Traicionada por el Emperador en el campo de batalla, la temible y soberbia soberana de la dinastía del norte jura venganza antes de morir. Pero el destino tiene un sentido del humor retorcido: despierta en el futuro, atrapada en el cuerpo de Valentina, una brillante pero insegura abogada con talle XL que acaba de colapsar por culpa del bullying de su oficina.
¿Sin carruajes, sin guardias reales y con una bata de hospital barata que no le cierra atrás? No importa. Con una mente de acero y una dignidad inquebrantable, la Emperatriz usará el código penal como su nueva espada. ¡Pobre de aquel que intente humillarla por su físico! Desde el rival arrogante de su buffet hasta el CEO más frío de la ciudad, todos aprenderán que sus curvas imponen respeto y que Su Majestad ha dictado su sentencia. ¡Una comedia romántica con una venganza de talle grande!
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Capítulo 15: El inicio de la dinastía oculta
El carruaje de metal negro de Alexander se detuvo en un callejón industrial donde la luz de las farolas apenas lograba perforar la neblina de la noche. Para la Emperatriz, el lugar carecía por completo del glamour de las cortes del norte; era un rincón lúgubre, con olor a aceite quemado y paredes cubiertas de grafitis que a su juicio delataban la falta de mano de obra para mantener el orden.
Alexander bajó del vehículo y le abrió la puerta con una seriedad que no le había visto antes. La facción rebelde de su propia organización, un grupo de mafiosos de la vieja escuela liderados por un tipo rudo apodado "Rocco", estaba saboteando los muelles y pretendía iniciar una guerra de territorios sangrienta en las calles principales. Alexander, acostumbrado a resolver las traiciones con un pelotón de fusilamiento clandestino, había decidido traer a Valentina a este sótano escondido bajo un depósito de chatarra para que viera, según sus propias palabras, "cómo se manejaban las cosas de verdad en el mundo real".
—Esta gente no entiende de leyes, Valentina —le advirtió Alexander en voz baja mientras descendían por unas escaleras de hormigón mal iluminadas—. Solo entienden el lenguaje del miedo y el calibre de las armas. Quédate atrás y observa.
Valentina resopló, acomodándose las solapas de su traje sastre color vino tinto profundo, una obra de arte que Thiago le había confeccionado en gabardina pesada para esculpir sus curvas XL con la rigidez de una armadura de combate.
—Un general que solo sabe usar la fuerza bruta para aplacar una rebelión es un general destinado al fracaso, León de Oro —replicó ella, sosteniendo un grueso tomo del Código Penal bajo el brazo como si fuera un escudo heráldico—. Observaré tus métodos primitivos, pero dudo mucho que me impresionen.
Al empujar la pesada puerta de hierro del sótano, el ambiente se tornó hostil de inmediato. El lugar era un búnker de cemento, iluminado por una sola lámpara que colgaba sobre una mesa de madera rústica. Alrededor de ella se encontraban Rocco y cinco de sus mejores hombres, sujetos con tatuajes, chaquetas de cuero y armas cortas descansando de manera visible en sus cinturas.
Cuando las puertas se abrieron y vieron entrar a Alexander escoltado no por sus sicarios habituales, sino por una mujer de silueta imponente, curvas XL y un traje de alta costura, una oleada de risas burlonas estalló en el sótano.
—¿Qué pasa, Alex? —carcajeó Rocco, echándose hacia atrás en su silla y encendiendo un cigarrillo con total desparpajo—. ¿Ahora traes a tu secretaria para que tome nota de las condiciones de nuestra rendición? ¿O es que te quedaste sin hombres y tuviste que contratar a una mujer de talle grande para que te cuide las espaldas?
Los rebeldes soltaron carcajadas vulgares, midiendo el cuerpo de Valentina con miradas despectivas. Alexander dio un paso al frente, con la mano buscando instintivamente el arma oculta en su espalda, pero Valentina extendió su brazo de golpe, frenándolo en el acto con una autoridad tan magnética que el propio capo de la mafia se detuvo en seco.
La Emperatriz avanzó sola hacia la mesa, con un paso firme que hizo crujir la grava del suelo. Sus ojos oscuros se transformaron en dos rendijas de puro odio real. Sin pedir permiso a nadie, caminó directo hacia la cabecera del mueble, apartó al mafioso que estaba sentado allí de un empujón firme con su cadera y ocupó el asiento principal, cruzando las piernas con una parsimonia de reina.
El sótano se quedó en un silencio sepulcral ante semejante despliegue de osadía. Antes de que Rocco pudiera reaccionar, Valentina levantó el enorme y pesado libro del Código Penal y lo golpeó contra la madera con un impacto tan seco y violento que los vasos de plástico sobre la mesa saltaron por el aire.
