Amar es lindo, que te ame y elija vez tras vez la misma persona que amas, es inexplicable. Pero lamentablemente, en este mundo, hay demasiadas personas rotas, demasiadas personas tratando de curar sus heridas, demasiadas personas sin saber reconocer cuando son amadas y cuando solamente son un paso en la vida. Y muchas personas olvidan lo más importante, para amar a otros sin lastimar, primero debemos amarnos nosotros mismos
NovelToon tiene autorización de Lisi A. A para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 10 El enemigo dentro de la casa
El silencio que siguió a la llegada de Ramiro Echeverría fue tan denso que Ana Laura sintió que podía cortarse con un cuchillo.
Nadie habló durante varios segundos.
Ramiro permanecía de pie junto a la entrada de la sala, observándolos con una calma inquietante.
No era un hombre que necesitara levantar la voz para imponer autoridad.
La autoridad parecía seguirlo a todas partes.
Y eso era precisamente lo que lo hacía peligroso.
Ana sintió la tensión en el cuerpo de Valentina.
Su madre biológica había pasado de la emoción y el llanto a un estado de nerviosismo evidente.
Era como si la presencia de aquel hombre hubiera apagado toda la luz que había aparecido en sus ojos.
Ramiro finalmente sonrió.
Pero aquella sonrisa no transmitía calidez.
—¿No van a presentarme a los invitados?
Valentina tragó saliva.
—Ramiro...
—Solo hice una pregunta.
La mujer bajó la mirada.
Y ese simple gesto hizo que Ana sintiera una profunda molestia.
Porque parecía miedo.
Miedo auténtico.
—Soy Ana Laura Ventura —respondió ella antes de que Valentina pudiera hacerlo.
Ramiro la observó.
Su expresión no cambió.
Pero sus ojos sí.
Por una fracción de segundo.
Una mirada rápida.
Calculadora.
Como si estuviera evaluando algo.
—Ventura.
Ana sostuvo su mirada.
—Sí.
—Samuel Ventura.
No era una pregunta.
Era una afirmación.
—Es mi padre.
Ramiro sonrió ligeramente.
—Un hombre importante.
Ana sintió algo extraño en aquella frase.
Como si escondiera una intención que no alcanzaba a comprender.
—Lo es.
—Interesante.
El silencio volvió a extenderse.
Jared observaba la escena con atención.
Sin intervenir.
Sin apartar la vista de Ramiro.
Y Ramiro también lo había notado.
—¿Y tú? —preguntó de repente.
Jared se puso de pie.
—Jared Salvatore.
Por primera vez la sonrisa desapareció completamente del rostro de Ramiro.
Solo durante un instante.
Pero fue suficiente.
Ana lo vio.
Y Jared también.
—Salvatore —repitió Ramiro.
—Sí.
—No conozco a ningún Salvatore.
—No me sorprende.
La tensión aumentó inmediatamente.
Ana sintió que acababa de producirse algo importante.
Algo que ella aún no entendía.
Ramiro volvió a sonreír.
—Qué curioso.
Jared no respondió.
Y aquello pareció molestar al hombre.
—Bueno —dijo finalmente Ramiro—. Espero que disfruten la visita.
Luego miró a Valentina.
—Necesito hablar contigo.
La mujer palideció.
—Ahora.
No era una invitación.
Era una orden.
Valentina se puso de pie.
Antes de marcharse, miró a Ana.
Y en aquella mirada había disculpa.
Y tristeza.
Y algo más.
Miedo.
La puerta del despacho se cerró detrás de ellos.
Ana se quedó observándola.
—Le tiene miedo.
Jared asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque hay personas que convierten el miedo en una forma de vida.
Ana cruzó los brazos.
—¿Lo conoces?
Jared tardó unos segundos en responder.
—Sé suficiente.
—Eso no responde nada.
—Ramiro Echeverría es exactamente el tipo de hombre que aparenta ser.
Aquello llamó la atención de Ana.
—¿Qué significa eso?
—Que cuando alguien parece peligroso normalmente oculta algo bueno.
Pausa.
—Ramiro no.
La joven sintió un escalofrío.
—¿Tan malo es?
Jared la observó.
—Peor.
Mientras tanto, en el despacho del segundo piso, Valentina intentaba controlar el temblor de sus manos.
Ramiro cerró la puerta.
Luego caminó lentamente hacia el escritorio.
No habló de inmediato.
Lo cual era peor.
Mucho peor.
