INERCIA
(Dinastía Fontane — Libro II)
Por: Sherly Blanco
Un corazón roto por el luto y un alma blindada por el pasado están a punto de descubrir que hay fuerzas que ni el tiempo ni la culpa pueden detener.
A sus treinta años, Juliana ha logrado construir una vida perfecta sobre los cimientos del orden, la danza y la entrega absoluta a su hija Athenea. Tras las tormentas que sacudieron a la dinastía Fontane, su academia de ballet es su refugio y su escudo. Ella tiene una regla clara: su corazón no volverá a arriesgarse, y aunque la presencia de Andrés le acelera el pulso, se repite a sí misma que aún no es el momento.
Por su parte, Andrés ha caminado entre las sombras del dolor desde la trágica partida de Juliette. Convertido en un hombre maduro, disciplinado y protector, su único faro ha sido la crianza del pequeño Andreis Julián. Sin embargo, su devoción por Juliana no ha hecho más que crecer con los años. Ya no es el joven inmaduro de antes; ahora es un hombre dispuesto a luchar día
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Capítulo 8: El Silencio de las Ausencias
El jueves por la tarde, el ambiente en la academia de danza era inusualmente frío. Juliana intentaba concentrarse en las cuentas de la oficina, pero sus ojos no dejaban de desviarse hacia el gran reloj de pared. Eran las cuatro y cuarenta y cinco. La hora exacta en la que el pequeño Andreis Julián solía entrar corriendo por la puerta de cristal, con sus tenis gastados y esa sonrisa idéntica a la de su padre, gritando «¡Mamá Juli!» antes de colgarse de su cintura.
Pero ese día, el pasillo permaneció desierto.
Juliana tragó saliva, sintiendo un nudo opresivo en la garganta. Emmeline entró a la oficina con una pila de toallas limpias, pero evitó mirarla directamente. La tensión entre las dos amigas se palpaba en el aire; Emme estaba atrapada en un fuego cruzado muy doloroso entre la lealtad a su hermano y el cariño profundo por su mejor amiga.
—Emme… —la voz de Juliana sonó rota, rompiendo el silencio—. ¿Andrés te ha dicho algo de los niños? Hoy le tocaba traer a Andreis mientras Athenea estaba en su clase de música.
Emmeline dejó las toallas sobre el estante y soltó un suspiro pesado, girándose con una expresión llena de impotencia.
—Juli… hablé con él anoche —admitió Emme en un hilo de voz—. Está cerrado en su posición. Dice que si vas a mantener las casas separadas y los límites estrictos por los papeles de Athenea, él tiene que hacer lo mismo con Andreis. En su cabeza, cree que está protegiendo al niño para que no se encariñe más contigo ni siga pensando que eres su mamá, ya que según él, nunca seremos una familia de verdad.
Juliana sintió como si le hubieran dado un golpe directo al estómago. Se puso de pie, perdiendo toda su habitual postura rígida de directora, y apoyó las manos en el escritorio para no tambalearse.
—¿Qué? —las lágrimas, tantas veces contenidas, finalmente desbordaron sus ojos—. ¿Cómo puede hacer algo así? Andreis es solo un niño, Emme… Él me ve como su madre porque yo lo he cuidado, porque lo amo. ¡No puede usar a su propio hijo para castigarme!
—Está cegado por el orgullo, Juli. En su mente, él es la única víctima de esta historia. Cree que a él es al único al que le duelen las cosas. Se le olvidó por completo el pasado. Se le olvidó el impacto de sus palabras, se le olvidó cuando te dejó sola en tu embarazo, cuando te dijo que nunca te amaría por su amor de la infancia… Se le olvidó que, a pesar de ese desprecio, tú te hiciste a un lado y lo apoyaste desde el amor más puro para que fuera feliz con ella.
Emmeline se acercó y tomó las manos temblorosas de Juliana.
—Él no sabe el daño que te hizo, y ahora, en su ignorancia, cree que tiene el derecho de cortarte los lazos con el niño. Lo siento mucho, de verdad. Intenté hacerlo entrar en razón, pero está intratable.
Juliana cerró los ojos, sintiendo que el dolor del pasado y el del presente se unían en una tormenta perfecta. Su madre, Julia, se lo había advertido la noche anterior: el amor también significaba respetar la distancia del otro si este la pedía. Pero esto no era una distancia madura; esto era un golpe bajo, nacido desde el despecho y la soberbia de un hombre que se negaba a ver las cicatrices que él mismo había causado.
—No voy a rogarle, Emme —dijo Juliana, limpiándose las lágrimas con furia, mientras la dignidad y la resiliencia que sus padres, Julia y Joaquín, le habían enseñado volvían a tomar el control de su cuerpo—. Si Andrés quiere usar el muro de sus casas separadas como un arma, se va a dar cuenta de que los muros también aíslan a quienes los construyen. Le daré la distancia que pide. Pero esto ya no es por mí… es por el niño, y la vida se encargará de cobrarle la ignorancia de sus decisiones.
Afuera, la tarde cayó por completo, dejando a la academia sumida en un silencio sepulcral, el inicio de una guerra fría donde el orgullo de Andrés había puesto la primera e implacable regla.