Samantha Torres solo quería salvar su pastelería y cuidar de su hermana menor; jamás imaginó que una bandeja de crema pastelera la llevaría directamente a los brazos del hombre más peligroso, arrogante y fascinante de la ciudad: Viktor D'Angelo.
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La chica del vestido azul
Samantha Torres
Nunca había pertenecido al mundo de Viktor D'Angelo.
Y sinceramente, tampoco quería hacerlo.
Demasiado lujo.
Demasiadas apariencias.
Demasiadas personas fingiendo ser algo que probablemente no eran.
Yo prefería el olor a café recién hecho.
La harina en las manos.
Los clientes habituales.
La vida real.
Por eso, cuando Olivia apareció en mi apartamento sosteniendo tres bolsas enormes y una expresión peligrosa, supe inmediatamente que mi tranquilidad había terminado.
—No.
—Sí.
—Ni siquiera me dijiste qué quieres.
—Porque ya sé que intentarás negarte.
—Eso depende.
—No depende de nada.
Mala señal.
Muy mala señal.
—Olivia.
—Samantha.
—Habla.
Ella dejó las bolsas sobre el sofá.
Y sonrió.
—Esta noche irás a una fiesta.
Silencio.
—No.
—Sí.
—Definitivamente no.
—Definitivamente sí.
Perfecto.
Absolutamente perfecto.
Resultó que la invitación provenía de una asociación empresarial que colaboraba con pequeños negocios locales.
La dueña de Crema Chantilly había recibido dos entradas.
Y había decidido enviarme en representación de la pastelería.
Porque aparentemente el universo disfrutaba complicándome la existencia.
—No tengo nada que ponerme.
—Por eso estoy aquí.
Olivia abrió la primera bolsa.
Luego la segunda.
Después la tercera.
Vestidos.
Demasiados vestidos.
—¿Cuándo compraste todo eso?
—No los compré.
—Eso no responde la pregunta.
—Porque no quiero responderla.
Suspiré.
Porque discutir con Olivia era como intentar discutir con un tornado.
Simplemente no funcionaba.
Tres horas después seguía arrepintiéndome de haber aceptado.
Porque estaba parada frente al espejo usando un vestido azul que parecía costar más que mi alquiler.
—Te ves hermosa.
La voz de Evelyn llegó desde la puerta.
Levanté la vista.
Ella sonreía.
Sinceramente.
Con orgullo.
Y aquello me golpeó directamente en el corazón.
—¿De verdad?
—Muchísimo.
—¿No parece demasiado elegante?
—Sam.
—¿Sí?
—Pareces una princesa.
Mi garganta se cerró un poco.
Porque Evelyn rara vez decía cosas así.
Y porque verla feliz siempre valía la pena.
—Gracias.
Ella se acercó.
Y acomodó un mechón de mi cabello.
—Viktor se va a desmayar.
—¡Evelyn!
—¿Qué?
—Nada de Viktor.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Claro.
Exactamente el mismo tono que usaba Olivia.
Estaba rodeada de traidoras.
Cuando llegamos al evento entendí inmediatamente que había cometido un error.
Uno enorme.
Porque aquel lugar parecía salido de una película.
Lámparas gigantes.
Mesas elegantes.
Música suave.
Personas increíblemente bien vestidas.
Y yo me sentía completamente fuera de lugar.
—Todavía podemos huir.
Le susurré a Olivia.
—No.
—Todavía estamos cerca de la puerta.
—No.
—Podemos correr.
—No.
—Podemos fingir una emergencia.
—No.
—Podemos...
—Samantha.
—¿Sí?
—Compórtate.
Qué exagerada.
Intenté relajarme.
De verdad.
Pero era difícil.
Especialmente cuando cada persona parecía conocer a alguien importante.
Y cada conversación sonaba como una competencia de riqueza.
—Necesito azúcar.
—Estamos en una gala.
—Precisamente.
—No entiendo tu lógica.
—Yo tampoco.
Tomé una copa de jugo.
Porque si algo salía mal, quería estar completamente sobria para sobrevivir.
Y entonces ocurrió.
Sentí una mirada.
Esa sensación extraña.
Inconfundible.
Levanté la vista.
Y lo vi.
Viktor.
Al otro lado del salón.
Observándome.
Inmóvil.
Completamente inmóvil.
Como si hubiera olvidado respirar.