—¿Quieres explicarme qué está ocurriendo?
Valentina sintió que el corazón le latía con fuerza.
—No lo sé.
Ramiro soltó una breve risa.
—No me mientas.
Ella bajó la mirada.
—No estoy mintiendo.
—Entonces dime por qué esa muchacha está en mi casa.
Valentina sintió las lágrimas acumulándose nuevamente.
—Porque es mi hija.
La respuesta llenó el despacho de silencio.
Ramiro la observó.
Fríamente.
Sin emoción.
Sin sorpresa.
Como si aquella posibilidad hubiera pasado por su mente desde el primer momento.
—No.
Valentina lo miró.
—Sí.
—Tu hija murió hace veintiún años.
—Eso fue una mentira.
Ramiro apretó la mandíbula.
Y por primera vez perdió parte de su calma.
—Ten cuidado con lo que dices.
—No.
La voz de Valentina tembló.
Pero continuó.
—Tú sabías algo.
Ramiro se quedó inmóvil.
—¿Qué acabas de decir?
—Siempre lo supiste.
El hombre avanzó lentamente.
—Estás alterada.
—¡Ella está viva!
Ramiro la observó con una mirada tan fría que Valentina sintió miedo.
Miedo real.
—Escúchame bien.
La mujer retrocedió.
—No.
—Escúchame.
La voz sonó dura.
Amenazante.
—Esa muchacha no puede quedarse aquí.
Valentina sintió que el corazón se encogía.
—Es mi hija.
—Es un problema.
Las palabras golpearon como una bofetada.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque alguien la envió.
Valentina negó.
—Nadie la envió.
—No seas ingenua.
Ramiro comenzó a caminar por la habitación.
Pensativo.
Irritado.
—Esto no es casualidad.
Valentina lo observó.
Y comprendió algo aterrador.
Ramiro estaba asustado.
No por Ana.
Por lo que Ana representaba.
Una hora después, Ana y Jared abandonaron la casa.
Valentina insistió en volver a verla.
Pero también le pidió tiempo.
Necesitaba pensar.
Necesitaba entender.
Y Ana lo comprendió.
Aquella mujer acababa de descubrir que su hija seguía viva.
Después de más de dos décadas creyéndola muerta.
Nadie podía procesar algo así en unas pocas horas.
Sin embargo, mientras el automóvil avanzaba por la carretera, Ana no podía dejar de pensar en Ramiro.
—No me gusta.
Jared soltó una pequeña risa.
—Eso es quedarse corta.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Ana giró el rostro hacia él.
—¿Crees que sabe algo?
Jared permaneció en silencio unos segundos.
—Sí.
—¿Sobre mí?
—Sí.
—¿Sobre mi desaparición?
—Probablemente.
Ana sintió un escalofrío.
—Entonces tenemos que averiguarlo.
Jared no respondió.
Porque estaba pensando en otra cosa.
En la mirada que Ramiro le había dedicado.
Una mirada de reconocimiento.
Y eso no era bueno.
No era bueno en absoluto.
Esa misma noche, en la mansión Echeverría, Ramiro estaba sentado en su despacho cuando alguien llamó a la puerta.
—Adelante.
Entró un joven de unos veinte años.
Alto.
Bien vestido.
Arrogante.
Con una confianza excesiva en sí mismo.
Emilio Echeverría.
El hijo de Ramiro y Valentina.
—Mamá está llorando otra vez —dijo con fastidio.
Ramiro levantó la vista.
—Ya lo sé.
—¿Qué pasó?
Ramiro permaneció unos segundos en silencio.
Luego respondió.
—Ha aparecido alguien.
Emilio frunció el ceño.
—¿Quién?
Ramiro apoyó los brazos sobre el escritorio.
Y sus ojos se volvieron oscuros.
—Un problema que creíamos resuelto hace veintiún años.
Emilio sonrió.
Una sonrisa desagradable.
Muy parecida a la de su padre.
—Entonces habrá que resolverlo otra vez.
Ramiro sostuvo su mirada.
Y por primera vez desde que Ana apareció, una decisión comenzó a tomar forma en su mente.
Una decisión peligrosa.
Porque si Ana Laura seguía investigando...
Todo lo que habían ocultado durante más de dos décadas corría el riesgo de salir a la luz.
Y ni Ramiro ni Emilio estaban dispuestos a permitirlo.
Aunque para conseguirlo tuvieran que destruir a quien se interpusiera en su camino.