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Nadie Me Dijo Cómo Dejar De Quererte

Nadie Me Dijo Cómo Dejar De Quererte

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Maltrato Emocional
Popularitas:200
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Hay amores que duelen más que cualquier golpe. Leo lo sabe bien: ama a una madre que lo abandonó, que lo eligió última vez, que lo cambió por un monstruo. Sobre el escenario aprende a llorar y reír bajo comando, pero fuera de él sigue siendo ese niño que espera en la puerta a que ella regrese. Cuando finalmente vuelve, Leo está dispuesto a perdonarlo todo. Pero el pasado no miente, y las heridas mal cerradas siempre sangran de nuevo. Esta es la historia de un hijo que aprendió a soltar, aunque le arrancaran el alma en el intento.

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Capítulo 18: El funeral de las mentiras

El funeral de Valeria fue pequeño y discreto. Leo quiso que así fuera. No quería circo mediático, no quería cámaras ni periodistas. Solo unas pocas personas que realmente importaban: Héctor, su agente, su abogado de confianza y algunos amigos cercanos.

La ceremonia se realizó en una capilla modesta, en las afueras de la ciudad. El día estaba nublado, con una llovizna fina que empapaba el suelo y las flores. Leo llevaba un traje negro impecable, pero su mirada estaba perdida, como si su alma estuviera en otro lugar.

—¿Estás bien? —preguntó Héctor, colocando una mano en su hombro.

—No lo sé —respondió Leo—. Siento que debería estar más triste. O más aliviado. Pero solo siento vacío.

—Eso es normal. El vacío es parte del duelo. No tienes que sentir lo que los demás esperan que sientas. Solo tienes que sentir lo que sientes.

Leo asintió y caminó hacia el ataúd. Valeria yacía vestida con un vestido blanco, el cabello recogido y las manos cruzadas sobre el pecho. Se veía en paz, como si el sufrimiento de los últimos años finalmente se hubiera desvanecido.

—Mamá —susurró—. Te perdono. No porque lo merezcas, sino porque yo necesito hacerlo. Para poder seguir adelante sin cargar con todo este peso. Te perdono por abandonarme. Te perdono por mentirme. Te perdono por elegir a Fabián. Y te perdono por no haber sido quien necesitaba que fueras. Porque ahora entiendo que tú también estabas rota. Y que hiciste lo que pudiste con lo que tenías.

Se inclinó y besó su frente fría.

—Descansa en paz —dijo—. Yo me encargo del resto.

El servicio fue breve. Un cura pronunció unas palabras genéricas, y algunos asistentes compartieron anécdotas sobre Valeria. La mayoría eran inventadas, una versión edulcorada de quién había sido. Leo no las corrigió. Dejó que la gente se despidiera a su manera, con sus propias mentiras piadosas.

Al final, cuando todos se hubieron ido, Leo se quedó solo junto a la tumba. La llovizna se había convertido en una lluvia más intensa, pero él no se movió.

—No sé si hay un cielo o un infierno —dijo, mirando al cielo gris—. Pero si hay algo después de la vida, espero que ahí puedas ser la madre que no pudiste ser aquí. Porque yo, desde donde esté, siempre te recordaré.

Se dio la vuelta y caminó hacia el coche. Héctor lo esperaba con el motor encendido.

—¿Listo para irte? —preguntó.

—Sí —respondió Leo—. Ya terminé aquí.

El viaje de regreso fue silencioso. Leo miraba por la ventanilla, viendo cómo la ciudad pasaba como un borrón de luces y sombras. En su mente, repasaba los últimos meses: el reencuentro, las mentiras, el engaño, la enfermedad, la muerte. Una montaña rusa de emociones que lo había dejado exhausto.

—¿Sabes qué es lo más extraño? —dijo de repente—. Que a pesar de todo, la quiero. Y la voy a extrañar.

—El amor no es lógico, Leo —respondió Héctor—. Es el sentimiento más irracional que existe. Por eso duele tanto.

—¿Y cómo se supera?

—No se supera. Se aprende a vivir con él. Con el tiempo, el dolor se vuelve más leve. Pero nunca desaparece del todo. Y eso está bien. Esa es tu conexión con ella. Incluso ahora que no está.

Leo asintió, aunque la respuesta no lo consolaba del todo. Pero sabía que Héctor tenía razón. El dolor era parte de él, y quizás, con el tiempo, pudiera convertirlo en algo que no lo destruyera.

—¿Y ahora qué? —preguntó.

—Ahora vives tu vida —dijo Héctor—. La que construiste desde cero. La que te mereces. Sin culpas, sin ataduras. Solo tú y tus sueños.

—Suena fácil.

—No lo es. Pero tienes gente que te quiere y que está dispuesta a ayudarte. No estás solo, Leo. Nunca lo estuviste.

El coche se detuvo frente a la mansión. Leo salió y miró la fachada de piedra, las ventanas iluminadas, el jardín que Héctor cuidaba con tanto esmero. Era su hogar. El único que había conocido.

—Gracias, Héctor —dijo, sin mirarlo—. Por todo. Por estar ahí siempre. Por no rendirte conmigo.

—Siempre estaré aquí, muchacho. Siempre.

Esa noche, Leo durmió por primera vez sin pesadillas. No soñó con Valeria ni con Fabián. Soñó con un niño de diez años que corría hacia un horizonte brillante, sin mirar atrás.

Y cuando despertó, supo que era hora de vivir.

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Tatiana Eljaiek
parece un buen giro veamos que sigue
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