Guardo... guardias! —logró balbucear el general Vane, pataleando en el aire con las manos aferradas desesperadamente a los dedos de hierro del vampiro, mientras su rostro adquiría un tono violáceo por la falta absoluta de oxígeno.
Los oficiales técnicos pulsaron desesperadamente los botones de emergencia de las consolas, activando las alarmas generales de la base militar. Las luces estroboscópicas rojas comenzaron a parpadear furiosamente en los pasillos exteriores, y las sirenas de evacuación ulularon con un sonido ensordecedor que anunciaba el despliegue automático de las unidades de combate del proyecto Goliath.
—Tus monstruos sintéticos no llegarán a salir de los laboratorios, Vane —susurró Onyx con una frialdad aterradora en el oído del general, antes de arrojar su cuerpo contra el panel principal de control central, destrozando los circuitos de alimentación del complejo—. El juego ha terminado.
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