—Silencio, plebeyos de pacotilla —dictó Valentina, y su voz, profunda, gélida y de una potencia imperial absoluta, hizo que los rebeldes se tensaran de golpe—. Su audacia solo es comparable con su estupidez. Creen que el poder reside en esos trozos de hierro que llevan en el cinturón, pero no son más que soldados rebeldes jugando a ser señores feudales.
—¡¿Quién te crees que sos?! —rugió Rocco, poniéndose de pie de un salto y apoyando las manos en la mesa, con la cara roja de furia—. ¡Te voy a volar la cabeza si volvés a hablarme así!
Valentina ni siquiera se inmutó. Abrió una carpeta de cuero negro que había traído consigo —repleta de información financiera confidencial que Alexander le había proporcionado— y arrojó las hojas sobre la mesa, justo frente a los ojos del líder rebelde.
—Soy la mente que va a decidir si mañana duermen en una cama o en una litera de cemento —sentenció la Emperatriz, señalando los papeles con un dedo índice impecable—. He estado revisando sus estructuras financieras. Crees que eres muy listo, Rocco, pero tu facción depende por completo de tres cuentas puente en el extranjero y una sociedad fantasma para lavar el dinero de los muelles. Con la información legal que tengo en estas páginas, solo necesito hacer una llamada a las autoridades por delitos de lavado de activos y financiamiento ilegal.
Valentina se inclinó hacia adelante, clavando sus ojos felinos en los de Rocco con una frialdad matemática que le heló la sangre al mafioso.
—En menos de veinticuatro horas, sus paraísos fiscales estarán completamente congelados. No tendrán un solo centavo para pagarle a sus soldados, sus familias serán desalojadas de sus propiedades y sus nombres figurarán en las alertas de las fuerzas federales. Pasarán de ser los temibles dueños de las calles a ser indigentes procesados que compartirán celda con criminales comunes de la peor calaña si no juran lealtad ahora mismo. Y todo esto ocurrirá sin que el señor Alexander tenga que gastar una sola de sus balas. Elige tu destino, infeliz: o firmas este acuerdo de sumisión, o te transformo en un mendigo convicto antes del amanecer.
Rocco observó los números de cuenta exactos impresos en las hojas de papel. Sus hombres se miraron entre sí, con los rostros desencajados por el pánico, dándose cuenta de que sus armas no servían de nada contra la soga legal que esa mujer XL les había colocado alrededor del cuello con una sonrisa maquiavélica. La superioridad física de la que tanto alardeaban se había disuelto ante la soberbia intelectual de la Emperatriz.
Con las manos temblorosas y la respiración entrecortada, Rocco se dejó caer en la silla. Miró a Valentina con un terror reverencial que rozaba la sumisión.
—¿Qué... qué es lo que querés? —susurró el líder rebelde, con la soberbia completamente rota.
La abogada deslizó un documento legal perfectamente redactado sobre la mesa, junto a una lapicera de tinta dorada.
—Un acuerdo formal de cesión de territorios y control absoluto de los muelles a favor de la cúpula central —dictó Valentina con desdén—. Firmad y aceptad las condiciones de esta corte. O sufrid las consecuencias de mi decreto.
Rocco tomó la lapicera con dedos trémulos y firmó el documento en el acto, seguido por cada uno de sus hombres, quienes firmaron con la cabeza gacha y el pulso temblando de miedo ante la imponente mujer del traje vino tinto.
Desde el rincón más oscuro del búnker, Alexander observaba toda la escena con los brazos cruzados sobre el pecho. Su pulso latía con una violencia salvaje, pero esta vez no era por la furia de la traición, sino por una fascinación devoradora que le llenaba el pecho de un calor peligroso. Había traído a Valentina para enseñarle cómo la mafia controlaba el mundo mediante el terror, pero ella acababa de reescribir las reglas del juego criminal en su propia cara. No había necesitado silenciadores ni sangre; había arrodillado a su facción más peligrosa usando la burocracia financiera y una actitud de soberanía absoluta.
Alexander contempló la silueta majestuosa de Valentina mientras ella se ponía de pie y tomaba el documento firmado con una elegancia suprema. El capo de la mafia se dio cuenta, con un respeto que rayaba en la adoración, de que ya no había forma de detenerla ni de mantenerla como una subordinada en su organización. La abogada de talle grande a la que el mundo subestimaba había reclamado su lugar en el submundo de la noche. La Emperatriz de la Mafia había dictado su primera ley, y su reinado acababa de comenzar.
Federico se te fue la gallina de los huevos de oro se te acabó tu suerte
no se te ocurra acercarte porque no sabes de lo que pueda ser capaz.