Valeria Montrose fue la villana más odiada del Imperio de Elarion. Obsesionada con el príncipe heredero, manipuló, traicionó y destruyó a todos los que se interpusieron en su camino. Al final, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de conspiración contra la corona.
Cuando la espada cae sobre su cuello, cree que todo ha terminado.
Sin embargo, despierta diez años atrás, en el día de su presentación en sociedad.
Esta vez conserva todos sus recuerdos.
Sabe que el príncipe nunca la amó. Sabe que la heroína del reino no era su enemiga. Y, sobre todo, sabe que detrás de su caída existía una conspiración mucho más grande que terminó provocando una guerra que destruyó el imperio.
Decidida a sobrevivir, Valeria toma una decisión inesperada:
No perseguirá al príncipe.
Pero cambiar el destino resulta más difícil de lo esperado cuando el propio príncipe comienza a interesarse por ella después de que deja de perseguirlo.
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15
La habitación quedó en un silencio sepulcral tras la declaración de Valeria. Eleanor la miraba como si hubiera perdido la razón, y Marcus, con su eterna calma de superviviente, tenía una ceja levantada en una mezcla de admiración y consternación. Thomas, el joven sirviente, simplemente parecía a punto de desmayarse.
—Una trampa—repitió Eleanor, su voz un susurro de incredulidad—. Dices que quieres caminar directamente a una trampa, sabiendo que es una trampa, porque... ¿por qué exactamente? ¿Porque te gusta el peligro?
—No—respondió Valeria, su voz sorprendentemente serena. Se acercó a la pequeña mesa y desplegó el Libro de los Destinos sobre la madera rugosa. Los símbolos parecieran danzar bajo la luz naciente de la ventana. —Porque una trampa es un lugar predecible. Es un escenario diseñado por otros, y si conoces el escenario y conoces a los actores, puedes escribir tu propio guion. Están esperando una ratona asustada. Les daremos una serpiente.
—¿Una serpiente?—preguntó Marcus, su voz intriga. —¿Y qué significa eso en términos prácticos, Valeria? Porque las serpientes, por muy astutas que sean, a menudo acaban aplastadas.
—Significa que usaremos su trampa contra ellos—explicó Valeria, su dedo trazando el símbolo de la espiral dentro del círculo en el libro—. Thornton nos entregará a Harrington. Harrington nos expondrá ante el consejo como la fuente de todo el caos, la bruja renacida que manipula al príncipe y conspira contra el imperio. Será mi palabra contra la suya, y con su influencia y el testimonio de Thornton, ganaré. Me arrestarán, probablemente me ejecutarán públicamente para calmar a la nobleza asustada.
—Eso no suena como un plan—dijo Eleanor, horrorizada—. Eso suena a una sentencia de muerte.
—Ese es el final del primer acto—corrigió Valeria, sus ojos brillando con una fiebre estratégica—. Mientras ellos se congratulan por haber atrapado a la gran amenaza, mientras la corte se calma y creen que el peligro ha pasado, el verdadero juego comenzará.
Se giró hacia Marcus. —Necesito que hagas algo por mí. Algo peligroso.
—Mi vida ha sido una sucesión de cosas peligrosas—respondió él con una media sonrisa—. Adelante.
—Mientras yo estoy en el salón del consejo, necesito que tú y Eleanor vayan al distrito de los muelles—dijo Valeria, su voz bajando a un murmullo urgente—. Cassian está allí, reuniendo mercenarios. No podemos dejar que consolide un ejército. Pero no podemos enfrentarlo a él directamente. Necesitamos... sembrar el caos entre sus filas.
—¿Y cómo hacemos eso?—preguntó Eleanor, su expresión de pánico dando paso a una curiosidad reluctante.
—Usando la misma herramienta que he estado usando—respondió Valeria, señalando el libro—. La información. Cassian es un líder carismático, pero sus mercenarios leales solo lo son mientras creen que les va a pagar bien y que hay un botín al final del camino. Necesitamos que duden. Necesitamos que escuchen rumores sobre pagos que nunca llegan, sobre traiciones dentro de su propio círculo, sobre el hecho de que Harrington planea traicionarlo una vez que haya usado a sus hombres para tomar el control.
Marcus asintió lentamente, su mente trabajando. —Rumores. Puedo hacer eso. Conozco gente en los muelles. Gente que habla a cambio de unas cuantas monedas. Pero, ¿y si te matan, Valeria? ¿De qué sirve todo esto si no estás aquí para ver el resultado?
—Esa es la clave—dijo Valeria, su mirada fija en el libro—. No pienso morir. Y para eso, necesito a Thomas.
El joven sirviente se irguió, sorprendido. —¿Yo? ¿Qué puedo hacer?
—Tú eres mi conexión con el príncipe—dijo Valeria, su voz suave pero firme—. Necesito que te quedes cerca del salón del consejo, pero fuera de él. Necesito que observes. Y si algo sale mal, si me llevan... necesito que le entregues esto al príncipe.
Sacó un pequeño trozo de papel doblado de su vestido. No era una nota, sino una de las páginas del libro que había arrancado en los aposentos del príncipe, la que contenía el diagrama de la espiral y las tres líneas cruzadas.
—¿Qué es esto?—preguntó Thomas, tomando el papel con reverencia.
—Es una señal—respondió Valeria—. Una clave. El príncipe sabrá qué hacer con ella. Es una promesa de que el plan continúa, con o sin mí.