Mi corazón hizo algo extraño.
Otra vez.
Aquella cosa.
La que llevaba semanas ignorando.
Porque claramente era más fácil fingir que no existía.
Pero incluso desde la distancia pude notar algo.
Él también parecía sorprendido.
Mucho.
Demasiado.
Y por alguna razón eso me hizo sonreír.
Viktor D'Angelo
Había asistido a cientos de eventos similares.
Quizá miles.
Todos terminaban mezclándose en mi memoria.
Mismos discursos.
Mismas conversaciones.
Mismas personas.
Nada nuevo.
Nada diferente.
Hasta que la vi.
Y todo el salón desapareció.
No escuché la música.
No escuché las conversaciones.
No escuché absolutamente nada.
Porque Samantha Torres acababa de entrar.
Y parecía irreal.
El vestido azul resaltaba sus ojos.
Su cabello caía suavemente sobre sus hombros.
Y aquella sonrisa...
Maldición.
Aquella sonrisa iba a matarme algún día.
—Cierra la boca.
La voz de Ian apareció junto a mí.
—¿Qué?
—Estabas mirando.
—No.
—Sí.
—Ian.
—Pareces enamorado.
Perfecto.
Justo lo que necesitaba escuchar.
Antes de que pudiera responder, Samantha comenzó a caminar por el salón.
Y entonces ocurrió algo que no me gustó.
Absolutamente nada.
Porque varias personas comenzaron a observarla.
Hombres.
Demasiados hombres.
Uno incluso se acercó para hablar con ella.
Y sonrió.
Mucho.
Demasiado.
—Oh.
Ian parecía encantado.
—No.
—Sí.
—No.
—Definitivamente sí.
—¿Qué?
—Estás celoso.
Solté una risa seca.
—Ridículo.
—Claro.
—Lo es.
—Por supuesto.
—Ian.
—¿Sí?
—Vete.
—Jamás.
Traidor.
Samantha Torres
—¿Primera vez en una gala?
Levanté la vista.
Un hombre sonreía frente a mí.
Elegante.
Amable.
Desconocido.
—¿Es tan evidente?
—Solo un poco.
—Excelente.
—Lo digo como cumplido.
—Entonces gracias.
Comenzamos a conversar.
Nada importante.
Solo temas superficiales.
Hasta que sentí una presencia acercarse.
Y segundos después una voz conocida apareció a mi lado.
—Samantha.
Mi corazón reaccionó inmediatamente.
Lo cual comenzaba a resultar preocupante.
—Hola.
Viktor observó al hombre.
El hombre observó a Viktor.
Y por un instante tuve la extraña sensación de estar viendo dos depredadores evaluándose.
—Viktor D'Angelo.
Mi acompañante pareció reconocerlo de inmediato.
—Un placer.
—Igualmente.
Mentira.
Ambos estaban mintiendo.
Se notaba.
Muchísimo.
—Estábamos hablando.
Dijo el hombre.
—Lo veo.
Respondió Viktor.
Sonriendo.
Pero no realmente.
Aquello era fascinante.
Y ligeramente aterrador.
Cuando finalmente el hombre se marchó, me giré hacia Viktor.
—Eso fue raro.
—No.
—Sí.
—Torres.
—D'Angelo.
—Te ves hermosa.
Silencio.
Completo.
Absoluto.
Mi cerebro dejó de funcionar.
Por un segundo.
Quizá dos.
Tal vez diez.
Porque Viktor rara vez decía cosas así.
Y cuando lo hacía...
Lo hacía mirándome exactamente de esa manera.
Como si realmente lo sintiera.
—Oh.
Brillante respuesta, Samantha.
Realmente brillante.
—Oh.
Repitió él.
Y entonces comenzó a reír.
La risa suave.
Sincera.
La que aparecía pocas veces.
—Gracias.
Logré decir finalmente.
—De nada.
Por primera vez ninguno apartó la mirada.
Y durante unos segundos todo pareció detenerse.
La música.
La gente.
El ruido.
Todo.
Solo existíamos nosotros.
Y aquella sensación imposible de ignorar.
Aquella atracción que ya no parecía tan involuntaria.
Porque la verdad era mucho más simple.
Ya no estábamos luchando contra ella.
Solo estábamos fingiendo que todavía lo hacíamos.
Y esa mentira comenzaba a romperse.
Fin del Capítulo 17...🍰☕