El plan era una locura, una apuesta a todo o nada, pero mientras el sol se elevaba sobre la capital, Valeria sentía una claridad que no había experimentado nunca antes. El libro le había mostrado los posibles futuros, y en todos ellos, el camino hacia la victoria pasaba por el riesgo más extremo.
—No me gusta—dijo Eleanor finalmente, su voz temblando—. No me gusta nada de esto. Es demasiado arriesgado.
—La victoria nunca es segura, Eleanor—respondió Valeria, ya colocándose el capó de su vestido para ocultar su rostro—. Pero la derrota es cierta si no hacemos nada. Y yo no estoy dispuesta a aceptar esa derrota.
Mientras se preparaban para separarse, Valeria sintió el peso de las decisiones que había tomado. Estaba enviando a sus amigos a una de las partes más peligrosas de la ciudad, mientras ella se dirigía a la boca del lobo. Pero sabía que no había otra manera. Para ganar una guerra, a veces tenías que dividir tus fuerzas, confiar en que tus aliados harían lo correcto, incluso cuando el miedo era abrumador.
—Váyanse—dijo Valeria, su voz firme—. Sean cuidadosos. Y recuerden, no somos las únicas que juegan este juego. Alistair está ahí fuera, observando, esperando su momento. No subestimen su influencia.
Con un último asentimiento, Marcus y Eleanor se deslizaron por la puerta, desapareciendo en los callejones que se iluminaban con los primeros rayos del sol. Thomas se quedó, su mirada fija en Valeria, una mezcla de admiración y temor en sus ojos.
—¿Estás lista?—preguntó él, su voz apenas un susurro.
—No—respondió Valeria con honestidad—. Pero nunca lo estaré. Así que ahora es tan buen momento como cualquier otro.
Mientras caminaban hacia el palacio, la ciudad despertaba a su alrededor. Los vendedores abrían sus puestos, los niños corrían por las calles, y la vida continuaba, ajena a la batalla secreta que estaba a punto de librarse en los salones del poder. Valeria sentía el peso de esa normalidad como un manto, un recordatorio de lo que estaba en juego.
Llegaron a las murallas del palacio, donde los guardias estaban en alerta máxima, sus ojos escudriñando cada rostro que se acercaba. Por un momento, Valeria temió que la reconocieran, que su plan terminara antes de comenzar.
Pero entonces, Thomas se adelantó, su postura cambiando, adquiriendo una confianza que no sabía que poseía. —Lady Montrose ha sido convocada por el consejo—dijo, su voz clara y firme—. Por orden del Lord Canciller.
Los guardias los miraron con sospecha, pero la mención del Lord Canciller —un aliado de Thornton, y por tanto, parte de la trampa— fue suficiente para que les permitieran pasar.
Mientras caminaban por los pasillos del palacio, Valeria sentía cómo el mundo se reducía a una serie de momentos, de decisiones. Cada paso la acercaba a su destino, a la trampa que había decidido convertir en su arma.
—Aquí me quedo—dijo Thomas cuando llegaron a las puertas del salón del consejo—. Seré sus ojos y oídos, Lady Montrose. Y si algo sale mal... le daré su mensaje al príncipe.
Valeria asintió, su gratitud tan profunda que no encontraba palabras para expresarla. —Gracias, Thomas. Por todo.
Con una respiración profunda, empujó las pesadas puertas de roble y entró en el salón del consejo.
La sala estaba abarrotada, llena de los nobles más poderosos del imperio, sus rostros marcados por la preocupación y la paranoia. En el centro, de pie en una plataforma elevada, estaban Lord Harrington y Lord Thornton. Y a su lado, con una expresión de serena indiferencia, estaba Alistair.
La revelación golpeó a Valeria con la fuerza de un golpe físico. No estaba solo observando. Estaba participando. Era parte de la trampa.
—Lady Montrose—dijo Harrington, su voz resonando en el silencio de la sala—. Nos alegramos de que hayas podido unirte a nosotros. Tenemos... asuntos importantes que discutir.
Valeria lo miró, su corazón martilleando contra sus costillas, pero su rostro inexpresivo. Sabía que este era el momento. El momento de cambiar el destino del imperio, no a través de la fuerza, sino a través de la astucia. No a través del poder, sino a través de la verdad.
O, al menos, una versión de ella.
—Lord Harrington—respondió, su voz clara y firme, sin una pizca de miedo—. He venido a exponer la traición que amenaza con consumir nuestro imperio. Y no soy yo la traidora.
Mientras las palabras salían de sus labios, Valeria sintió una extraña energía emanar del libro que llevaba oculto, una energía que parecía conectar con la sala, con los nobles, con el mismo tejido del destino. Y supo, con una certeza que transcendía la lógica, que su plan loco podría, después de todo, funcionar.
Pero mientras hablaba, sus ojos se encontraron con los de Alistair. Y en ellos, no vio sorpresa ni enojo. Vio una sonrisa. Una sonrisa de aprobación, como si estuviera viendo a una alumna excepcional, a una oponente que finalmente había entendido el juego.
Y en ese momento, Valeria supo que la batalla que estaba a punto de librar era mucho más peligrosa de lo que había imaginado. No estaba jugando contra Harrington o Thornton. Estaba jugando contra Alistair. Y Alistair no jugaba para ganar. Estaba jugando para destruir.